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Oriente Medio y el capitalismo fósil: petróleo, militarismo y orden mundial

Enviado por Edoardo Luna en Sáb, 12/27/2025 - 23:48
Cita: 

Hanieh, Adam [2025], "Oriente Medio y el capitalismo fósil: petróleo, militarismo y orden mundial", Viento Sur, 5 de noviembre, https://vientosur.info/oriente-medio-y-el-capitalismo-fosil-petroleo-mil... [1]

Fuente: 
Otra
Fecha de publicación: 
Miércoles, Noviembre 5, 2025
Revista descriptores: 
Competencia mundial. Disputa hegemónica [2]
Destrucción del ambiente [3]
Empresas transnacionales y gobernanza mundial [4]
Estudios de caso: actividades - empresas [5]
Formas de la guerra [6]
Papel de las CTN en el colapso sistémico - Energía [7]
Relación economía y guerra [8]
Relaciones entre empresas estados y sociedad [9]
Tema: 
Declive de Europa y ascenso de Estados Unidos y China: petróleo, finanzas y reconfiguración del poder en Oriente Medio
Idea principal: 

    Adam Hanieh. Profesor de Economía Política y Desarrollo Global en la Universidad de Exeter e investigador distinguido en el Instituto de Estudios Internacionales y Regionales de la Universidad de Tsinghua en Pekín.


    Oriente Medio realiza las mayores exportaciones de petróleo del mundo y sus vastas reservas moldean el auge del capitalismo fósil, el comercio mundial de armas y el sistema financiero moderno, al tiempo que profundizan la emergencia climática. Esta centralidad energética convierte a la región en un foco permanente del poder occidental, en particular de Estados Unidos. En este contexto, la lucha contra el capitalismo fósil es inseparable de las luchas por la justicia en Oriente Medio, pues exige rastrear de manera directa la relación entre petróleo, militarismo y dominación.

    El imperio fósil europeo

    A inicios del siglo XX, tras el colapso del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña y Francia dividieron Oriente Medio en zonas de influencia. La región concentraba reservas petrolíferas baratas y cercanas a Europa, explotadas por un reducido grupo de empresas europeas que pagaban regalías mínimas a monarcas locales sostenidos por el régimen colonial.

    Aunque el carbón aún era el combustible dominante, el petróleo adquirió un valor estratégico decisivo para la guerra. En 1914, Winston Churchill afirmó que las reservas de petróleo de Irán resultaban esenciales para que la marina británica sustituyera el carbón por buques petroleros, más ligeros, rápidos y capaces de transportar mayor cantidad de armas y personal. Esta transición quedó asegurada mediante el control británico de la Anglo-Persian Oil Company, hoy conocida como British Petroleum (BP).

    Dos transiciones: del carbón al petróleo y del dominio europeo al dominio estadounidense

    Tras la Segunda Guerra Mundial, la transición energética no implicó una reducción del consumo de carbón, que continuó en aumento hasta alcanzar niveles récord en 2024. En este contexto, Estados Unidos emergió como potencia mundial dominante y sustituyó a los países de Europa occidental, debilitados por la guerra. Con amplias reservas nacionales de petróleo y compañías que dominaban la producción internacional, Washington buscó proteger sus recursos internos frente a las presiones exportadoras que podían elevar los precios domésticos.

    El Plan Marshall estableció que las necesidades energéticas europeas se cubrieran principalmente desde el exterior, y una parte mayoritaria de la ayuda se destinó al petróleo, sobre todo procedente de Oriente Medio. La transición del carbón al petróleo en Europa de posguerra adquirió así una dimensión simultáneamente europea y de Oriente Medio. Este proceso coincidió con el auge de movimientos anticoloniales y nacionalistas árabes, en especial en Egipto, donde el rey Farouk I, sostenido por Gran Bretaña, fue derrocado en 1952 por un golpe encabezado por Gamal Abdel Nasser dando lugar a un movimiento de liberación nacional conocido como nasserismo. Estos movimientos impulsaron la nacionalización de los recursos petroleros como vía para revertir la dominación colonial, lo que generó tensiones con Washington.

    La estrategia estadounidense se apoyó entonces en dos alianzas centrales. La primera se consolidó con Arabia Saudí donde, durante las décadas de 1940 y 1950, las empresas petroleras estadounidenses pasaron a controlar la producción, mientras Estados Unidos respaldó a la facción conservadora de la monarquía frente al nasserismo, los movimientos de izquierda y la agitación obrera, proporcionando armas, entrenamiento y apoyo político, integrando al país en un orden regional centrado en los intereses de Washington.

    El segundo pilar fue Israel. Tras la guerra de 1967, en la que Israel derrotó a Egipto y a otros estados árabes, el nasserismo y las corrientes radicales regionales recibieron un golpe decisivo. Desde entonces, Estados Unidos proporciona a Israel miles de millones de dólares anuales en ayuda militar y financiera. Israel opera como una colonia de asentamiento, fundada sobre la desposesión de la población palestina y la exclusión continua de quienes permanecen bajo ocupación o como ciudadanos palestinos del propio estado israelí. Una parte sustancial de la sociedad israelí se beneficia de esta estructura de dominación. Para Washington, Israel representa un aliado estratégico excepcionalmente fiable.

    En 1986, Joe Biden señaló que Israel era “la mejor inversión de 3 mil millones de dólares que hacemos”, y afirmó que “si no existiera, Estados Unidos tendría que inventarse un Israel para proteger sus intereses en la región”. Este respaldo se traduce también en la protección diplomática sistemática, incluida la obstrucción de censuras internacionales en el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas.

    Petróleo, OPEP y riqueza petrolera

    En 1960 se produjo un cambio decisivo con la creación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), integrada por Irán, Irak, Kuwait, Arabia Saudí y Venezuela. Aunque estos estados poseían enormes reservas, no controlaban plenamente la industria petrolera. La extracción, el refinado y la comercialización del petróleo mundial quedaban dominados por siete compañías estadounidenses y europeas, conocidas como las “Siete Hermanas”, precursoras de los grandes conglomerados petroleros occidentales como ExxonMobil, Chevron, Shell y BP.

    Estas empresas controlaban la extracción en los países miembros de la OPEP y fijaban el precio del crudo, pagando regalías mínimas por el derecho a acceder y explotar el petróleo. La creación de la OPEP impulsó la nacionalización progresiva del petróleo, debilitó el poder de las empresas occidentales sobre la industria y favoreció el auge de las compañías petroleras nacionales.

    Este proceso supuso la pérdida de la capacidad occidental para fijar precios y derivó en importantes subidas de precios durante los años setenta del siglo XX, lo que permitió a los estados productores acumular enormes activos financieros procedentes de las exportaciones. Estos enormes excedentes financieros, conocidos como petrodólares, se consolidaron como un pilar de la arquitectura financiera mundial, lo que reforzó la posición de Estados Unidos en la cúspide de un sistema internacional centrado en el dólar. El respaldo estadounidense a la monarquía saudí aseguró que el control del petróleo no alterara el orden político global, al fijar la cotización del crudo en dólares.

    Como resultado, la demanda internacional de la moneda estadounidense superó las necesidades internas, lo que permitió a Estados Unidos gastar en el exterior más de lo que ingresaba, con una exposición reducida a presiones inflacionarias y cambiarias. Bajo este esquema, Washington consolidó una capacidad de coerción estructural que le permite obligar a otros estados a ajustarse a sus intereses mediante sanciones financieras o la exclusión del sistema bancario estadounidense, lo que convierte al dólar en un instrumento de disciplina política.

    La riqueza petrolera del Golfo retornó a los mercados financieros estadounidenses mediante la compra de bonos del Tesoro y otros valores, sustentada en acuerdos secretos con la monarquía saudí. Hacia finales de os años setenta del siglo XX, Arabia Saudí concentraba una quinta parte de los bonos del Tesoro en manos de gobiernos extranjeros. En ese mismo marco, el Golfo se afirmó como uno de los principales compradores de armamento y equipo militar estadounidense, relación vigente hasta hoy.

    Vínculos Este-Este

    Durante gran parte del siglo XX, las exportaciones de petróleo del Golfo se orientaron hacia Europa occidental y América del Norte. Durante la primera década del siglo XXI, este patrón se reconfiguró con el ascenso de China como taller del mundo. En este escenario, las exportaciones de petróleo y de gas del Golfo quedaron bajo control de las compañías petroleras nacionales, en particular la empresa Saudi Aramco, y otras compañías petroleras nacionales (CPN) regionales, realizando la extracción de crudo, refinado, petroquímica, producción de plásticos, fertilizantes, comercialización, transporte y logística.

    Saudi Aramco impulsó una red de empresas conjuntas en China, Corea del Sur y Japón. Esta expansión consolidó interdependencias estructurales entre los mercados del Golfo y el este de Asia. El circuito de hidrocarburos Este-Este se transformó en un eje central de la producción, el consumo mundial de combustibles fósiles, con predominio de las CPN del Golfo y de China, en detrimento de las compañías petroleras occidentales tradicionales. El aumento sostenido de la demanda mundial de petróleo y gas asociado al auge chino se vinculó a dos décadas de precios relativamente elevados.

    Este flujo de ingresos fortaleció el gasto militar del Golfo, profundizó los vínculos estratégicos con el estado estadounidense. Los acuerdos de armamento con Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos sostuvieron industrias aliadas en países como Gran Bretaña, donde la venta de aviones de combate apuntaló el sector aeroespacial nacional. Estas transferencias respaldaron políticas exteriores de carácter destructivo, visibles en Yemen y Libia, dentro de esfuerzos por configurar trayectorias políticas en Oriente Medio y el Cuerno de África.

    Por qué Palestina es una cuestión climática

    Durante las últimas dos décadas, el poder estadounidense en Oriente Medio mostró un debilitamiento progresivo, tendencia que se aceleró tras la invasión de Irak en 2003. En paralelo, China y Rusia ampliaron su presencia, mientras potencias regionales como Turquía, Arabia Saudí, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos expandieron su influencia, todavía vinculadas a las estructuras militares y financieras de Estados Unidos. En contraposición, Irán, desde 1979, desarrolló redes propias y estrategias regionales, lo que derivó de forma recurrente en confrontaciones con Washington, en un contexto marcado por crisis sociales, políticas y ecológicas.

    Ante este escenario, Estados Unidos buscó reafirmar su primacía mediante la consolidación de un bloque regional integrado por las monarquías del Golfo e Israel, alineados con sus intereses estratégicos. Esta estrategia tomó forma con los Acuerdos de Abraham de 2020, impulsados bajo la presidencia de Trump, mediante los cuales Emiratos Árabes Unidos y Baréin normalizaron relaciones con Israel.

    El acuerdo, sostenido por incentivos estadounidenses, abrió paso a un tratado de libre comercio entre Emiratos Árabes Unidos e Israel en 2022, el primero de este tipo entre Israel y un Estado árabe. Sudán y Marruecos siguieron el mismo camino, lo que otorgó a Israel vínculos diplomáticos formales con cuatro Estados árabes.

    El respaldo a Israel y a su ofensiva genocida en Gaza se inserta en esta arquitectura de poder. La expansión militar israelí desde 2023, extendida desde Gaza hacia Líbano e Irán, responde a un intento de reordenar la política regional y facilitar una normalización posterior con el Golfo, en especial con Arabia Saudí, dentro de cualquier arreglo posterior a la guerra.

    Al articular el poder militar israelí con las reservas de hidrocarburos del Golfo, los excedentes financieros del petrodólar y el comercio petrolero sustentado en el dólar, Washington busca reforzar una posición regional y global en declive, con miras a preservar ventaja estratégica frente a una confrontación más amplia con China. Todo ello incrementa el consumo de combustibles fósiles y precipita la catástrofe climática. El autor concluye que el cambio de esta situación requiere de la ruptura de las alianzas regionales en Medio Oriente y una solución para el pueblo palestino, de modo que el destino del planeta y la causa palestina están ligados estrechamente.

Datos cruciales: 

    1) En 1970, las compañías petroleras occidentales controlaban más de 90% de las reservas de petróleo fuera de Estados Unidos y Unión Soviética. Diez años después, su participación cayó a menos de un tercio, como resultado directo de los procesos de nacionalización impulsados por los países productores.

    2) Entre 1965 y 1986, los estados de Oriente Medio miembros de la OPEP obtuvieron aproximadamente 1 700 miles de millones de dólares por la venta de petróleo. Arabia Saudí concentró más de 40% de ese total, lo que la colocó como el principal beneficiario individual de la renta petrolera regional.

    3) Hasta mediados de los años setenta del siglo XX, cerca de 20% de las transacciones petroleras internacionales se realizaban en libras esterlinas. La decisión saudí de fijar el precio del petróleo exclusivamente en dólares consolidó al dólar como moneda de reserva internacional, al obligar a todos los países importadores a mantener grandes volúmenes de esa divisa.

    4) En 2000, China representaba 6% de la demanda mundial de petróleo. En 2024, su consumo alcanzó 16% del total global, superando al conjunto de Europa. Casi 50% de las exportaciones mundiales de petróleo se destinan actualmente a Asia Oriental, principalmente a China, cuyas importaciones proceden en su mayoría de Oriente Medio, en especial de las monarquías del Golfo e Irak.

    5) En 2024, cerca de una quinta parte de las exportaciones mundiales de gas natural licuado se dirigieron a China. El Golfo ocupó el segundo lugar como proveedor de gas natural licuado para China, solo por detrás de Australia, reflejo del aumento estructural de la demanda energética china.

    6) En 2024, las reservas de divisas de los estados del Golfo alcanzaron 800 mil millones de dólares, lo que las convirtió en las cuartas mayores del mundo, después de China, Japón y Suiza. De forma adicional, los fondos soberanos del Golfo controlan cerca de 5 billones de dólares en activos, equivalentes a aproximadamente 40% de la riqueza global gestionada por este tipo de fondos.

    7) Desde 2017, las inversiones del Golfo en los mercados bursátiles de Estados Unidos casi se triplicaron y representan alrededor de 5% del total de la inversión extranjera en empresas estadounidenses. Entre 2019 y 2023, más de una quinta parte de las exportaciones mundiales de armas se dirigieron al Golfo. Entre 2016 y 2020, cerca de una cuarta parte de las exportaciones de armas de Estados Unidos tuvo como destino Arabia Saudí, país que se mantuvo como el principal receptor individual entre 2020 y 2024.

    8) En 2025, Israel mantiene relaciones diplomáticas formales con estados que concentran aproximadamente 40% de la población del mundo árabe, incluidas algunas de las principales potencias políticas y económicas de la región.

Nexo con el tema que estudiamos: 

    El cuidado efectivo del medio ambiente aparece como un objetivo profundamente incierto. Ninguna potencia dominante muestra disposición a ceder el control sobre los recursos petrolíferos ni sobre la riqueza estratégica que representan los estados de Oriente Medio. La prioridad no es climática, sino geopolítica. El control territorial, los hidrocarburos y la proyección militar pesan más que cualquier compromiso ambiental. Mientras esta lógica prevalezca, las guerras no cesarán. La producción armamentista, el despliegue militar constante y la destrucción asociada a los conflictos profundizan la contaminación, relegando la crisis climática a un plano secundario frente a la disputa por el poder.


Source URL (modified on 31 Enero 2026 - 9:44pm):https://let.iiec.unam.mx/node/5718

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