The New Capital Complex: Pax Silica and the Embryonic Fascist State
Enviado por Edoardo Luna en Sáb, 04/18/2026 - 00:14Robinson, William [2026], The New Capital Complex: Pax Silica and the Embryonic Fascist State, The Philosophical Salon, 16 de marzo, https://thephilosophicalsalon.com/the-new-capital-complex-pax-silica-and... [1]
William I. Robinson. Es profesor distinguido de Sociología, Estudios Globales y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de California en Santa Bárbara. Es autor de numerosos trabajos sobre capitalismo global, política mundial, teoría social y América Latina. Entre sus libros recientes figuran The Global Police State (2020), Global Civil War: Capitalism Post-Pandemic (2022) y Epochal Crisis: The Exhaustion of Global Capitalism (2025).
El ataque de Estados Unidos contra Irán forma parte de una misma crisis mundial que también atraviesa Ucrania, Medio Oriente, Myanmar, Sudán, Venezuela, Groenlandia, las disputas arancelarias, el avance fascista y el terror del Servicio de control de inmigración y aduanas (ICE) dentro de ciudades estadounidenses. Detrás de esa cadena no hay choques dispersos, sino una respuesta violenta a la crisis del capitalismo global. En ese proceso avanza un nuevo complejo hegemónico del capital transnacional que combina expansión, militarización y desorden. La inteligencia artificial (IA) agrava ese cuadro porque acelera la desestabilización y fortalece el poder del capital junto con un Estado fascista todavía embrionario.
Ese nuevo eje articula a Big Tech, es decir, las grandes corporaciones tecnológicas, al capital financiero transnacional y al complejo militar, industrial y represivo. Las tecnológicas no solo dominan la economía digital, también convierten ese control en mando político directo. Por eso el trumpismo global aparece como la forma política de esta etapa, marcada por el derrumbe del orden internacional de posguerra. Silicon Valley, núcleo empresarial de la industria tecnológica estadounidense, gira hacia la guerra y la represión, mientras sus financistas y directivos actúan como actores geopolíticos. Pax Silica nombra ese nuevo orden.
El Departamento de estado de Estados Unidos y Jacob Helberg, subsecretario para asuntos económicos, lo vinculan con capacidad de cómputo, minerales críticos, energía, infraestructura y cadenas globales de IA. Bajo esa lógica, Washington impulsa desregulación, expansión de centros de datos y presión sobre otros países para eliminar límites legales a las grandes tecnológicas.
La crisis epocal del capitalismo global
La crisis actual nace de un exceso de capital que ya no encuentra inversiones suficientemente rentables. De ahí surgen el estancamiento prolongado y la caída de la rentabilidad. A la vez, las corporaciones acumulan ganancias y reservas de efectivo, mientras la economía sigue funcionando con deuda, rescates públicos y especulación financiera. Esa contradicción revela una ruptura cada vez más profunda entre la producción real de bienes y servicios y una masa financiera inflada que no descansa en riqueza material suficiente.
Frente a ese límite, la clase capitalista transnacional (TCC), es decir, el gran capital que opera a escala mundial, busca nuevos espacios para colocar excedentes y sostener la acumulación. Por eso la expansión digital adopta un carácter extractivista. La inteligencia artificial (IA) y los centros de datos intensifican la disputa por tierra, energía y minerales, mientras la sobrecapacidad china endurece la competencia por mercados e inversión. La crisis, por tanto, empuja al sistema hacia una expansión más agresiva y hacia una pugna geopolítica más intensa por recursos estratégicos.
El trumpismo global
La ofensiva autoritaria articulada alrededor de Donald Trump funciona como la salida política de una fracción del capital transnacional que necesita más coerción para seguir expandiéndose. La inteligencia artificial (IA), los subsidios, la desregulación y los contratos públicos sirven para reactivar ganancias, pero no bastan. Esa expansión también exige abrir acceso a recursos, disciplinar poblaciones inconformes y asegurar obediencia social. Por eso el nuevo fascismo no repite de forma mecánica al del siglo veinte. Ahora une capital transnacional, poder estatal represivo y movilización reaccionaria dentro de la sociedad civil.
En Estados Unidos, esa convergencia aparece con nitidez en el ICE, presentado como una fuerza paramilitar que no solo golpea a trabajadores migrantes, sino que normaliza el terror como forma de gobierno. A su lado operan el Departamento de seguridad nacional, encargado del control migratorio y de la seguridad interior, junto con el Departamento de justicia, que concentra funciones policiales y de persecución penal. Ese núcleo empuja una reorganización autoritaria del estado y muestra hasta qué punto la represión deja de ser una medida excepcional para convertirse en regla.
Ese proyecto rebasa a Donald Trump y se apoya en una constelación internacional de dirigentes afines. Nayib Bukele, presidente de El Salvador, Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel, Jair Bolsonaro, expresidente de Brasil, Javier Milei, presidente de Argentina, Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, además de Nigel Farage, dirigente político británico, aparecen como figuras de esa misma deriva. Guerra, vigilancia, represión y control social dejan así de ser efectos secundarios. Se convierten en negocios, mecanismos de acumulación y herramientas para imponer orden mediante fuerza, miedo y tecnología.
Carnicería: la nueva estrategia de acumulación
Gaza concentra con brutal claridad la nueva lógica de acumulación. La devastación del territorio no termina en la masacre, sino que prepara una fase posterior de apropiación económica. La llamada "Board of Peace", lanzada por Donald Trump en el Foro Económico Mundial (WEF), busca abrir la Franja de Gaza a la explotación del gas, el petróleo, el negocio inmobiliario y el turismo, al tiempo que empuja la expulsión de palestinos y deja un resto de autoridad local sin poder real. Jared Kushner, yerno de Trump y presentado como su enviado de paz, promueve ese esquema como modelo exportable para otros conflictos. La destrucción deja de ser solo violencia militar y se convierte en una condición para reconstruir el territorio bajo control corporativo, financiero y armado.
Ese mecanismo descansa en la fusión entre estado, guerra y empresas tecnológicas. Starlink, la red satelital de Elon Musk, muestra hasta dónde llega ese poder privado cuando se integra al aparato estatal. Su control sobre comunicaciones estratégicas le permite influir sobre decisiones militares y sobre la capacidad de presión de Estados Unidos frente a otros países. Palantir empuja esa convergencia todavía más lejos. Alex Karp, director ejecutivo de la empresa Palantir, celebra el uso de su software por agencias militares y de inteligencia para identificar objetivos y matar personas. La firma ya no opera solo en seguridad. Se extiende a salud, educación, finanzas, manufactura, análisis de datos y cadenas de suministro. Peter Thiel, cofundador multimillonario de Palantir, además aparece ligado políticamente a J.D. Vance, vicepresidente de Estados Unidos. Ese cruce exhibe una alianza cada vez más estrecha entre capital digital, poder estatal y represión.
Por eso fascismo, guerra y acumulación ya no avanzan por carriles separados. La clase capitalista transnacional necesita destrucción para abrir mercados, asegurar recursos y convertir la reconstrucción en negocio. Aun así, el proyecto no está cerrado. El estado fascista sigue en formación, arrastra tensiones internas y enfrenta resistencia social, desde revueltas juveniles hasta fracturas entre las propias élites que intentan conducir esta ofensiva.
1) En 2025, las 20 mayores firmas tecnológicas del mundo superaron una capitalización bursátil conjunta de 20 billones de dólares, equivalente a cerca de 20% del valor total del mercado accionario mundial.
2) En 2022 existían 33 grandes gestoras globales de inversiones, frente a 17 en 2017. Esas firmas controlaban más de 83 billones de dólares en activos, monto equivalente a más de 80% del producto interno bruto mundial de ese año.
3) Los grandes conglomerados financieros globales controlaban más de 50% de las principales firmas tecnológicas. Además, durante el primer año del segundo mandato de Donald Trump se ejecutaron 646 acciones desreguladoras, mientras las Big Tech buscaban eliminar regulaciones sobre inteligencia artificial en al menos 64 países.
4) En 2011, la tasa de retorno sobre activos y sobre capital invertido ya caía por debajo de 33% de su nivel de 1965. Pese a ello, en 2024 las empresas no bancarias con sede en Estados Unidos mantenían 6.9 billones de dólares en efectivo, mientras las ganancias corporativas de ese país llegaron a 3.4 billones en el tercer trimestre de 2025 y las mayores firmas cotizadas del mundo proyectaron casi 5 billones en utilidades para 2025, con un alza de 12.2% frente a 2024.
5) Al cierre de 2025, la deuda mundial de consumidores y estados alcanzó 337 billones de dólares, casi 3 veces el producto interno bruto mundial de 117 billones. A la vez, la banca en la sombra pasó de 150% del producto interno bruto mundial en 2008 a 225% en 2024, hasta llegar a 257 billones de dólares.
6) En 2024, los activos mundiales sumaban 1.7 trillones de dólares. De ese total, solo 620 billones correspondían a activos materiales, mientras 1 trillón constituían capital ficticio. En 2025, China registró un superávit comercial récord de 1.2 billones de dólares, con un aumento de 20% respecto de 2024.
7) En 2024, el gasto militar mundial llegó a 2.72 billones de dólares, con un alza cercana a 10%. En 2025, más de 100 países aumentaron sus presupuestos militares.
8) En el segundo trimestre de 2025, las empresas emergentes de tecnología militar captaron más de 19 mil millones de dólares, con un salto de 200% frente al año previo. Además, la industria armamentista europea creció a un ritmo 3 veces mayor que antes de 2022, mientras China entrenaba fuerzas policiales y de seguridad en 138 países.
9) Donald Trump planteó elevar el presupuesto militar de Estados Unidos para 2027 a 1.5 billones de dólares, frente a 901 mil millones en 2026. También amplió a 170 mil millones el presupuesto contra migrantes, con el financiamiento del ICE subiendo de 10 mil millones a 85 mil millones, más 45 mil millones para nuevos centros de concentración, un aumento de 400%.
10) Starlink, sistema de internet satelital de Elon Musk, opera con 10 mil satélites. En febrero de 2025, negociadores de Estados Unidos amenazaron con cortar el acceso de Ucrania a esa red si Kyiv no cedía ante las exigencias estadounidenses sobre minerales críticos para la inteligencia artificial.
11) Palantir, empresa tecnológica estadounidense dedicada a software y plataformas de análisis e integración de datos para gobiernos, fuerzas armadas y otros sectores, elevó casi 800% el precio de su acción entre 2019 y 2026. Además, su capitalización bursátil aumentó más de 1 700% desde 2020.
Los análisis estructurales muestran la relación intrínseca entre las nuevas tecnologías y las tendencias autoritarias de las sociedades contemporáneas. Las élites del sistema intentan la fuga hacia adelante: construir nuevas bases para la acumulación de capital sin resolver los problemas de sobreacumulación y estancamiento generalizados. En ese entramado, es preciso distinguir las distintas formas en que se construyen y ejercen los autoritarismos, pues no solo existen las formas extremas como el régimen articulado en torno al capitalismo de la vigilancia y el imposible retorno al pasado industrial estadounidense, sino que se reconocen experiencias graduales y parciales, pero que comparten la matriz autoritaria que contienen las sociedades y degradan las condiciones de la vida en todo el planeta.