In an Age of Perpetual Climate Disaster, Rebuilding Is the Wrong Goal
Enviado por Edoardo Luna en Dom, 09/13/2026 - 22:28Wallace-Wells, David [2026], "In an Age of Perpetual Climate Disaster, Rebuilding Is the Wrong Goal", The New York Times Magazine, 4 de septiembre, https://www.nytimes.com/2026/09/04/magazine/climate-change-disaster-rebu... [1]
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David Wallace-Wells es un periodista graduado en historia por la Universidad de Brown. Es editor adjunto de la revista New York Magazine y ocupó este mismo cargo en The Paris Review, donde trabajó con autores reconocidos como Ann Beattie y Jonathan Franzen.
Durante la primavera de 2026, el Sureste de Estados Unidos enfrentó una combinación de sequía severa, incendios y lluvias torrenciales. En Georgia y las Carolinas ardieron árboles derribados por el huracán Helene, que permanecieron secos y se convirtieron en combustible (dato crucial 1). La alternancia entre sequías extremas y lluvias intensas también endurece el suelo, aumenta las inundaciones y favorece deslaves después de los incendios. Estos fenómenos ya no ocurren como hechos aislados, sino como una cadena de desastres que deja poco tiempo para recuperarse antes del siguiente impacto.
Según Juliette Kayyem, especialista en gestión de desastres y exfuncionaria del gobierno de Barack Obama, los sistemas de recuperación se construyeron bajo la idea de que las catástrofes eran excepcionales y que las comunidades podían reconstruirse una sola vez. Esa lógica resulta insuficiente cuando un nuevo desastre llega antes de que termine la recuperación anterior, porque las autoridades restauran lo destruido sin modificar las condiciones que aumentaron el riesgo (dato crucial 2).
A pesar de que la transición energética avanza y las emisiones globales dejaron de crecer al mismo ritmo, el calentamiento continúa y empuja al mundo hacia umbrales cada vez más peligrosos. Por eso, los desastres no deben entenderse únicamente como tragedias o fallas de gobierno. También deben servir para adaptar las viviendas, reforzar la infraestructura, modificar las rutas de evacuación y preparar los servicios públicos para las condiciones que vienen.
Los seguros suelen financiar la reconstrucción en el mismo lugar, los propietarios buscan regresar cuanto antes y las autoridades locales necesitan que las viviendas, los comercios y las actividades económicas vuelvan a funcionar para recuperar sus ingresos. El transporte y los servicios sociales también responden a las necesidades de la comunidad anterior. Además, casi nunca existe una autoridad responsable de coordinar toda la recuperación, por lo que las comunidades deben tomar decisiones complejas sin suficiente capacidad técnica ni acceso directo al gobierno federal (dato crucial 3).
Bajo la Ley Stafford, que regula la ayuda federal para desastres, durante décadas se impulsó la reconstrucción de los edificios destruidos sin cambiar su ubicación ni sus características. Aunque la legislación incorporó recursos para mejorar la resiliencia, la presión por recuperar rápidamente la normalidad mantiene el mismo impulso. Algunos casos muestran otra posibilidad. Moore, Oklahoma, incorporó cambios sencillos después de varios tornados y sus nuevas construcciones resistieron el siguiente desastre. Houston mejoró sus mapas de inundación e infraestructura después de varias tormentas, mientras Nueva York construye barreras contra inundaciones en Lower Manhattan tras el huracán Sandy.
De acuerdo con los análisis de recuperación, el éxito no consiste en reconstruir rápido, sino en reducir el riesgo futuro. Para lograrlo, las comunidades necesitan recursos previos, planes listos, autoridades responsables y fondos flexibles que permitan adaptar viviendas, reubicar a quienes viven en zonas peligrosas y modificar los seguros para que no incentiven la reconstrucción en áreas de riesgo. Como los desastres ocurren con mayor frecuencia y la atención federal dura menos que la recuperación, las comunidades locales asumen más responsabilidades.
Más allá de la reconstrucción, las catástrofes también pueden beneficiar intereses privados, como ocurrió después del huracán Katrina con la privatización de servicios públicos. Sarah Labowitz y Katie Mears proponen una alternativa basada en utilizar cada desastre para transformar positivamente las comunidades. Esa transformación puede incluir ayuda directa, reubicación de familias, reconstrucción de zonas seguras y protección de las personas por encima del valor de las propiedades. Si el gobierno destina grandes cantidades de dinero a la recuperación, debe utilizar esos recursos para reducir el riesgo futuro y no solo para reconstruir el mismo escenario.
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1) Durante la primavera, 95% del Sureste de Estados Unidos enfrentó una sequía severa. Este escenario forma parte de una tendencia más amplia. En los cinco años previos al huracán Katrina, ocurrido en 2005, la Administración nacional oceánica y atmosférica registró un promedio anual de 5.4 desastres con daños superiores a mil millones de dólares. En el periodo más reciente de cinco años, el promedio aumentó a 23.2 desastres por año, mientras los daños anuales pasaron de 39 mil a 140 mil millones de dólares.
2) Un grupo de trabajo de la Universidad de Harvard examinó cerca de 3 mil recuperaciones posteriores a desastres ocurridos entre 2000 y 2017. Identificó 625 recuperaciones exitosas, en las que la actividad económica local superó el nivel previo al desastre durante al menos cinco años, y 1 259 recuperaciones rezagadas, en las que las comunidades no recuperaron su situación anterior.
3) En la última década, el gobierno federal distribuyó 558 mil millones de dólares en ayuda para desastres. Durante el segundo mandato de Donald Trump, la Agencia federal para el manejo de emergencias (FEMA) entregó casi 40 veces más recursos a estados afectados por el huracán Helene que a California después de sus incendios.
Resulta absurdo que los gobiernos gasten recursos en reconstruir lugares que pueden volverse inhabitables o sufrir nuevas catástrofes, mientras ignoran las causas estructurales de la contaminación. El desastre se convierte en espectáculo durante unos días y, cuando deja de generar audiencia, la prensa lo desplaza hasta ocultarlo. Después, las comunidades regresan a zonas de riesgo, las empresas conservan sus ganancias y el mismo modelo continúa produciendo destrucción.
Wallace-Wells "roza" la complacencia porque sin duda la adaptación es necesaria, pero lo fundamental es acabar con lo que origina la cauda cada vez más frecuentes de grandes catástrofes: la producción capitalista.