Marx and the Earth. An Anti-Critique. Introduction
Enviado por Edoardo Luna en Dom, 12/28/2025 - 22:08Foster John, Bellamy y Paul Burkett [2016], Marx and the Earth. An Anti-Critique. Introduction, Brill, pp. 1-50.
John Bellamy Foster. Profesor de sociología en la Universidad de Oregón y editor de la revista Monthly Review. Escribe sobre economía política, ecología, crisis ecológica y teoría marxista. Centrado en el estudio de la relación entre la crisis medioambiental global y la crisis económica capitalista, subrayando la necesidad imperiosa de una alternativa socialista, acuñó el concepto de fractura metabólica, uno de los más influyentes en el campo del ecosocialismo contemporáneo.
Paul Burkett. Fue un economista, educador y músico estadounidense conocido por sus escritos sobre marxismo ecológico. Publicó numerosos trabajos sobre ecosocialismo, incluidas colaboraciones con los académicos John Bellamy Foster y Martin Hart-Landsberg.
Tres etapas del análisis ecosocialista
A lo largo del siglo y cuarto posterior a su muerte, el destino del análisis ecológico de Marx se ajustó a la valoración de Rosa Luxemburgo: su crítica a la degradación de la naturaleza influyó en algunos seguidores tempranos, pero fue perdiendo centralidad dentro del movimiento socialista a lo largo del siglo XX al no considerarse acorde con las necesidades inmediatas de la lucha política. Este desplazamiento se profundizó durante la Segunda Guerra Mundial y los inicios de la Guerra Fría, cuando se consolidó la hegemonía del modernismo tecnológico en ambos lados de la división política.
El interés por la dimensión ecológica reapareció con mayor fuerza a partir del desarrollo del movimiento ambiental en las décadas de 1960 y 1970, como respuesta directa a la aceleración de las contradicciones ecológicas a escala planetaria, lo que abrió un debate dentro de la izquierda sobre la vigencia del análisis marxiano para la problemática ambiental contemporánea.
A partir de ese punto, el debate atravesó varias etapas. La primera fue una fase prefigurativa, entre la década de 1960 y principios de 1980, anterior al surgimiento del ecosocialismo como campo diferenciado, en la cual numerosos pensadores socialistas integraron las preocupaciones ecológicas de manera natural con la crítica histórico materialista de Marx.
La convergencia entre marxismo y ambientalismo fue entendida como una evolución orgánica, lo que llevó a un uso amplio y no problemático de Marx, Engels y el marxismo para sostener la crítica ecológica del capitalismo. Esta perspectiva influyó de manera decisiva en la formación de una sociología ambiental de orientación neo marxista en Estados Unidos, así como en los primeros trabajos de Murray Bookchin, previos al desarrollo de su propuesta de ecología social anarquista.
Con el cambio de clima intelectual y político, el panorama se transformó a finales de las décadas de 1970 y 1980 con la consolidación de la teoría Verde o del ecologismo, la incorporación de ideas neo maltusianas al movimiento ambiental y el aumento de las críticas al desempeño ambiental de las sociedades de tipo soviético. En este contexto, surgió el ecosocialismo de primera etapa, caracterizado por una postura defensiva o de ruptura que buscó señalar presuntas fallas ecológicas en Marx y procedió a injertar la teoría Verde en el marxismo, o el marxismo en la teoría Verde, como parte de un proceso de ecologización del marxismo.
Un hito de este periodo fue la fundación de la revista Capitalism Nature Socialism bajo el liderazgo de James O’Connor. Sin embargo, hacia finales de la década de 1990, esta primera formulación generó su propia antítesis con la aparición del ecosocialismo de segunda etapa, también denominado marxismo ecológico, que impulsó una revisión profunda de las bases teóricas del pensamiento marxista.
Los hallazgos de esa segunda oleada condujeron al redescubrimiento de las dimensiones ecológicas del marxismo clásico y al rechazo de muchas de las presunciones del ecosocialismo inicial. Lejos de un prometeísmo antiambiental o de una exaltación acrítica del hiperindustrialismo, Marx y Engels desarrollaron una teoría dialéctica de las condiciones y crisis socio ecológicas, junto con concepciones radicales de la sustentabilidad y una definición del socialismo vinculada a éstas.
Asimismo, se desacreditaron las críticas al análisis del valor de Marx por omitir variables ecológicas, desplazando la atención hacia el método general de una ecología histórico materialista capaz de orientar la praxis contemporánea.
Dentro de ese mismo marco, se discutió la formulación de la segunda contradicción del capitalismo de James O’Connor, quien distinguió entre una contradicción económica ligada a la sobreacumulación de capital frente a la demanda y otra asociada al socavamiento de las condiciones de producción, lo que incrementa costos y genera crisis del lado de la oferta.
No obstante, este planteamiento tendía a subsumir las contradicciones ambientales dentro de la lógica de la crisis económica, sin reconocer que las crisis ecológicas poseen una autonomía relativa y una gravedad propia. El capitalismo puede avanzar e incluso prosperar mientras impulsa una degradación irreversible de la Tierra, ya que no existe un mecanismo automático que traduzca la destrucción ecológica en crisis económica inmediata.
De ese diagnóstico se desprende una contradicción más profunda del capitalismo, expresada en la degradación ambiental como ruptura de las condiciones mismas de la civilización y de la vida. Esta perspectiva permite hablar de una ley general absoluta de la degradación ambiental bajo el capitalismo como contraparte dialéctica de la ley general absoluta de la acumulación de capital. El núcleo de este proceso se ubica en la alienación de la naturaleza y en la ruptura del metabolismo entre los seres humanos y la naturaleza, fundamento del capitalismo como sistema, agravado por su expansión.
En la crítica global de Marx, las crisis ecológicas son causadas por el capitalismo, pero no se reducen a su lógica económica interna: el sistema explota a los trabajadores y, al mismo tiempo, saquea la Tierra, externaliza costos hacia la sociedad y la naturaleza, los excluye de la contabilidad del crecimiento y los vuelve socialmente invisibles.
Aun con ese reconocimiento, persistieron intentos por encontrar fallas ecológicas irreparables en Marx, impulsados por el afán del ecosocialismo de primera generación de diferenciarse del marxismo clásico. Entre estas críticas se encuentran las acusaciones de antropocentrismo e instrumentalismo, el supuesto rechazo de una cosmovisión energética, la negación de principios termodinámicos, la exclusión de flujos materiales, la falta de distinción entre combustibles fósiles y energías renovables, así como la minimización del valor intrínseco de la naturaleza.
Frente a ello, Marx and the Earth plantea una anti crítica que demuestra el carácter engañoso de estos cuestionamientos y reafirma el núcleo materialista revolucionario del pensamiento de Marx, incluido su planteamiento de que ninguna sociedad es propietaria de la Tierra, sino solo su usufructuaria, responsable de legarla en mejores condiciones a las generaciones futuras.
Como consecuencia metodológica, el desarrollo de una ecología materialista coherente exige, por tanto, una reconsideración de los fundamentos metodológicos del marxismo clásico y del método de investigación señalado por Luxemburgo, incorporando aquellos elementos relegados por no ser funcionales a la cultura de clase burguesa ni a la confrontación inmediata.
El objetivo no es escolástico, sino la construcción de un materialismo ecológico articulado con el materialismo histórico, orientado a la praxis revolucionaria. En este sentido, la segunda etapa del ecosocialismo solo adquiere sentido en la medida en que permite reconstruir la dialéctica materialista de Marx y Engels e integrar plenamente la dimensión ecológica para responder a las cargas históricas del presente.
Sobre ese piso, se perfila una tercera etapa del análisis ecosocialista, orientada a utilizar una comprensión más rica y ecológicamente matizada del materialismo histórico para abordar la crisis ambiental planetaria como expresión de la alienación de la naturaleza bajo el capitalismo. Esta etapa articula fenómenos como la destrucción de ecosistemas, la pérdida de recursos vitales, la injusticia ambiental y la ruptura del metabolismo social, no como problemas sectoriales, sino como manifestaciones estructurales de un sistema que ha llevado la relación sociedad naturaleza a un punto crítico.
De ahí que una teoría del metabolismo social alienado se convierta en una herramienta central para pensar las transformaciones necesarias hacia una sociedad ecológicamente sustentable y socialmente justa. En la práctica analítica reciente, la crítica ecológica marxiana ha comenzado a operar como eje teórico y práctico de un ecosocialismo contemporáneo en expansión, aplicado al análisis de la energía, la producción de alimentos, la degradación territorial, la injusticia ambiental y el intercambio ecológico desigual. El resultado es la consolidación progresiva de una teoría y una praxis ecológica marxiana que, lejos de ser un injerto externo, recupera el núcleo materialista revolucionario del marxismo clásico para confrontar las contradicciones ecológicas del capitalismo en el siglo XXI.
El debate sobre Marx y la ecología una década y media después
Entre 1999 y 2000, los autores desarrollaron de manera paralela, aunque en estrecha comunicación, dos trabajos centrales sobre Marx y la naturaleza (Marx and Nature de Burkett y Marx’s Ecology de Foster), con el objetivo de refutar las interpretaciones dominantes que atribuían a Marx y Engels un pensamiento antiambiental. En ese momento se les acusaba de 1) prometeísmo; 2) de ignorar los límites naturales de la acumulación de capital; 3) de descuidar formas de producción con regulación ecológica; 3) de excluir factores ambientales del análisis del valor; 4) de sostener un antropocentrismo instrumentalista; 5) de despreciar la vida rural y la agricultura; y de 6) limitar los valores ecológicos a sus escritos tempranos.
La respuesta crítica desarrollada entonces sostuvo que estas imputaciones carecían de sustento empírico y teórico, además de contradecir la lógica interna del propio sistema marxiano. El reconocimiento del análisis metabólico de Marx resultó decisivo, al punto de que, una década y media después, dichas críticas iniciales prácticamente desaparecieron del debate.
Con todo, los autores señalaron que nuevas acusaciones sobre supuestas fallas ecológicas fundamentales en Marx y Engels comenzaron a ocupar el lugar de las anteriores. Estas críticas, abordadas en el libro, se explican por la posición del ecosocialismo de primera etapa, que buscó diferenciarse del marxismo clásico postulando deficiencias estructurales en su crítica.
Tras reconocer de forma limitada la dimensión ecológica de Marx, estos enfoques tendieron a incorporar de manera ad hoc supuestos provenientes del ecologismo Verde convencional, derivado del liberalismo dominante, lo que debilitó una crítica ecológica materialista de carácter revolucionario. En este marco, algunos autores sostuvieron que el marxismo clásico, o el socialismo “puro y simple” en términos de Tanuro, habría perdido vigencia crítica frente a un ecosocialismo presentado como paradigma superior, lo cual exigía demostrar errores irreparables en el materialismo histórico y asumir que sus fundamentos metodológicos podían seleccionarse arbitrariamente.
A modo de ejemplo, se expuso el planteamiento de Sarkar, quien afirmó que varias posiciones básicas de Marx se volvieron indefendibles, en particular la valoración de la expansión productiva como signo de progreso histórico. Desde esta perspectiva, sostuvo que los ecosocialistas debían aspirar a una sociedad socialista con o sin Marx, con una clara inclinación hacia prescindir de él, llegando incluso a reivindicar a Malthus como pensador ecológico, en consonancia con los supuestos habituales de la teoría Verde.
Frente a estas afirmaciones, los autores aclararon que cuestionarlas no implica negar que el socialismo del siglo XX reprodujera dinámicas de degradación ambiental comparables al capitalismo, sino subrayar que tales procesos no derivaron del carácter antiecológico del materialismo histórico, sino de condiciones históricas específicas marcadas por subdesarrollo, presiones imperialistas y distorsiones estatales e ideológicas.
Desde esa defensa, los autores sostuvieron que el materialismo histórico clásico conserva un potencial decisivo para una reconstrucción radical del proyecto socialista, al articular su carácter revolucionario con las exigencias ecológicas del presente. En ese sentido, afirmaron que no existe socialismo sin ecología y que el marxismo ecológico constituye el núcleo vital del socialismo, recuperando la tradición de un socialismo ecológicamente consciente asociada a Marx, Engels, Luxemburg y William Morris.
Frente a la objeción de que Marx no pudo anticipar fenómenos contemporáneos como el cambio climático o la energía nuclear, señalaron que la comprensión de estas contradicciones exige precisamente el método dialéctico materialista, capaz de explicar la alienación acumulativa de la naturaleza bajo el capitalismo y su vínculo con la alienación del trabajo.
Para cerrar ese tramo, indicaron que el libro se concentra en refutar cuatro críticas centrales dirigidas a Marx y Engels, relativas a la distinción orgánico/inorgánico, la energética, la ley de la entropía y los esquemas de reproducción, mostrando que dichas objeciones no solo son erróneas, sino que revelan la potencia del método ecológico presente en el marxismo clásico.
Aun así, señalaron que persisten nuevas acusaciones, centradas en el uso de combustibles fósiles y en la supuesta ausencia del concepto de valor intrínseco de la naturaleza, las cuales se abordan de forma introductoria junto con una reflexión sobre la ecología materialista contenida en la estética sensorial de Marx, donde la vida se concibe como existencia activa vinculada al metabolismo entre la humanidad y la Tierra.
El “mayor defecto ecológico” de Marx: la tesis de Tanuro
Desde una posición de ruptura explícita, Daniel Tanuro irrumpe en el debate ecosocialista afirmando que el socialismo solo puede existir si se transforma por completo en ecosocialismo, relegando al marxismo clásico a una posición subordinada frente al ecologismo. Desde esta premisa, descarta que baste con integrar la ecología al socialismo y sostiene que el socialismo debe ser absorbido por la lógica verde, anulando su formulación histórica. El socialismo sin adjetivos queda así deslegitimado, mientras el ecosocialismo se presenta como una forma superior que debe imponerse incluso desde fuera del movimiento obrero.
Para justificar esta ruptura, Tanuro atribuye al marxismo deficiencias ecológicas estructurales. Aunque reconoce la fuerza del análisis de Marx sobre el metabolismo entre sociedad y naturaleza, lo califica de contradictorio y reconstruido de manera exagerada por intérpretes posteriores. En su lectura, no existe una ecología marxiana coherente, sino un conjunto de tensiones, ambigüedades y fallas que impiden enfrentar los problemas ambientales contemporáneos sin una reformulación radical.
El eje central de la acusación se concentra en lo que denomina neutralidad energética. Tanuro sostiene que Marx y Engels no distinguieron entre energías renovables y no renovables, tratándolas como un mismo conjunto indiferenciado. Esta omisión habría llevado a ignorar que la dependencia del carbón invalida cualquier pretensión de regulación racional de la producción, convirtiendo la cuestión energética en una contradicción interna que destruye la coherencia ecológica del marxismo.
A partir de esta premisa, Tanuro describe la energía como un caballo de Troya que habría corroído al marxismo desde dentro, extendiendo el productivismo y debilitando su capacidad analítica. Bajo esta óptica, el materialismo histórico aparece como un programa de investigación degenerativo, incapaz de desarrollar respuestas desde su propia lógica y forzado a importar categorías externas. El ecosocialismo emerge así no como una evolución interna, sino como una reconstrucción impuesta desde fuera para preservar lo que aún resulta utilizable.
Sin embargo, esta crítica se formula sin sustento textual directo. Tanuro no presenta referencias específicas a escritos de Marx sobre energía e ignora tanto pasajes de El capital como la correspondencia con Engels, donde se reconoce explícitamente el carácter finito del carbón y su condición de calor solar pasado derrochado. Esta omisión debilita la tesis de la neutralidad energética y revela una lectura selectiva orientada a justificar la ruptura ecosocialista.
El propio análisis marxiano de la Revolución Industrial contradice la acusación de indiferencia energética. Marx distinguió entre la energía hidráulica y el carbón, analizó sus propiedades materiales y su localización, y explicó que la transición hacia el vapor respondió a necesidades de concentración industrial y control social del trabajo, no a una supuesta superioridad ecológica del carbón. Este argumento fue retomado posteriormente por otros autores sin reconocer su origen.
Desde una narrativa histórica simplificada, Tanuro apoya su crítica en un esquema neo maltusiano que atribuye la transición energética a la escasez de madera provocada por el crecimiento poblacional. Esta lectura reduce procesos históricos complejos a una secuencia lineal y omite factores tecnológicos decisivos, como los cambios en los métodos de fundición y en el uso del combustible. Más que evidenciar una falla de Marx, esta simplificación expone los límites del propio enfoque de Tanuro y la fragilidad de la ruptura teórica que intenta imponer.
En el caso inglés, la presión destructiva sobre los bosques no surgió principalmente del aumento de la población, sino de una fase temprana de protoindustrialización articulada en torno a la producción de hierro mediante carbón vegetal. La demanda de madera para hornos y forjas alcanzó un nivel crítico que provocó alarma social y llamados directos a frenar la actividad metalúrgica, ante el riesgo de dejar sin recursos básicos a amplios sectores. La deforestación respondió así a una lógica productiva concreta y no a un desequilibrio demográfico abstracto.
Este cambio estructural en la base energética de la fundición fue comprendido con claridad por Marx y Engels, quienes identificaron el vínculo entre energía, tecnología e industrialización. Engels explicó que la escasez de madera obligó a Inglaterra a depender del hierro importado hasta que la fundición con carbón transformó radicalmente la producción. El paso al coque modificó las condiciones técnicas de la industria y desencadenó una expansión acelerada del hierro, sentando bases decisivas para la industrialización posterior.
Desde una lectura histórica rigurosa, el carbón quedó inicialmente asociado al hierro y no a la máquina de vapor. Engels subrayó que las mejoras en los procesos de fundición y el aumento del tamaño de los hornos impulsaron la producción metalúrgica, convirtiendo al hierro en uno de los símbolos materiales de la Revolución Industrial. El uso de carbón en este sector superó al destinado a otras aplicaciones industriales, lo que revela su centralidad temprana.
A la par de este análisis, Marx y Engels examinaron de forma comparativa la energía hidráulica y la energía de vapor como tecnologías coexistentes. Reconocieron que la industrialización se apoyó primero en la fuerza hidráulica y que esta mantuvo un papel central durante un largo periodo. Precisamente por observar y contrastar estas fuentes, no redujeron el capitalismo industrial al vapor alimentado por carbón ni trataron la energía como un conjunto indiferenciado, en abierta contradicción con la acusación de neutralidad energética.
Hacia finales del siglo XIX, la industrialización en un entorno competitivo comenzó a exigir un acceso estable al carbón, lo que volvió al capitalismo crecientemente dependiente de los combustibles fósiles. Engels destacó que la industria moderna podía establecerse allí donde existiera combustible, reconociendo sin ambigüedad la importancia estratégica del carbón. Este reconocimiento explícito niega cualquier idea de descuido o ceguera frente a la cuestión energética por parte del marxismo clásico.
En relación con los límites materiales, la ausencia de un análisis sistemático sobre las reservas geológicas de carbón respondió a las condiciones científicas de la época y no a una falla teórica. El conocimiento disponible era fragmentario y la geología se encontraba en desarrollo. Marx abordó estas cuestiones con cautela, reconoció el carácter finito del carbón y evitó proyecciones infundadas sobre su agotamiento, una postura coherente con el estado empírico del conocimiento disponible en el siglo XIX.
Desde lecturas posteriores, algunas críticas reprochan a Marx no haber advertido un supuesto reloj ecológico que marcaría el colapso ambiental. Estas objeciones introducen una lectura ahistórica, formulada desde la crisis climática actual y no desde las condiciones científicas y materiales de su tiempo. Aunque Tanuro afirma no exigir una anticipación del cambio climático, su argumento se construye precisamente desde ese marco retrospectivo.
En contraste con esa acusación, Marx identificó crisis ecológicas concretas y formuló la noción de ruptura metabólica entre capital y naturaleza, núcleo desde el cual pueden abordarse problemas ambientales posteriores. Su análisis no dependía de la previsión de fenómenos específicos futuros, sino de la comprensión estructural del capital como fuerza expansiva indiferente a los límites naturales.
Lejos de una actitud de indiferencia científica, Marx y Engels siguieron de cerca los avances sobre energía, atendieron a las distintas formas energéticas y a las transformaciones derivadas de la combustión del carbón, aun sin poder prever sus efectos actuales. También observaron nuevas aplicaciones tecnológicas, lo que refuerza la idea de una reflexión energética activa y sostenida.
En un desplazamiento posterior de su crítica, Tanuro extiende sus objeciones al ámbito agrícola al afirmar que Marx no propuso la relocalización productiva. Esta lectura omite que Marx y Engels defendieron la superación de la separación entre ciudad y campo mediante una distribución más equilibrada de la población y una gestión consciente de la tierra como propiedad comunal. El problema no se resolvía con ajustes parciales, sino con una transformación estructural de la organización social.
Sobre esa base, Tanuro atribuye a Marx un desprecio hacia el campesinado. Tal acusación se apoya en una lectura errónea del énfasis marxiano en la ciencia agronómica. Marx sostuvo que el conocimiento científico podía fortalecer todas las formas de producción agrícola y consideró viables tanto a pequeños productores como a productores asociados. La crítica a la vida rural apuntaba al aislamiento impuesto por la división capitalista entre ciudad y campo y no a una desvalorización del campesinado.
Desde la perspectiva de Tanuro, el problema no es menor ni secundario: Marx habría tratado la energía renovable y la no renovable como un solo bloque indiferenciado, ignorando que la dependencia del carbón ya en el siglo XIX hacía inviable cualquier regulación racional del metabolismo entre sociedad y naturaleza. Aunque Marx defendía la gestión consciente de la producción por los productores asociados, Tanuro sostiene que esta defensa se vacía de contenido cuando la base energética descansa en combustibles fósiles.
A partir de esta acusación inicial, Tanuro afirma que Marx y Engels no comprendieron el salto cualitativo que implicó el paso de la madera al carbón. Sin exigirles prever el cambio climático, les reprocha no haber extendido su análisis de los límites del suelo a una reflexión sistemática sobre los límites del carbón. Esta omisión conduciría directamente a la falacia de la neutralidad energética y convertiría la cuestión energética en un caballo de Troya alojado en el núcleo de la ecología marxiana.
Mediante una metáfora tomada de Trotsky, Tanuro describe esta falla ecológica como una herida ignorada que se transforma en gangrena dentro del marxismo posterior. Según esta lectura, el pensamiento marxiano queda contaminado por nociones utilitaristas, lineales y productivistas, hasta perder coherencia interna y capacidad de supervivencia teórica. El marxismo clásico aparece así como un cuerpo doctrinal degradado, corroído desde dentro por su incapacidad para enfrentar la cuestión energética.
Sobre esa construcción teórica, Tanuro niega la posibilidad de una reconstrucción interna del marxismo. El único camino viable sería una intervención externa, apoyada en el ecologismo y la teoría verde, que permita enverdecer las conclusiones de Marx. Aunque reconoce que la teoría de la ruptura metabólica constituye una contribución metodológica de primer orden, sostiene que Marx anuló ese logro al no extender su análisis a los combustibles fósiles, comprometiendo su sistema y su legado ecológico.
Como resultado de este razonamiento, el marxismo clásico es presentado como un programa de investigación degenerativo en el sentido de Imre Lakatos. Incapaz de ampliar su contenido empírico y de proteger su núcleo teórico, el materialismo histórico se vería forzado a recurrir a hipótesis ad hoc tomadas del exterior. El ecosocialismo adopta entonces la forma de una desviación analítica donde el préstamo metodológico deja de ser accesorio y se vuelve dominante.
Lo más llamativo de esta operación reside en la ausencia total de pruebas. Tanuro formula acusaciones severas sobre las supuestas fallas ecológicas de Marx sin aportar referencias concretas a textos donde este aborde la energía. Afirma que la cuestión de los combustibles fósiles carece de lugar metodológico en su obra, una afirmación que ignora pasajes de El capital y la correspondencia de Engels, donde se reconoce explícitamente el carácter finito del carbón y su condición de calor solar pasado consumido de forma derrochadora.
Desde el análisis histórico de Marx y Engels sobre la Revolución Industrial emerge, además, una diferenciación clara entre formas energéticas. Ambos señalaron que la industrialización se apoyó inicialmente en la energía hidráulica y solo después se desplazó hacia el carbón, no por una superioridad ecológica o económica, sino por razones de localización industrial y control social. Esta lectura contradice frontalmente la idea de un amalgama energética indiferenciada.
Finalmente, la crítica de Tanuro se apoya en una narrativa neo maltusiana simplificada que atribuye la transición energética a la escasez de madera provocada por presiones demográficas. Tal explicación reduce procesos históricos complejos a una secuencia lineal y omite factores tecnológicos decisivos, como la fundición con carbón vegetal y el desarrollo posterior del coque durante el siglo XVIII. Precisamente por esa simplificación, dicha narrativa no aparece en la obra de Marx y Engels, quienes abordaron la transición energética como un proceso histórico, tecnológico y socialmente determinado.
Desde una perspectiva científica situada, Marx y Engels no trataron la cuestión energética desde la especulación, sino desde los límites reales del conocimiento del siglo XIX. Reconocieron el carácter finito del carbón, pero rechazaron proyectar su agotamiento inmediato sin evidencia empírica. Marx examinó trabajos geológicos especializados, en particular los de Joseph Beete Jukes, donde quedaba claro que los límites efectivos de los yacimientos carboníferos no podían determinarse con certeza. Esa cautela no constituye una debilidad, sino una posición científica coherente frente a un campo aún en formación.
En el marco de la crítica marxiana de la economía política, el impulso del capitalismo a expandirse más allá de todos los límites naturales, incluidos los energéticos, aparece como un rasgo estructural. Atribuir a Marx una ceguera frente a la incompatibilidad entre acumulación y base energética introduce una acusación sin sustento, contradicha por su propio análisis del capital como fuerza expansiva indiferente a los límites materiales. El reproche del supuesto “reloj ecológico” no responde al siglo XIX, sino a una lectura retrospectiva impuesta desde el presente.
Aunque Tanuro afirma que no puede reprocharse a Marx y Engels no haber anticipado el cambio climático, su crítica se formula precisamente desde ese marco contemporáneo. La mención de los experimentos de John Tyndall sobre el efecto invernadero en la década de 1850 funciona como insinuación ahistórica, desplazando el análisis desde las condiciones reales de producción del conocimiento científico hacia exigencias que solo adquieren sentido posterior.
En versiones más recientes, Tanuro transforma esta insinuación en acusación abierta, sosteniendo que Marx no extrajo conclusiones ecológicamente correctas por desconocer la crisis ambiental global. Este argumento reduce el problema ambiental al cambio climático actual y borra las crisis ecológicas concretas que Marx sí analizó. Precisamente de esas crisis surge la formulación de la ruptura metabólica entre el metabolismo social del capital y el metabolismo de la naturaleza, núcleo de su crítica ecológica.
Resulta especialmente débil que esta acusación ignore el involucramiento directo de Marx y Engels con la ciencia de su tiempo. Marx asistió a conferencias científicas, siguió experimentos sobre radiación solar, observó las transformaciones energéticas derivadas de la combustión del carbón y prestó atención a desarrollos tecnológicos como la transmisión eléctrica demostrada en la década de 1880. No hubo indiferencia, sino seguimiento activo de los debates científicos disponibles.
Tras este recorrido, Tanuro desplaza nuevamente su crítica al ámbito agrícola, reprochando a Marx no haber defendido la relocalización productiva. Este reproche ignora que Marx y Engels apuntaron a un problema estructural más profundo: la separación entre ciudad y campo derivada de la propiedad privada de la tierra. La solución no pasaba por ajustes técnicos parciales, sino por una reorganización social que permitiera un tratamiento consciente y colectivo del suelo.
Sobre esta base endeble, Tanuro atribuye a Marx desprecio por el campesinado. Tal acusación se apoya en lecturas descontextualizadas. Marx sostuvo la viabilidad tanto de pequeños productores como de productores asociados y señaló que la limitación de la agricultura a pequeña escala residía en la falta de recursos y de ciencia bajo el capitalismo, no en el saber campesino. La ciencia debía integrarse a todas las formas de producción agrícola.
En continuidad con esta línea argumentativa, incluso la referencia a la llamada “idiotez de la vida rural” fue objeto de distorsión. El término no aludía a una desvalorización del mundo rural, sino al aislamiento cultural impuesto por la división capitalista entre ciudad y campo. Además, en Inglaterra que sirvió de base empírica al análisis de Marx, el campesinado ya había sido expropiado por los cercamientos y sustituido por trabajadores asalariados rurales. La crítica marxiana apuntaba a prácticas capitalistas sin base científica y no al campesinado como tal.
En el tomo III de El capital utilizado por Tanuro, Marx desmontó el argumento de Lavergne sobre la supuesta superioridad productiva de la agricultura inglesa basada en carne frente a la francesa centrada en cereales, mostrando que dicha superioridad se explicaba por diferencias de precios y no por ventajas productivas o ecológicas reales. Las afirmaciones de Lavergne sobre el agotamiento del suelo por los cereales y el supuesto enriquecimiento del suelo por cultivos forrajeros fueron criticadas como creencias ilusorias compartidas por terratenientes y agricultores capitalistas ingleses.
Detrás de esta crítica se encontraba el uso político de tales argumentos para legitimar la expulsión de trabajadores rurales tras las Corn Laws y la conversión de tierras agrícolas en pasturas. La lectura de Tanuro, que presenta esta posición como un ataque al conocimiento campesino, contradice el texto mismo, donde Marx dirige explícitamente su crítica contra intereses agrícolas capitalistas y no contra saberes tradicionales.
En el centro de esta controversia apareció la idea de que ciertos cultivos pudieran obtener de la atmósfera los elementos esenciales de su crecimiento y devolver al suelo más de lo que extraían. Siguiendo a Liebig, Marx sostuvo que todos los cultivos agotan nutrientes fundamentales del suelo y que ninguna rotación elimina ese proceso. El reconocimiento posterior de la fijación de nitrógeno por leguminosas no invalida este planteamiento, ya que incluso estas dependen del suelo para la mayoría de los elementos esenciales.
Desde esta perspectiva crítica, el texto no niega efectos parciales positivos de ciertas prácticas agrícolas, como mejoras en la estructura del suelo, pero subraya que la agricultura capitalista intensiva acelera el agotamiento de nutrientes y depende de una reposición externa constante. Esa incapacidad para reconocer la fractura metabólica constituyó, para Marx, la debilidad central de la “alta agricultura” defendida por Lavergne.
Lejos de expresar desprecio por el campesinado, Marx sostuvo la viabilidad tanto de pequeños productores como de productores asociados y señaló que la principal limitación de la agricultura a pequeña escala bajo el capitalismo era la falta de recursos y de acceso a la ciencia. La incorporación del conocimiento científico no implicaba descalificar el saber empírico, sino superar las restricciones impuestas por el modo de producción capitalista.
A partir de estas discusiones, Tanuro amplía su acusación al marxismo en general, afirmando que habría ignorado la cuestión ecológica cuando esta emergió con fuerza en las décadas de 1960 y 1970. Sin embargo, el propio registro histórico muestra múltiples contribuciones socialistas tempranas que abordaron la degradación ambiental, el crecimiento ilimitado y la ruptura metabólica mucho antes de la difusión del término ecosocialismo, cuya marginación posterior respondió más a condiciones políticas e ideológicas que a una ausencia teórica.
Marx y el acotamiento del valor intrínseco: la tesis de Kovel
En un registro distinto, las críticas de Tanuro se diluyen por su alcance limitado, mientras que las de Kovel buscan redefinir el destino mismo del socialismo. Kovel presenta el ecosocialismo como el sucesor lógico del socialismo del último siglo y medio, no como continuidad, sino como ruptura necesaria ante su fracaso ecológico. Lo concibe como una revolución total, distinta de los socialismos previos, un socialismo de nueva época que solo se valida si sustituye la producción generalizada de mercancías por la producción de ecosistemas integrales.
Para sostener esta genealogía, Kovel necesita marcar distancia con Marx. Reconoce sus intuiciones ecológicas, pero sostiene que fallan donde más importa, en la relación con la naturaleza externa. Afirma que Marx fue más avanzado en sus escritos tempranos que en los tardíos y respalda esta acusación con el argumento de Martínez-Alier, según el cual Marx no puede considerarse un ecólogo realizado por no incorporar las implicaciones ecológicas de la segunda ley de la termodinámica.
Desde esta operación teórica, la cuestión ecológica deja de ser material y científica para convertirse en un problema ético. Este desplazamiento permite relegar el metabolismo socioecológico a un recurso descriptivo secundario, propio de una ciencia del siglo XIX, y presentar la ruptura metabólica como una noción obsoleta frente a un ecosocialismo redefinido desde parámetros normativos.
En esa lectura, la ruptura metabólica entre humanidad y naturaleza se reduce a un problema cuantitativo de flujos de materia y energía. Kovel sostiene que nociones como metabolismo y ruptura metabólica, utilizadas por Foster, Alfred Schmidt y otros, oscurecen las cuestiones estructurales de los ecosistemas. Sin embargo, esta evaluación ignora el desarrollo real de la ecología, donde el metabolismo opera como categoría central de comprensión de los sistemas vivos.
Sobre esta noción se edificó una parte sustantiva de la ecología del siglo XX, desde Arthur Tansley hasta Eugene Odum. El metabolismo social derivado de Marx se convirtió en eje del análisis socioecológico y de la economía ecológica, además de incorporarse a la tradición marxiana a través de Lukács e István Mészáros. La vigencia de este enfoque no es retórica: hoy incluso la NASA mide el “metabolismo de la Tierra” en el marco del ciclo del carbono.
Kovel, en cambio, abandona este núcleo y se apoya en la segunda contradicción del capitalismo formulada por O’Connor, donde la crisis ecológica solo adquiere relevancia cuando produce crisis económicas. Para justificar este recorte, afirma que Marx no estuvo expuesto a la historia de la crisis ecológica. Pero Marx y Engels ya abordaron crisis ambientales concretas dentro de una crítica del capital como forma alienada de reproducción socio-metabólica. Separar metabolismo y alienación, como hace Kovel, no corrige una carencia del marxismo. Por el contrario, desarma su núcleo crítico para hacer posible una nueva genealogía ecosocialista desligada del materialismo histórico.
Desde otro ángulo crítico, el hecho de que el pasaje de El capital cuestionado por Kovel haya recibido tan poca atención no fortalece su argumento, sino que evidencia una deuda teórica. La acusación de incoherencia lógica y ontológica se sostiene débilmente incluso a partir de los textos citados. Presentar a la naturaleza en Marx como pasiva y muda entra en contradicción directa con su concepción del metabolismo de la naturaleza como fuerza activa y universal, de la cual la humanidad forma parte.
En el marco marxiano, la producción humana no crea materia ni energía. Depende de procesos ecorregulatorios que la anteceden y la condicionan. La naturaleza provee las condiciones materiales sin intervención humana directa, mientras el trabajo se limita a transformar formas materiales conforme a leyes físicas universales. La actividad humana opera, por tanto, dentro de límites objetivos impuestos por la naturaleza, lo que vuelve insostenible la tesis de una naturaleza ontológicamente pasiva en Marx.
Desde esta concepción, la crítica de Kovel se desplaza hacia la noción de valor intrínseco. Marx no ignora esta idea, pero la integra dentro del valor de uso entendido en sentido amplio, como conjunto de condiciones del desarrollo humano sostenible, independiente de la lógica capitalista. No todos los valores de uso proceden del trabajo, la valoración intrínseca no ocupa el mismo lugar en todas las formaciones sociales y, aunque el capitalismo la excluye sistemáticamente, una formación social superior puede reincorporarla de manera consciente.
Pese a ello, Kovel contrapone a Marx con Rosa Luxemburg, a quien atribuye una sensibilidad ecocéntrica fundada en expresiones personales de empatía hacia animales no humanos. Esta comparación resulta frágil. No existe base textual para suponer que Marx careciera de dicha sensibilidad. Sus escritos tempranos, su correspondencia y diversos pasajes de su obra muestran una preocupación constante por la degradación de la naturaleza, la mercantilización de los seres vivos y el sufrimiento animal.
En esta misma línea, Marx reconoció capacidades cognitivas en animales no humanos y cuestionó separaciones rígidas entre pensamiento humano y animal. Engels profundizó esta continuidad al subrayar la unidad estructural entre especies y al afirmar que los animales también transforman su entorno de manera no mecánica. Karl Kautsky incorporó estas ideas a una ética materialista que atribuye a los animales superiores cualidades comúnmente consideradas morales en los seres humanos.
El hecho de que estos elementos no ocupen un lugar central en los textos científicos de Marx responde al carácter específico de su crítica de la economía política y no a una carencia existencial. Incluso así, Marx abordó procesos de cambio climático, desplazamientos de especies y extinción en periodos geológicos anteriores a la humanidad, lo que apunta a una preocupación por la vida en general y no solo por la producción humana.
Desde una perspectiva ambiental, plantear el valor intrínseco de la naturaleza desplaza el debate fuera de la ética abstracta. El problema ya no es fundar valores universales, sino definir hasta dónde se extiende la responsabilidad humana hacia la naturaleza externa y otras especies. La oposición entre antropocentrismo y ecocentrismo pierde fuerza cuando se formula como dicotomía rígida y excluyente.
En este sentido, Benton señala que solo los seres humanos pueden asignar valores, sin que ello implique reducir la naturaleza a mera utilidad instrumental. La diferencia sustantiva se encuentra entre una relación estrictamente instrumental con la naturaleza y otra basada en una noción ampliada de comunidad con la vida, una vez cubiertas las necesidades humanas básicas.
Desde este marco, el materialismo histórico no enfrenta una contradicción insalvable. Marx concibió el mundo material como previo e independiente de la humanidad y sostuvo la posibilidad de una relación no instrumental con la naturaleza en una sociedad no alienada. La crítica a la alienación de la naturaleza y la noción de metabolismo universal apuntan a una coevolución sostenible entre humanidad y Tierra.
Los distintos sentidos del valor intrínseco identificados por John O’Neill, valor no instrumental, reconocimiento de propiedades propias y existencia objetiva independiente de la percepción humana, se integran sin fricción en esta concepción. Ninguno de ellos contradice el núcleo materialista del pensamiento marxiano cuando se los sitúa históricamente.
El quiebre aparece con la formulación de Kovel. Para él, el valor intrínseco no se vincula ni a la producción ni al valor de uso, sino a una disposición psicológica originaria, previa a la socialización y a la conciencia objetiva, comparable a una actitud infantil de asombro ante el mundo. Esta concepción, influida por la ecología profunda, define el valor intrínseco como un derecho inherente de la naturaleza desligado de toda mediación social.
Aunque rechazar el instrumentalismo resulta indispensable para cualquier perspectiva ecológica, esta abstracción ha alimentado derivas problemáticas, desde espiritualismos desmaterializados hasta posturas abiertamente misantrópicas. Al separarse del análisis material de las condiciones sociales, el valor intrínseco pierde potencia crítica y se vuelve normativamente ambiguo.
Una debilidad adicional emerge cuando Kovel recurre al misticismo vitalista de Jakob Böhme para reforzar su crítica a Marx. Esta asociación resulta forzada y aporta poco a una ecología materialista rigurosa. Aunque Marx reconoció la naturaleza como fuerza viva, no puede leerse coherentemente como heredero de una tradición teosófica carente de método y rigor conceptual.
Riesgos similares aparecen en enfoques holistas idealistas como el de Donald Worster. Su acusación de mecanicismo ecológico contra Marx y Engels lo conduce a elogiar a Jan Smuts, cuyo holismo sirvió de justificación filosófica para un racismo ecológico que desembocó en el apartheid. En contraste, Arthur Tansley introdujo el concepto de ecosistema precisamente para desmontar ese holismo idealista y enfrentar de forma material las depredaciones humanas sobre la naturaleza.
Cerrar este problema exige volver a Marx. En su sentido más amplio y originario, el valor se identifica con el valor de uso e incluye aquello que hoy se denomina valor intrínseco, anterior históricamente al valor de cambio. La naturaleza produce valores de uso fuera del universo mercantil, aire, tierra, orientación, belleza, imposibles de reducir a una racionalidad económica estrecha.
En una sociedad no alienada, valor, valor intrínseco y valor de uso tienden a confluir en una forma de valoración social que supera el instrumentalismo y sostiene el desarrollo humano sostenible. Lejos de representar una falla ecológica, el materialismo histórico ofrece las bases conceptuales para una ecología radical capaz de articular justicia social y sustentabilidad material sin recurrir a injertos externos ni rupturas artificiales.
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La llamada transición energética no rompe con la lógica del capital, la reorganiza. Lejos de reducir la presión material sobre la Tierra, desplaza la extracción hacia nuevos territorios, minerales y cadenas de valor más extensas, opacas y violentas. Litio, cobre, tierras raras y megainfraestructura renovable reproducen el mismo metabolismo alienado bajo un lenguaje verde. La descarbonización parcial convive sin conflicto con el crecimiento absoluto del consumo energético, mientras la demanda global continúa en ascenso. Bajo estas condiciones, la transición no cuestiona la acumulación, la asegura. El capital no abandona los combustibles fósiles por límites ecológicos, los complementa mientras resultan funcionales. Presentar este proceso como salida civilizatoria encubre una realidad más cruda: no se trata de una transición ecológica, sino de una reconversión extractiva que preserva el poder del capital y traslada los costos ambientales y sociales a las periferias, ahora legitimada por el discurso climático.