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Colapso banal

Enviado por Edoardo Luna en Mié, 04/29/2026 - 22:05
Cita: 

Hernández, Gil-Manuel [2026], Colapso banal, Rebelión, 5 de marzo, https://rebelion.org/colapso-banal/ [1]

Fuente: 
Otra
Fecha de publicación: 
Jueves, Marzo 5, 2026
Revista descriptores: 
Alternativas civilizatorias [2]
Autoritarismos [3]
Combate y adaptación frente a la destrucción del ambiente [4]
Crisis civilizatoria y crisis económica [5]
Destrucción del ambiente [6]
Fronteras del capital [7]
Tema: 
Colapso banal, violencia técnica y nuevas formas de fascismo
Idea principal: 

    Gil-Manuel Hernández Martí es profesor titular del Departamento de sociología y antropología social de la Universitat de València. Autor de La condición global. Hacia una sociología de la globalización (2005), Sociología de la globalització. Anàlisi social d’un món en crisi (2013) o Ante el derrumbe. La crisis y nosotros (2015).


    Hernàndez, autor que usa la idea de hipernormalización del colapso, describe una crisis civilizatoria que ya no aparece como ruptura, sino como rutina. El deterioro ecológico, energético, económico, cultural y simbólico se vuelve administrable porque se presenta como parte normal de la vida diaria. Antonio Turiel, físico español e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), llama a ese desgaste “cutrificación”: una degradación cada vez más visible que se maquilla como normalidad y se reduce a fallas aisladas.

    La hipernormalización y el colapso banal

    Desde una obediencia ya gastada, la hipernormalización describe una sociedad que advierte el agotamiento del sistema, pero actúa como si todavía pudiera sostenerse. Alexei Yurchak, autor retomado por su análisis de la fase terminal de Unión Soviética, aporta la noción de hipernomarlización, que nombra la escena donde falta un lenguaje legítimo para decir que el orden dominante ya no funciona: "una situación en la que todos saben que el sistema no funciona, pero continúan actuando como si funcionara porque no existe un lenguaje legítimo para nombrar su agotamiento". En el presente, esa lógica pasa al capitalismo: crecimiento indefinido, estabilidad climática, energía fósil barata, materiales suficientes y promesa de continuidad chocan con límites biofísicos.

    Bajo esa ficción, la crisis no desaparece: instituciones, leyes, medios de comunicación, economía y subjetividades dominantes la traducen en rutina. Opera como una percepción colectiva que fragmenta las señales del deterioro, administra la angustia y conserva una ilusión de control mientras se erosionan las bases materiales de la vida social. Su efecto político es severo, porque impide que la conciencia del hundimiento derive en ruptura radical.

    Como forma visible de esa domesticación, el colapso banal convierte la degradación en lenguaje público, ritual mediático, agenda institucional y práctica administrativa. Michael Billig, autor que formuló el nacionalismo banal, muestra que una ideología perdura mejor cuando se esconde en gestos ordinarios: pronombres, mapas meteorológicos, banderas, deportes nacionales, Olimpiadas, Eurovisión y frases como “nuestro país”. De manera parecida, incendios extremos, sequías, inundaciones, desertificación, guerras por recursos, fallas de Rodalies de Catalunya, red ferroviaria catalana, y precarización sanitaria en la Comunidad de Madrid, región española, aparecen como problemas dispersos.

    Así, el lenguaje funciona como amortiguador político. “Estrés hídrico”, “tensiones geopolíticas” o “transición compleja” sustituyen desertificación, guerras por energía y declive estructural. Noticiarios, empresas y presupuestos públicos fabrican continuidad con récords de temperatura, promesas de neutralidad de carbono y proyecciones de crecimiento ilimitado. Todos perciben las grietas, pero el sistema exige gratitud por una normalidad rota: podría ir peor.

    La banalidad del mal en la gestión del colapso

    Cuando el colapso se banaliza, la violencia deja de nombrarse como decisión brutal y aparece como cálculo técnico. Hannah Arendt, pensadora política que elaboró la noción de banalidad del mal, permite entender esa operación: una atrocidad puede sostenerse cuando individuos abandonan el juicio crítico y cumplen funciones burocráticas. Eichmann, funcionario nazi analizado por Arendt, no encarna al fanático encendido, sino al operador eficaz que convierte carrera, procedimiento y obediencia en normalidad institucional.

    Refiriéndose a la maquinaria nazi, deportación y exterminio podían traducirse a transporte, cuotas, eficiencia y coordinación. El vocabulario administrativo no cancela la violencia, la vuelve ejecutable, limpia en apariencia y soportable para quienes participan o miran desde sus “zonas de interés”. Al separar acto y consecuencia, la estructura produce una falsa higiene moral: el crimen pierde rostro y adopta forma de gestión.

    Ese paralelismo con el presente no iguala contextos históricos distintos. Más bien muestra cómo la normalidad institucional también absorbe degradación ecosocial, abandono y riesgo desigual para convertirlos en administración racional. “Zonas de sacrificio” nombra territorios y poblaciones tratadas como prescindibles. “Optimización de recursos” puede esconder la prioridad de sectores estratégicos sobre comunidades vulnerables. Reasentamientos “estratégicos” y centros de internamiento “extraterritoriales” pueden disfrazar desplazamiento forzado, control migratorio y contención punitiva.

    La operación más grave ocurre cuando métricas, protocolos, índices, informes y estadísticas sepultan la pregunta ética. El debate deja de cuestionar el marco que produce escasez y exclusión, para discutir solo cómo gestionarlo. Así, la hipernormalización actúa como anestesia colectiva: el sistema se presenta como gestor de inevitabilidades mientras reparte sufrimiento, precariedad, muerte y destrucción de biodiversidad de forma desigual. El mal ya no necesita furia ideológica, le basta la rutina administrativa.

    Exofascismo, endofascismo y colapso banal

    La alerta central es simple: el fascismo no necesita volver con marchas, partido único, símbolos grandilocuentes o violencia anunciada. En un contexto de colapso banal, es decir, cuando la crisis se vuelve rutina y deja de parecer ruptura, el poder puede endurecerse de forma más silenciosa. Hernàndez, autor citado por llamar “virguismo” a un fascismo que niega ser fascismo, pero cumple funciones parecidas, ayuda a entender esa mutación autoritaria.

    Cuando la hipernormalización del colapso, entendida como la costumbre social de actuar como si todo siguiera funcionando, deja de sostener la ficción de normalidad, la coerción aparece con más fuerza. El fascismo clásico concentraba poder, eliminaba pluralismo, fabricaba enemigos absolutos y subordinaba la vida social a una lógica nacional. En la crisis ecosocial actual, esa deriva puede operar con herramientas menos visibles: algoritmos, protocolos, métricas, vigilancia, clasificación de personas y represión burocrática. La excepción ya no entra como golpe espectacular, sino como medida técnica repetida hasta parecer normal.

    Endofascismo significa endurecimiento hacia dentro de la propia sociedad. La población queda disciplinada mediante escasez, emergencia permanente y control desigual. Racionamientos, vigilancia energética o alimentaria, límites de movilidad y restricciones de derechos se presentan como respuestas inevitables ante crisis climáticas, sanitarias, energéticas o de seguridad. El truco consiste en esconder una decisión política bajo lenguaje técnico. Así, no todas las personas reciben la misma protección, los mismos recursos ni la misma libertad para moverse.

    Exofascismo significa violencia dirigida hacia fuera. Migraciones climáticas tratadas como invasiones, conflictos por energía presentados como defensa nacional, pueblos periféricos vistos como prescindibles y fronteras militarizadas forman parte de esa lógica. Ambas salidas pueden combinarse: una ordena con dureza el interior, la otra culpa y combate al exterior. Lo más grave es que esta deriva puede avanzar bajo palabras aparentemente neutras como resiliencia, adaptación o seguridad. La pregunta final es brutal: quién recibe protección, quién queda expuesto y quién puede ser abandonado.

Nexo con el tema que estudiamos: 
    Profundizando las reflexiones sobre el colapso civilizatorio, ya es posible observar los esfuerzos por naturalizar las situaciones catastróficas y ocultar sus relaciones sistémicas, así como invisibilizar la marcha hacia rupturas irreversibles en las relaciones sociales y con lo no-humano. Siguiendo la idea de la banalidad del mal, el autor nos propone criticar esa inercia cultural y material que impide situar en el centro del debate público la necesidad de romper con las relaciones imperantes y buscar los caminos de la supervivencia de la especie.

Source URL (modified on 20 Mayo 2026 - 12:28am):https://let.iiec.unam.mx/node/5831

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