Extended uncertainty. What if South Korea got a nuclear bomb?

Cita: 

The Economist [2024], "Extended uncertainty. What if South Korea got a nuclear bomb?", The Economist, London, 17 de agosto, https://www.economist.com/asia/2024/08/15/what-if-south-korea-got-a-nucl...

Fuente: 
The Economist
Fecha de publicación: 
Jueves, Agosto 15, 2024
Tema: 
Corea del Sur y la ruta hacia la nuclearización: consenso interno, efecto Trump y riesgos globales
Idea principal: 

    What if South Korea got a nuclear bomb?

    A principios de 2023 el presidente Yoon Suk-yeol planteó públicamente que Corea del Sur fabricara armas nucleares. El respaldo social (alentado por el creciente arsenal de Corea del Norte) ronda 70% (dato crucial 1). Bajo la presidencia de Joe Biden, Washington y Seúl reforzaron la “disuasión ampliada” (la promesa de proteger a Corea del Sur con el arsenal nuclear de Estados Unidos).

    Sin embargo, la figura de Donald Trump introduce una dicotomía: para algunos constituye un riesgo porque ha insinuado retirar tropas y priorizar un enfoque “Estados Unidos primero”; para otros, su imprevisibilidad aumenta el incentivo surcoreano a nuclearizarse.

    Camp Humphreys (un complejo de casi quince kilómetros cuadrados que alberga a más de 30 mil militares y familiares y ha costado más de 11 mil millones de dólares, financiados en su mayor parte por Corea del Sur) simboliza ese juego geopolítico y económico: mantener la base ofrece a Washington una palanca de presión para exigir mayores pagos y a Seúl una póliza de seguro cuya prima sube o baja según quién ocupe la Casa Blanca.

    Optar por la bomba implicaría costos severos. Corea del Norte, China y Rusia responderían con presión económica o militar. Salir del Tratado de No Proliferación Nuclear dañaría la reputación internacional de Corea del Sur y su economía dependiente del comercio. Mientras la mayoría de los votantes ve beneficios claros, solo un tercio de los 175 funcionarios y analistas encuestados respalda un arsenal propio, señal de que las élites temen sanciones e inestabilidad.

    La historia muestra cómo Estados Unidos maniobra ante estos dilemas. A comienzos de los años setenta del siglo XX (en plena Guerra de Vietnam) el presidente Richard Nixon retiró 20 mil de los 63 mil soldados destacados en Corea del Sur y animó a los aliados asiáticos a defenderse por sí mismos. Esa aparente concesión de albedrío llevó al presidente Park Chung-Hee a iniciar un programa nuclear; cuando Washington se recuperó del desgaste vietnamita ejerció presiones y garantías de seguridad para alinear de nuevo a Seúl, logrando que Corea del Sur firmara el Tratado de No Proliferación Nuclear en 1975.

    Hoy, con un apoyo popular consolidado, una amenaza nuclear norcoreana tangible y la incertidumbre sobre la fiabilidad del paraguas estadounidense bajo un líder volátil, Corea del Sur decide hasta dónde puede (y quiere) jugar este delicado ajedrez nuclear.

    Sweet charity

    Donald Trump podría no solo tolerar sino alentar que Corea del Sur se nuclearice. Exfuncionarios afines lo insinúan y Mike Pompeo, antiguo secretario de Estado y director de la Agencia Central de Inteligencia, calificó la idea de “racional” ante el arsenal de Corea del Norte.

    En “Seeking the Bomb”, Vipin Narang describe cuatro rutas de proliferación: hedging mantener viva la opción nuclear, sprinting correr rápido hacia el arma, sheltered pursuit avanzar bajo el paraguas de una superpotencia y hiding desarrollarla en secreto.

    Corea del Sur hoy practica un hedging explícito; bajo la dictadura de Park Chung-hee intentó el hiding, pero repetirlo sería casi imposible en la democracia hiperconectada actual (hay demasiados ojos observando). Pese a ello, expertos estiman que Seúl podría ensamblar su primera bomba en apenas un año.

    Desde los años setenta del siglo XX, Corea del Sur ha forjado una industria nuclear civil de élite: opera 26 reactores y construye centrales en Emiratos Árabes Unidos y República Checa (testimonio de su pericia en ingeniería). Sin embargo, carece de uranio altamente enriquecido o plutonio reprocesado; importa su combustible y no reprocesa el gastado (dato crucial 2).

    Una fuente adicional de frustración es que Estados Unidos permite a Japón reprocesar y enriquecer uranio con fines civiles, mientras niega esa cláusula a Seúl. Al mismo tiempo, el país posee misiles balísticos de corto y medio alcance listos para recibir ojivas nucleares y es el único estado no nuclear que ha desarrollado misiles balísticos lanzados desde submarinos. Así, aunque le falte materia prima, cuenta con la plataforma y la capacidad técnica para convertirse rápidamente en potencia atómica si decide cruzar ese umbral.

    Test cases

    La fase de pruebas sería un desafío mayúsculo: en Corea del Sur resultaría difícil hallar una provincia dispuesta a aceptar el riesgo de radiación de una instalación subterránea, mientras que el emplazamiento norcoreano es más remoto y su población no puede opinar sobre los riesgos impuestos por sus gobernantes.

    Una prueba atmosférica sería muy provocadora (República Popular China realizó la última en 1980). Se cree que Corea del Norte posee decenas de armas nucleares. Corea del Sur no necesita igualar bomba por bomba, pero sí garantizar la capacidad de contraatacar con armas nucleares tras un ataque inicial. La posibilidad de un ataque preventivo norcoreano, aunque improbable, no puede descartarse.

    En el plano político interno, los conservadores (que controlarán la presidencia al menos hasta 2027) apoyan con mayor firmeza un arsenal independiente. En el Partido Democrático (PD), que domina la Asamblea Nacional, algunos lo ven necesario para lograr autonomía respecto de Estados Unidos, mientras otros se oponen. Corea del Sur, en lugar de ser conocida por el K-pop y el kimchi, quedaría definida por la bomba.

    Corea del Sur podría intentar abandonar legalmente el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) al amparo de la cláusula de “acontecimientos extraordinarios”, pero eso activaría restricciones.

    El Grupo de Suministradores Nucleares (NSG) pediría suspender la cooperación; si Estados Unidos no obtuviera una exención (como hizo con India), el negocio exportador se derrumbaría y los reactores (que generan cerca de 30% de la energía eléctrica fuera de línea) quedarían parados. Una prueba nuclear obligaría (por ley estadounidense) a suspender transferencias de armas y tecnologías de doble uso.

    La apuesta nuclear sudcoreana podría desatar respuestas por parte de China, poniendo en riesgo las relaciones económicas (dato crucial 3). Otra consecuencia sería poner en cuestión el recurso a las armas nucleares incluso por países como Japón que las han rechazado de forma contundente.

    La conclusión apunta el dilema convencional cuando se trata de las armas nucleares: ¿poseer la bomba da seguridad frente a Corea del Norte o solo hace más peligrosa e inestable la Península coreana?

Datos cruciales: 

    1) El gráfico 1 muestra que, desde 2011, la mayoría de los surcoreanos apoya que su país desarrolle armas nucleares y que ese respaldo se ha fortalecido con el tiempo. Paralelamente, la oposición crece hasta casi 40% entre 2017 y 2018, pero después se desploma por debajo del 25%. El resultado es una brecha cada vez más amplia entre ambas posturas.

    2) En un artículo de 2015, Charles Ferguson, entonces presidente de la Federación de Científicos Estadounidenses, escribió que Corea del Sur tiene material suficiente para más de 4 000 bombas.

    3) En caso de pruebas nucleares de Corea del Sur, China podría imponer restricciones propias y paralizantes; alrededor del 20% de las exportaciones surcoreanas se dirige a ese mercado y el país depende de componentes y materiales chinos.

Nexo con el tema que estudiamos: 

    La aspiración de Corea del Sur a dotarse de armas nucleares refleja la disputa hegemónica entre Estados Unidos y la República Popular China, con Corea del Norte como detonante inmediato. Washington fija las reglas del juego nuclear y comercial: respalda a Seúl mientras le resulte estratégico, pero puede retirar ese paraguas y activar sanciones en cuanto sus intereses cambien, como ya ocurrió tras la Guerra de Vietnam. En ese vaivén, Corea del Sur corre el riesgo de quedar expuesta a represalias económicas chinas y a presiones rusas, atrapada entre grandes potencias que compiten por la primacía regional y global. La decisión de cruzar ese umbral, por tanto, no es solo una cuestión de seguridad nacional; es la prueba de fuego de un sistema internacional donde la potencia hegemónica dicta normas que los demás aceptan a riesgo de quedar indefensos cuando deje de convenirle seguir protegiéndolos.

    Como aire de los tiempos, es relevante el desenfado con el que The Economist trata el terror nuclear, como si no representase el principal riesgo existencial inmediato. Esta exposición se limita a consideraciones pragmáticas sin presentar los escenarios catastróficos que implica la proliferación nuclear.