Sobre la civilización y sus barbaries
Xiaoming, Wang [2025], "Sobre la civilización y sus barbaries", New Left Review, (152): 55-73, mayo-junio, https://newleftreview.es/issues/152/articles/on-civilization-and-its-bar...
Wang Xiaoming es profesor de literatura China y presidente del Consejo del Centro de literatura china moderna de la Universidad Normal del Este de China; profesor de estudios culturales y director del Centro de estudios de cultura contemporánea de la Universidad de Shanghái.
El texto examina la relación entre civilización y barbarie a partir de la experiencia histórica de China frente a Occidente. Analiza las propuestas de pensadores chinos que, desde fines del siglo XIX, debatieron la influencia de Occidente y las cuestiones sociales del país.
El derecho internacional fue históricamente una herramienta de las potencias europeas para servir a sus intereses imperialistas. A partir de esta premisa, el autor identifica un dilema crucial para China, cuyo camino hacia la modernización consistió en aprender del modelo occidental. Frente a la desilusión con Occidente, el texto advierte sobre el riesgo de caer en el extremo opuesto, donde predomina una sociedad jerárquica y la supervivencia del más fuerte. Esta tendencia se ve reflejada en el nacionalismo actual, la mentalidad competitiva extrema y la indiferencia hacia los sectores vulnerables, a menudo justificada con el argumento de que en Occidente sucede lo mismo.
El arco de la modernidad
El pensamiento chino moderno inicia como una respuesta a la imposición del capitalismo industrial occidental, el cual forzó a China a salir de su trayectoria histórica. Para estos primeros pensadores lo "moderno" significaba una reinvención integral de cómo debía ser el futuro de China y la creación de planes prácticos para lograr esa nueva visión.
La era moderna no ha concluido. Seguirá vigente hasta que la sociedad china se estabilice a largo plazo y exista un consenso nacional sobre el rumbo que debe tomar. Mientras China siga cambiando rápidamente y debatiendo su dirección, esta era permanecerá. La modernidad es un periodo histórico global más largo de lo que se suele pensar.
El pensamiento chino moderno se divide en tres etapas. La primera comprendió de 1880-1890 y de 1940-1950. Esta etapa moderna temprana, estuvo marcada por la primera guerra sino-japonesa y el punitivo Tratado de Shimonoseki firmado en 1895; fue truncada por los conservadores de la corte, así como por la Revolución de 1911, la guerra civil y la invasión japonesa. Surgieron ideas socialistas, concentrándose en diversas reformas y organizaciones, dando lugar a la revolución China.
La segunda etapa de 1940 a 1980, se consolidó el poder estatal con orientación comunista, pero en su construcción surgieron formas de poder centralizado, se empezó a perder el impulso revolucionario y el sistema parecía socialista por su discurso, pero funcionaba con lógicas cercanas a la derecha y al capitalismo de estado. Así, el proceso terminó siendo "de izquierda en la forma, pero de derecha en la esencia", alejándose de sus objetivos originales.
La tercera etapa de 1990 hasta la actualidad se caracterizó por un giro sostenido y completo hacia la derecha en la sociedad china. La lógica del capital se convirtió en el principio rector no solo de la economía, sino de la cultura en su conjunto. La política, fue acaparada por dos posturas aparentemente opuestas pero en realidad complementarias, la teoría del modelo estadounidense y la del estatismo con características chinas. Sin embargo, esta falsa oposición tuvo el efecto de restringir la imaginación social y limitar las posibilidades para soñar con futuros alternativos.
Primeras huellas
Los primeros pensadores chinos que trabajaron estos temas, enfrentaron una serie de dilemas intelectuales: el papel de la tradición, la relación con Occidente y la condición social.
En primer lugar, se cuestionaron la influencia de la cultura tradicional en las nuevas ideas ya que la irrupción de Occidente hizo que resultara difícil confiar en costumbres, valores y estructuras heredadas. El segundo dilema se centró en la relación con Occidente. Occidente era a la vez el modelo a imitar y la fuente de opresión y agresión, esto generó un profundo conflicto interno sobre hasta qué punto China debía occidentalizarse. El tercer dilema correspondió a la cuestión social: los intelectuales sostenían que el nivel moral, cultural y físico del pueblo era bajo, por lo que sus capacidades políticas, económicas eran deficientes. Lo que implicaba la ausencia de recursos internos para construir la nueva China.
El primer pensamiento chino moderno tomó en cuenta cuestiones esenciales. Se inclinó a ponerse del lado de los oprimidos y rechazó la interpretación según la cual la debilidad china se debía al atraso cultural que merecía ser castigado. El modelo occidental se abordó desde una perspectiva crítica, aunque la sociedad china pretendía aprender de Occidente, también buscaba cuestionar y desmontar el orden mundial basado en la supervivencia del más fuerte.
Pioneros
El escritor y fundador del primer periódico de China, Wang Tao, fue uno de los primeros pensadores en defender al aprendizaje de Occidente. Argumentaba que en un mundo moderno donde Occidente imponía su hegemonía, China no tenía más remedio que adaptarse a este orden bárbaro.
Años más tarde, el pedagogo Yan Fun también consideró que aplicar el modelo occidental era la vía más rápida para la modernización. Proponía que gran parte del currículo escolar debía enseñarse en lenguas occidentales. Sin embargo también fue muy crítico a adoptar las leyes bárbaras de Occidente. Este podría considerarse como el primer proyecto para la completa occidentalización de China. Existía una "ansiedad moral" en donde había un conflicto entre la necesidad práctica de occidentalizarse para salvar a China y la convicción moral de que el modelo occidental era éticamente cuestionable.
Oro y hierro
A principios del siglo XX surgieron pensadores como Yang Du, un literato, economista político, monárquico constitucional y líder de la corporación estudiantil china en Tokio a principios del siglo XX, quien es su obra fundamental “Doctrina de oro y hierro”, formuló una propuesta de modernización para China. Los conceptos de "civilización" y "barbarie" se difundieron en China a finales del siglo XIX. Su recepción fue rápida porque existía un precedente conceptual en la tradicional díada Huaxia–Yi, en donde se contraponía a China como una sociedad agraria altamente civilizada (Huaxaia) contra las sociedades nómadas bárbaras (Yi). Sin embargo, mientras la distinción clásica se basaba en criterios culturales (vestimenta, rituales, modos de vida), la versión moderna se fundamentaba en la ley internacional de la selva.
Yang Du describió al orden moderno como un mundo bárbaro dominado por potencias imperialistas donde rige la ley de la selva. Sin embargo, seguía clasificando a las potencias occidentales como civilizadas. Las denominaba naciones civilizadas ya que habían alcanzado un alto nivel interno de organización política, sistema educativo integral, desarrollo industrial y una cultura de armonía que justificaba este término. Consideraba que esas naciones eran civilizadas en su organización interna, pero mantenían relaciones internacionales basadas en la violencia y la competencia. Esta barbarie externa es la que forzaba a estos países a desarrollar instituciones internas orientadas hacia la civilización.
Este argumento se convirtió en una base clave para promover la reforma y la occidentalización. Permitió canalizar la indignación frente al imperialismo hacia un impulso modernizador, en lugar de alimentar respuestas conservadoras o xenófobas. Influenció a pensadores como Kang Youwei, quienes usaron ejemplos de países colonizados para argumentar que sin reformas venía la destrucción, pero con ellas se alcanzaría el fortalecimiento de la nación. Para competir en un mundo bárbaro, China necesitaba desarrollar un sistema interno civilizado. La ley de la selva interna llevaría al fracaso nacional.
Sostenía que los rasgos de civilización y barbarie occidentales no eran excluyentes, ambos se fortalecían mutuamente. Era necesario que China se uniera al mundo moderno para así poder crear un sistema interno civilizado. Su planteamiento permitió conciliar la admiración por los logros occidentales con la crítica a su dominación imperialista y se convirtió en una base ideológica para las estrategias posteriores de modernización y occidentalización de China.
Guerra y revolución
Después de la Primera Guerra Mundial los intelectuales chinos empezaron a reconsiderar su relación con Occidente. Las consecuencias devastadoras de la guerra mostraron los límites de la civilización occidental. Pensadores que defendían la cultura política occidental como el filósofo Zhang Junmai, afirmó que China debía definir su propio camino cultural y político en lugar de seguir modelos occidentales. Liang Qichao, el escritor más influyente de la reforma política de principios del siglo XX sostuvo que "Los conflictos sociales y las calamidades producidas por la civilización industrial global seguirán desplazándose y acumulándose en China como punto de encuentro final... la supervivencia o la desaparición del capitalismo mundial puede decidirse en última instancia por el resultado de la lucha de clases entre el trabajo y el capital en nuestro país", una prospectiva que conserva vigencia.
En este contexto surgió el dilema de que si era posible cambiar las reglas bárbaras del mundo moderno sin reproducirlas. China tenía que modernizarse y acumular fuerza para poder resistir a las potencias occidentales, sin embargo, era probable que en este proceso se transformara en una potencia opresora.
Autores como Lu Xun propusieron que China debía de adoptar una posición autorreflexiva y recuperar el espíritu original de bondad para que el país nunca se convirtiera en una sociedad de "patriotas bestiales". El autor Sun Yat-sen argumentaba que el nacionalismo chino tiene un "mandato celestial": trabajar con otros pueblos oprimidos para eliminar las reglas salvajes del mundo y crear una "armonía universal". La clave es no olvidar el sufrimiento propio bajo la opresión para no repetir los errores imperialistas. Ambas posturas abogaban por "volverse hacia dentro y reflexionar sobre uno mismo".
El filólogo clásico Zhang Taiyan elaboró una crítica al estado chino moderno, expuso su toxicidad y buscó formas de delimitar su poder. El agrónomo Zhang Shizhao criticó el expansionismo industrial y defendió una modernización basada en el "espíritu de la agricultura". En 1920, los movimientos de reconstrucción rural animaron la creación de pueblos en diversas provincias. Esto abrió nuevas mentalidades y se formaron nuevos debates prácticos y culturales.
En este contexto, el término de civilización en el pensamiento chino moderno abarcaba más que la estructura social interna, también era un proyecto de transformación global. La verdadera civilización requiere una "armonía universal" a escala global, donde se elimine completamente la "ley de la selva" internacional. Solo cuando el mundo en su totalidad haya alcanzado este estado de armonía, la humanidad podría entrar a la etapa de la civilización. Este ideal de civilización global se equipara explícitamente con el socialismo en sentido amplio, planteando la necesidad de un nuevo orden mundial basado en la cooperación y la justicia.
Reflexión tras los reveses
La primera etapa del pensamiento chino moderno estuvo marcada por un desarrollo sin precedentes de ideas y practicas que expresaron la esencia de la Revolución de 1911. Durante el proceso revolucionario, marcado por derrotas políticas y sociales, los intelectuales no abandonaron sus ideales, sino que transformaron cada retroceso en una oportunidad para avanzar en la comprensión de la realidad. La “reflexión tras los reveses” no implicaba solo aprender de los errores, sino encontrar en el fracaso una vía para avanzar hacia los objetivos propuestos.
El texto destaca que los pensadores de esta época tuvieron una mirada critica hacia el modelo moderno occidental, reconocieron sus logros y tomaron de él elementos útiles para enfrentar la barbarie interna de la sociedad china. Sin embargo, mantuvieron una posición reflexiva en torno a las dinámicas de dominación y opresión relacionadas a Occidente.
Hoy en día es difícil trasladar estos ideales a la realidad. El mundo contemporáneo muestra procesos de rearbarización expresados en guerras, militarización, industrias armamentísticas y la creciente desconfianza entre los pueblos. Ante este panorama bastante desolador, podemos recuperar el espíritu de los primeros pensadores chinos: la barbarie de los demás nunca debe de extinguir nuestra búsqueda de la civilización.
Wang, Tao [2013], "On Reform and Self-Strengthening", Wang Xiaoming y Zhou Zhan'an (editores), Selections of Modern Chinese Thought, Shanghái, p. 10.
Zhang, Junmai [2023], "The Crisis of European Culture and the Direction of China’s New Culture", Selections of Modern Chinese Thought, p. 406.
Liang, Qichao, "Reply to Zhang Dongsun on the Socialist Movement", Wang Xiaoming y Zhou Zhan'an (editores), Selections of Modern Chinese Thought, pp. 140-147.
Yan, Fu, "On the Urgency of World Change", Selections of Modern Chinese Thought, p. 16.
Los ideales derivados del primer pensamiento chino moderno son pertinentes en la actualidad ya que las tendencias políticas y sociales occidentales se están inclinando cada vez más al predominio del capital y del individualismo. La competencia y la mercantilización inundan cada ámbito de nuestra vida, por eso, es pertinente imaginar diversas alternativas civilizatorias que no reproduzcan la lógica del dominio del más fuerte.
Los intelectuales chinos buscaron construir una modernidad propia sin repetir el modelo bárbaro de Occidente. Su desafío fue cómo modernizarse sin adoptar la lógica depredadora del capitalismo imperial.
En la actualidad, las corporaciones trasnacionales (CTN) y los estados tienen lógicas de acumulación basadas en la dominación. Influyen directamente en la formulación de políticas públicas, en los flujos económicos e incluso en lo que significa ser ciudadano. La sociedad, por su parte, participa de este sistema consumiendo y compitiendo bajo las reglas que perpetúan la desigualdad y la destrucción ambiental.
Una civilización verdaderamente nueva solo será posible si esas relaciones se orientan hacia la justicia social y el bien común, no hacia la barbarie.
En un sentido complementario, y a la luz del comportamiento del liderazgo y la sociedad en China, es relevante cuestionar qué tanto China se ha asimilado a Occidente. Sus fuerzas armadas, sus prácticas colonialistas y su programa espacial apuntan en ese sentido.

