Idées-forces

Cita: 

Anderson, Perry [2025], "Idées-forces", New Left Review, (151): 23-40, marzo-abril, https://newleftreview.es/issues/151/articles/idees-forces-translation.pdf

Fuente: 
Otra
Fecha de publicación: 
Abril, 2025
Tema: 
Ideas, ideologías y transformaciones históricas: de la Ilustración al neoliberalismo
Idea principal: 

    Perry Anderson es un historiador y ensayista político inglés, especialista en historia intelectual. Es profesor de Historia y Sociología en la Universidad de California y editor de la revista New Left Review.


    Las convulsiones políticas asociadas a grandes transformaciones históricas abren un debate sobre el lugar que ocupan las ideas en el cambio social. La cuestión consiste en determinar si los ideales y valores funcionan como fuerzas capaces de movilizar procesos políticos o si solo expresan tensiones materiales y sociales más profundas.

    Lejos de dividir de manera clara posiciones ideológicas, la discusión atraviesa distintos sectores intelectuales. Algunos pensadores conservadores y liberales resaltan la influencia de ideas y valores morales en la historia, mientras otros autores destacan persistencia de costumbres, instintos o intereses materiales como factores que orientan la acción política.

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    Una división aparece dentro de la izquierda. Entre historiadores vinculados a esta tradición surgen posiciones opuestas respecto al papel de las ideas en la historia. Mientras Fernand Braudel muestra escasa atención hacia su influencia, R. H. Tawney manifiesta un apego marcado a ellas. Diferencias comparables aparecen entre marxistas británicos: Edward P. Thompson critica el reduccionismo económico, en contraste con Eric Hobsbawm, cuya interpretación histórica apenas concede espacio autónomo a las ideas.

    En el terreno político la oposición se vuelve más visible. Bernstein privilegia el desarrollo de procesos concretos por encima de los principios, mientras Lenin afirma que ningún movimiento revolucionario puede avanzar sin teoría. Dentro de la propia izquierda revolucionaria reaparece la misma tensión: Rosa Luxemburg destaca acción espontánea de las masas como origen del cambio histórico, mientras Gramsci subraya necesidad de hegemonía cultural y política para consolidar transformaciones duraderas.

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    La antigua oposición entre ideas y procesos materiales puede examinarse al observar la forma que adoptan las ideas en la historia. En los grandes cambios históricos suelen presentarse como ideologías sistemáticas. Göran Therborn propone una clasificación que distingue distintos tipos de ideologías para comprender su funcionamiento.

    A su vez, aquellas que alcanzan mayor influencia comparten una estructura común. T. S. Eliot sostiene que todo sistema de creencias relevante se organiza como una jerarquía conceptual: en la cima aparecen formulaciones complejas accesibles a una élite educada, mientras en niveles intermedios y populares circulan versiones más simples. Pese a esas diferencias, todas permanecen unidas por un mismo lenguaje simbólico.

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    Las religiones surgidas en la llamada era axial (800–200 a. C.), término empleado por Karl Jaspers, muestran el alcance que las ideas pueden tener en los grandes cambios históricos. Eliot presenta el cristianismo como ejemplo de un sistema de creencias que integra elaboraciones teológicas complejas con normas éticas cotidianas y creencias populares dentro de una misma fe sostenida por relatos e imágenes sagradas.

    Estos sistemas se expanden por amplias regiones durante largos periodos y sus orígenes no siempre se relacionan con transformaciones materiales equivalentes a su influencia. Mientras el cristianismo transforma gradualmente el mundo imperial y crea una institución religiosa duradera, el islam reorganiza con rapidez el mapa político del Mediterráneo y Oriente Próximo. En ambos casos la expansión religiosa ocurre sin confrontaciones ideológicas prolongadas, pues la conversión avanza por difusión cultural o por imposición política.

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    En la era moderna las ideas adquieren un papel mucho más visible en los conflictos históricos. La Reforma protestante surge como un sistema doctrinal formulado desde el inicio en los escritos de Lutero, Zwinglio y Calvino antes de convertirse en poder institucional. Su aparición se relaciona con diversas condiciones cercanas, entre ellas la corrupción del catolicismo renacentista, el fortalecimiento del sentimiento nacional, las tensiones entre los estados europeos y el Vaticano y la difusión de la imprenta.

    La reacción católica da origen a la Contrarreforma y desencadena una confrontación ideológica intensa entre ambos credos, sostenida en debates teológicos y en propaganda dirigida al público. Este enfrentamiento provoca rebeliones, guerras y conflictos civiles en Europa. Varias de las primeras revoluciones ligadas a la formación de los estados modernos estallan a partir de disputas religiosas y pasiones teológicas.

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    Las revoluciones norteamericana y francesa surgen en gran medida de tensiones materiales más que de programas ideológicos elaborados. En ninguno de los dos casos existe al inicio un sistema doctrinal capaz de motivar la ruptura con el orden colonial o monárquico. En las colonias norteamericanas el rechazo a los impuestos y a la autoridad británica impulsa la rebelión.

    En Francia, una crisis fiscal, agravada por el coste de apoyar a los insurgentes norteamericanos, conduce a la convocatoria de los Estados Generales y abre un proceso de agitación social en el campo y en las ciudades bajo la presión de malas cosechas y del encarecimiento de los cereales. El colapso del Antiguo régimen avanza impulsado sobre todo por agravios materiales.

    En el trasfondo actúa la cultura crítica de la Ilustración, un amplio repertorio de ideas que convierte la desintegración del orden establecido en la creación de un nuevo imaginario político. Los ideales nacidos de estas revoluciones permanecen como referencia duradera para la acción política.

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    Las revoluciones vinculadas con la Ilustración dejan como legado ideológico las nociones de soberanía popular y derechos civiles, concebidas como instrumentos para decidir la organización de la sociedad. Con la revolución industrial surge una cuestión más profunda: determinar qué forma debía adoptar el bienestar colectivo.

    Durante el siglo diecinueve esta pregunta da origen a proyectos opuestos de organización social. El Manifiesto comunista formula con claridad la alternativa entre capitalismo y socialismo. El socialismo desarrolla una elaboración teórica extensa y se presenta como proyecto político e histórico explícito.

    El capitalismo, en cambio, rara vez se define como ideología propia. Sus defensores recurren a principios conservadores o liberales asociados con la defensa de la propiedad privada y del orden existente. Estas corrientes tampoco mantienen una posición uniforme, pues algunos pensadores conservadores expresan hostilidad hacia el capitalismo mientras ciertos teóricos liberales consideran aceptables versiones moderadas de socialismo. En la práctica el socialismo demuestra una mayor capacidad para movilizar acción política, mientras el orden capitalista continúa apoyándose principalmente en la tradición, la costumbre y la fuerza.

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    El panorama ideológico del siglo diecinueve incluye otra fuerza distinta del capitalismo y el socialismo: el nacionalismo. En Europa demuestra una capacidad de movilización incluso mayor que el socialismo. Como doctrina ofrece pocos pensadores influyentes y una elaboración teórica débil. Esa misma pobreza conceptual le permite una gran flexibilidad política.

    El nacionalismo puede asociarse tanto con proyectos capitalistas como socialistas, dando lugar a fenómenos diversos que van desde guerras imperialistas y movimientos fascistas hasta luchas revolucionarias de liberación nacional. Su expansión global revela que el impacto político de una ideología no depende necesariamente de su profundidad intelectual.

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    El contraste más marcado entre las revoluciones del inicio del siglo XX es entre México y Rusia. En México estalla una convulsión social masiva que se prolonga durante años sin que un sistema ideológico importante la impulse o surja claramente de ella. Las acciones políticas se orientan sobre todo por demandas elementales de justicia social. En Rusia el proceso comienza también con un estallido popular provocado por el hambre y las penurias de la guerra. Una vez en el poder, Lenin y los bolcheviques disponen de una ideología política sistemática que orienta la construcción del nuevo estado, generando una tensión constante entre los orígenes materiales de la revolución y sus objetivos doctrinales.

    Otras revoluciones del mismo periodo muestran combinaciones distintas de ideas, movilización y nacionalismo. En China la revolución republicana fracasa, aunque la intensa actividad intelectual que la sostiene termina alimentando la revolución comunista posterior. En Turquía el movimiento kemalista se articula principalmente alrededor de la salvación nacional y solo después incorpora ideas diversas tras consolidar el nuevo régimen. En conjunto, estas experiencias revelan que la relación entre ideas y procesos revolucionarios varía considerablemente según el contexto histórico.

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    Los efectos de la Revolución de octubre se proyectan mucho más allá de Rusia. Marx había considerado posible que un levantamiento popular en ese país evitara el desarrollo completo del capitalismo y desencadenara una reacción revolucionaria en Europa. Sobre esa expectativa se apoya la estrategia de Lenin, quien confía en que el ejemplo soviético provoque revoluciones proletarias en sociedades industrializadas donde las condiciones materiales resultan más favorables.

    El curso histórico adopta una dirección distinta. La revolución no se expande hacia el Occidente avanzado y, en cambio, se difunde en regiones aún más atrasadas. Este desenlace parece contradecir los supuestos teóricos del marxismo, pues la ideología marxista-leninista logra impulsar transformaciones sociales en contextos donde el capitalismo apenas se ha consolidado.

    Dentro del propio marxismo surge entonces la idea de que las relaciones de producción pueden imponerse sobre las fuerzas productivas. Con el tiempo, el colapso de Unión Soviética vuelve a situar el problema en sentido contrario, ya que la mayor productividad de las sociedades capitalistas termina debilitando a los sistemas nacidos de la revolución.

    En el campo opuesto el capitalismo tampoco se presenta inicialmente como una ideología explícita. Durante la Guerra Fría el enfrentamiento adopta un nuevo lenguaje político que redefine la disputa como una confrontación entre democracia y totalitarismo. Esta formulación encuentra respaldo en las sociedades capitalistas avanzadas y adquiere resonancia en Europa del Este.

    A pesar de la importancia de la propaganda política, el resultado del conflicto se relaciona sobre todo con la superioridad material del capitalismo, cuyos niveles de consumo ejercen una fuerte atracción tanto sobre las poblaciones como sobre las élites del bloque soviético.

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    El final de la Guerra Fría inaugura una etapa distinta en la historia del capitalismo. Por primera vez el sistema se presenta abiertamente como tal y se legitima mediante una ideología que proclama el libre mercado como horizonte definitivo del desarrollo social. Esta visión constituye el núcleo del neoliberalismo, doctrina que termina dominando la política económica mundial durante varias décadas.

    Sus raíces se encuentran en la posguerra, cuando los gobiernos occidentales intentan evitar nuevas crisis como la Gran Depresión y responder a la fuerza política adquirida por los movimientos obreros tras la Segunda guerra mundial. En ese contexto se consolidan políticas destinadas a regular el ciclo económico, asegurar el empleo y ofrecer cierto grado de protección social. La gestión keynesiana de la demanda y el estado del bienestar se convierten en rasgos característicos de este orden.

    Frente a ese consenso surge una pequeña corriente crítica que denuncia la expansión del intervencionismo estatal. Friedrich von Hayek organiza esta oposición intelectual al reunir a pensadores afines en la Sociedad Mont Pèlerin. Durante años estas ideas permanecen marginales, pero la crisis económica de la década de 1970 abre el camino para su expansión. En la década siguiente gobiernos conservadores impulsan reformas inspiradas en esta doctrina, basadas en la desregulación de mercados, la privatización de servicios públicos y la reducción del papel del Estado.

    El colapso del comunismo soviético refuerza la autoridad del neoliberalismo. Durante la década de 1990 su influencia alcanza su punto más alto cuando incluso gobiernos de centroizquierda continúan aplicando políticas similares, lo que revela una hegemonía ideológica capaz de orientar también a quienes se presentan como sus adversarios.

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    Durante el mismo periodo la hegemonía neoliberal se expande mucho más allá del Atlántico Norte y alcanza prácticamente todas las regiones del mundo. Admiradores de Friedrich von Hayek o Milton Friedman ocupan posiciones clave en ministerios de finanzas y organismos económicos de numerosos países.

    Este proceso constituye una transformación global comparable, e incluso más ambiciosa, que la descrita por Karl Polanyi al analizar el surgimiento del liberalismo clásico. Mientras Polanyi observaba ese proceso con preocupación, Daniel Yergin y Joseph Stanislaw celebran en The Commanding Heights la expansión mundial de los mercados libres.

    Al mismo tiempo surge otro rasgo característico de la época: una política internacional centrada en la defensa de los derechos humanos promovida por Estados Unidos y Unión Europea. El neoliberalismo rechaza la intervención económica redistributiva, pero acepta e incluso promueve intervenciones militares en nombre de principios humanitarios.

    Las operaciones contra Iraq y la guerra en los Balcanes establecen precedentes en los que la acción militar occidental se desarrolla sin una autorización clara de Naciones Unidas y redefine de forma unilateral los límites del derecho internacional y de la soberanía estatal.

    Esta combinación entre expansión ideológica y poder militar recuerda la concepción de hegemonía formulada por Antonio Gramsci, basada en la unión entre consentimiento y coerción. El orden neoliberal se sostiene precisamente mediante esa doble lógica. Aunque enfrenta cuestionamientos recientes vinculados con crisis financieras, aumento del endeudamiento global y tensiones económicas con China, continúa careciendo de un rival ideológico coherente con alcance mundial.

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    El predominio del neoliberalismo no se explica únicamente por su dimensión económica. Debajo de esta doctrina opera una tradición intelectual anterior vinculada con el liberalismo clásico. Mientras el neoliberalismo se configura principalmente como programa económico, el liberalismo surge como un conjunto de doctrinas políticas. Su formulación inicial aparece en Francia con Benjamin Constant, François Guizot y Pierre Paul Royer-Collard, y posteriormente se amplía con Frédéric Bastiat, Alexis de Tocqueville y John Stuart Mill.

    Entre sus principios centrales destacan la defensa de la propiedad privada, las restricciones constitucionales al poder arbitrario, el gobierno representativo y la protección de las libertades individuales. Con la industrialización surge una amplia población trabajadora cuya integración en el sistema político impulsa la ampliación del sufragio y el desarrollo de las democracias liberales. En ese contexto el apoyo popular se vincula sobre todo con las libertades civiles que estos regímenes garantizan.

    Sobre este legado político se superpone el neoliberalismo que domina el campo económico en las últimas décadas del siglo XX. Su formulación resulta más estrecha y posee menor atractivo popular. De hecho, muchos de sus defensores evitan el término neoliberalismo y lo tratan como una etiqueta crítica empleada por adversarios. Esta cautela se relaciona con posiciones controvertidas de algunos de sus teóricos. Ludwig von Mises considera el fascismo un freno frente al socialismo, mientras Friedrich von Hayek sostiene que el sufragio universal puede amenazar el estado de derecho.

    Además de su formulación doctrinal, la expansión del neoliberalismo se vincula con la estructura material de la economía moderna. Sin una economía funcional ninguna institución política o cultural puede sostenerse. De allí surge la afirmación de que solo existe un sistema económico viable y, por lo tanto, ninguna alternativa real.

    Bajo esa convicción el neoliberalismo logra difundirse incluso en contextos donde el liberalismo político posee escasa presencia, como ocurre con la aplicación radical de estas políticas bajo la dictadura de Augusto Pinochet en Chile. Con el paso del tiempo esta doctrina se consolida como una de las ideologías más influyentes del mundo contemporáneo.

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    Diversos críticos cuestionan la idea de que el neoliberalismo haya transformado de forma decisiva a las sociedades avanzadas. Según esta postura, conviene evitar exagerar la influencia directa de esta doctrina. Aunque los mercados adquirieron mayor peso frente a los estados y la clase trabajadora perdió parte de su capacidad política, el gasto público continuó elevado y los sistemas de bienestar permanecieron relativamente estables. Desde esta perspectiva, cambios recientes responden más a estructuras sociales persistentes que al triunfo ideológico del neoliberalismo.

    En el terreno político también surgieron discursos que afirmaban situarse fuera de ese marco doctrinal. Bill Clinton y Tony Blair presentaron la llamada Tercera Vía como alternativa tanto al intervencionismo estatal clásico como al neoliberalismo.

    Gerhard Schröder habló de un nuevo centro político, mientras Lionel Jospin defendió una economía de mercado sin aceptar una sociedad completamente regida por el mercado. Con el paso del tiempo aparecieron múltiples fórmulas políticas que prometían renovación o moderación sin modificar el marco económico dominante.

    A pesar de estas objeciones, la estabilidad del orden neoliberal no depende únicamente de su formulación doctrinal. Ninguna ideología se sostiene por sí sola. Su permanencia requiere apoyos emocionales y prácticas materiales que refuercen su presencia social.

    En este caso, la base práctica de su hegemonía se encuentra en la centralidad del consumo privado dentro de la vida cotidiana y en el crecimiento de la especulación financiera como eje de la actividad económica. Fondos de inversión y sistemas de pensiones ampliaron la penetración de los mercados financieros en amplios sectores sociales.

    Paralelamente, el gasto estatal mantiene niveles elevados, aunque adopta formas híbridas mediante la incorporación creciente de capital privado en servicios tradicionalmente públicos. De este modo, más que imponer un programa uniforme, el neoliberalismo fija los límites dentro de los cuales se definen las políticas posibles. Incluso gobiernos con orientaciones políticas distintas operan dentro de ese mismo horizonte estructural.

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    De esta trayectoria se desprende una lección clara para la izquierda: las ideas influyen en el equilibrio de la acción política y en el rumbo del cambio histórico. Experiencias como Ilustración, marxismo y neoliberalismo muestran un mismo patrón. Cada corriente surge primero como sistema intelectual elaborado, aislado del entorno político y sin expectativas inmediatas de influencia.

    Sin embargo, cuando irrumpen crisis profundas, ese acervo teórico acumulado en los márgenes adquiere fuerza movilizadora y logra intervenir directamente en los acontecimientos. Así ocurrió en momentos decisivos como durante las décadas de 1790, 1910 y 1980.

    En el presente una sola ideología continúa dominando gran parte del mundo. Persisten resistencias, aunque todavía carecen de una formulación sistemática y firme. Por ello, una alternativa difícilmente surgirá de ajustes moderados al orden existente; más bien exige un análisis crítico e intransigente del mundo contemporáneo, capaz de confrontar tanto certezas de la derecha como conformismos del centro y complacencias dentro de la propia izquierda.

Nexo con el tema que estudiamos: 

    Si la interpretación de Anderson es correcta, es preciso impulsar nuevas culturas materiales que sirvan como soportes de las alternativas ideológicas: es en el terreno de lo material donde las ideologías capitalistas se han anclado y han resultado, al menos hasta ahora, invencibles.