Nothing in the tank. The crisis in oil markets will get bigger before it goes away
The Economist [2026], "Nothing in the tank. The crisis in oil markets will get bigger before it goes away", The Economist, London, 2 de mayo, https://www.economist.com/briefing/2026/04/30/the-crisis-in-oil-markets-...
The Economist es una publicación semanal en lengua inglesa, con sede en Londres, que aborda la actualidad de las relaciones internacionales y la economía mundiales. Publicó su primer número el 2 de septiembre de 1843 bajo la dirección de James Wilson.
El Estrecho de Ormuz ya no aparece como un riesgo extremo, sino como una ruptura concreta del comercio petrolero. La apuesta dominante era simple: Irán no cerraría una ruta que también sostiene su economía, abastece a sus clientes asiáticos y condiciona la relación con sus vecinos del Golfo. Esa confianza dependía además de una segunda ilusión: que Estados Unidos podría restablecer el paso con rapidez. La guerra refutó ambas certezas (dato crucial 1).
En las economías ricas, el encarecimiento de combustibles y vuelos todavía no altera de fondo la vida diaria, mientras las bolsas siguen fuertes y los pronósticos apenas se ajustan. Esa calma no resuelve la escasez, solo la posterga. Cuando un suministro bloqueado no encuentra salida alternativa, el mercado puede tardar en reaccionar, pero no puede fingir equilibrio indefinidamente.
Cálculos petroleros
El mercado petrolero enfrenta una problema más importante de lo que sugieren los precios. El cierre de Ormuz no solo bloquea una ruta marítima, también encierra parte de la capacidad que normalmente amortigua las crisis. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos ya no pueden compensar con facilidad la escasez de combustibles porque su margen de producción queda detrás del bloqueo. Estados Unidos tampoco responde de inmediato: el petróleo de esquisto requiere tiempo, y su infraestructura de transporte, almacenamiento y exportación ya opera al límite. Rusia aparece como apoyo posible, pero su propia infraestructura petrolera sufre ataques y apenas sostiene su producción actual (datos cruciales 2 y 3).
Por eso, el ajuste real cae sobre inventarios y consumo. Medir esa presión resulta difícil porque el crudo se rastrea con más claridad que los productos refinados, dispersos entre proveedores y consumidores. Aun así, la escasez ya pega donde más duele: combustibles terminados, transporte aéreo, petroquímica asiática y regiones dependientes del Golfo (dato crucial 4). La calma actual depende de petróleo en tránsito, reservas estratégicas y existencias comerciales. Esa mezcla compra tiempo, no resuelve el déficit. Si Ormuz sigue cerrado, los inventarios dejarán de funcionar como colchón y el precio tendrá que golpear más la demanda.
Sube la presión
La crisis ya pasó de los mapas petroleros a la logística diaria del combustible. África oriental queda en una posición crítica porque su abastecimiento depende de entregas constantes y de márgenes casi inexistentes. En ese escenario, cualquier retraso deja de ser un problema técnico y se convierte en presión inmediata sobre transporte, comercios y hogares. Los países de Asia también están siendo afectados por el cierre del Estrecho de Ormuz (dato crucial 5).
América Latina parece menos expuesta por su producción de crudo, pero esa lectura es incompleta. La región no transforma suficiente petróleo en combustibles listos para consumo, de modo que sigue atada a importaciones que pueden desviarse hacia compradores con mayor capacidad de pago. Europa enfrenta otra fragilidad: consigue crudo, pero no produce los combustibles que más necesita. Sus gobiernos intentan amortiguar el golpe con subsidios y recortes fiscales, aunque esa protección solo sostiene el consumo por más tiempo y puede volver más duro el ajuste final.
No se siente bien
Sin una salida diplomática excepcional, el choque petrolero pasará de tensión financiera a restricción material. Neil Crosby, de Sparta Commodities, firma de datos sobre materias primas, advierte que en algún punto, el sistema cederá. El primer golpe recaerá sobre los combustibles refinados, porque sus reservas son más estrechas. Después vendrá la presión sobre el crudo, ya que las refinerías buscarán más materia prima para aprovechar precios elevados.
Gobiernos de distintas regiones ya reducen consumo y protegen suministros internos. Algunas autoridades impulsan trabajo remoto, descanso administrativo, transporte público y límites a comercios. Otras restringen exportaciones de combustibles refinados: China, Corea del Sur e India intentan conservar queroseno, diésel y otros productos para sus mercados. Esa defensa nacional contiene el daño interno, pero empeora la escasez de países dependientes de importaciones, como Australia y Nueva Zelanda (dato crucial 6).
También crece la búsqueda de sustitutos. Argentina mezcla más etanol con gasolina, Indonesia aumenta el uso de aceite de palma en diésel y varios gobiernos amplían apoyos a vehículos eléctricos. Europa, mientras tanto, reactiva herramientas legales creadas tras antiguos choques petroleros para intervenir distribución, coordinar refinerías, proteger servicios esenciales y evitar que una falta de combustible paralice alimentos, emergencias o transporte. Incluso con Ormuz abierto, la recuperación sería lenta: minas, aseguradoras, navieras, buques, refinerías y distribuidores tendrían que volver a operar con confianza. El racionamiento llegará por precios altos o por escasez directa (datos cruciales 7 a 12).
1) Por el Estrecho de Ormuz pasa casi una quinta parte del petróleo mundial. Tras dos meses de bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán, el tránsito sigue casi en cero. El crudo Brent, referencia internacional del precio del petróleo, supera los 120 dólares por barril, aunque queda por debajo del rango de 150 a 200 dólares previsto en marzo. En 2022, el petróleo llegó a 129 dólares cuando quedaron afectados 3 millones de barriles diarios rusos, equivalentes a 3% de la oferta mundial. El cierre del Estrecho de Ormuz retira del mercado casi cinco veces ese volumen cada día y aun una reapertura inmediata dejaría perdido cerca de 3% de la producción anual mundial.
2) Antes del cierre, el Estrecho de Ormuz funcionaba como una arteria petrolera central: entre marzo y abril del año anterior circularon por esa ruta 18.3 millones de barriles diarios de crudo y productos refinados. Al descontar el pequeño flujo que todavía pasa y el petróleo enviado por dos tuberías alternas, una en Emiratos Árabes Unidos y otra en Arabia Saudita, el déficit baja a unos 13 millones de barriles diarios. Después de sumar 2 millones de barriles diarios de crecimiento fuera del Golfo y restar 1.3 millones esperados desde países del Golfo, el faltante neto queda en 12.3 millones de barriles diarios, más de 10% del consumo mundial (véase gráfica 1).

3) Fuera de Ormuz, la nueva producción no alcanza para cubrir la interrupción. El petróleo de esquisto de Estados Unidos necesita de 3 a 6 meses para aumentar su extracción y solo aportaría entre 300 000 y 700 000 barriles diarios al inicio. Rusia podría sumar 300 000 barriles diarios en teoría, pero los ataques de drones ucranianos contra su infraestructura petrolera dificultan incluso mantener su producción actual.
4) La presión más visible cae sobre los combustibles refinados, no solo sobre el crudo. La diferencia de precio entre el petróleo sin procesar y productos como diésel y combustible de aviación subió de 15 a 20 dólares por barril antes de la guerra a 50 u 80 dólares por barril. En Singapur, principal centro comercial energético de Asia, ambos combustibles cuestan el doble que dos meses atrás, y en Europa el encarecimiento resulta todavía mayor (véase gráfica 2).

5) Países asiáticos ya pagan el costo directo del choque petrolero. Desde el inicio de la guerra, la gasolina se duplicó en Myanmar, aumentó 52% en Pakistán, 50% en Filipinas y 40% en Nepal. Expertos consultados por The Economist calculan que la demanda de crudo y productos petroleros quedó entre 3 y 5 millones de barriles diarios por debajo de lo previsto en abril, lo que muestra una reducción forzada del consumo por precios altos y escasez.
6) La caída del consumo no se reparte de manera uniforme entre los países. Medio Oriente concentra entre 10% y 15% de la reducción, con la actividad económica dañada por la guerra y el tráfico aéreo regional reducido en dos tercios. Asia explica más de la mitad del ajuste porque la escasez de nafta, producto petrolero usado para fabricar plásticos y abastecido casi por completo desde el Golfo, obliga a plantas petroquímicas a operar entre 60% y 75% de su capacidad, con algunos cierres totales.
7) Inventarios y petróleo en tránsito sostienen una calma que no puede durar. Si la destrucción de demanda llega a 4 millones de barriles diarios, el mundo drena existencias hasta por 8 millones de barriles diarios. Morgan Stanley calcula que el petróleo flotante, es decir, cargamentos ya ubicados en buques antes de la guerra, aporta más de 3 millones de barriles diarios desde inicios de marzo, pero ese colchón se agota porque no sustituye a las exportaciones regulares.
8) Reservas estatales de países ricos también compran tiempo, aunque no corrigen el déficit. El 11 de marzo, los 32 miembros de la Agencia Internacional de Energía (AIE), organismo que agrupa a grandes consumidores de petróleo, acordaron vender 400 millones de barriles de reservas de emergencia. Esa liberación equivale a un tercio de sus reservas totales, con 100 millones de barriles ya colocados en el mercado y otros 75 millones posibles entre mayo y junio.
9) Inventarios comerciales cubren el faltante que las reservas oficiales y el petróleo en tránsito no alcanzan a tapar. El déficit restante ronda los 5 millones de barriles diarios, y Frédéric Lasserre, de Gunvor, empresa comercializadora de materias primas, calcula que los productos refinados explicaron casi la mitad de ese drenaje en abril. La comparación es dura: durante la recuperación posterior al COVID, las salidas de inventarios de crudo y productos nunca superaron 2.5 millones de barriles diarios por más de un mes.
10) Una prolongación del cierre de Ormuz llevaría los inventarios comerciales a un ritmo insostenible. Esas existencias tendrían que cubrir entre 6 y 8 millones de barriles diarios, nivel que el mercado no puede sostener sin escasez abierta. Amrita Sen, de Energy Aspects, consultora energética, advierte que los inventarios no sustituyen flujos permanentes, mientras Frédéric Lasserre, representante de Gunvor, una empresa comercializadora de materias primas, prevé faltantes en la mayoría de las regiones dentro de 4 a 8 semanas. La señal más agresiva aparece en el diésel: algunos cargamentos ya se venden a 600 dólares por barril, frente a 300 dólares una semana antes.
11) Asia, sin contar a China por sus reservas amplias, ya registra una caída severa de inventarios petroleros. Kayrros, firma que rastrea existencias mediante satélites, calcula que las reservas asiáticas de crudo bajaron 13% y quedaron en 545 millones de barriles. La falta de crudo del Golfo, insumo preferido por las refinerías asiáticas, obligó a recortar el procesamiento en 3.5 millones de barriles diarios, equivalentes al 12% de su actividad.
12) Estados Unidos ya enfrenta un encarecimiento directo de la gasolina. El precio promedio subió a 4.20 dólares por galón, frente a menos de 3 dólares antes de marzo. La Costa Este depende de flujos desde refinerías del Golfo de México y de importaciones europeas, mientras la Costa Oeste depende en parte de Asia y Medio Oriente. Si Ormuz sigue cerrado tres o cuatro semanas más, operadores prevén precios de 5 dólares por galón o más, nivel visto en 2022 durante la presidencia de Joe Biden.
13) El ajuste más severo ya cae sobre el acceso diario al combustible. Indonesia limita las compras a 50 litros diarios y Sri Lanka a 15 litros diarios. Myanmar permite adquirir gasolina solo cada dos días, mientras Camboya cerró un tercio de sus gasolineras. En Europa, Países Bajos activó la primera fase de su plan de crisis petrolera, y Eslovaquia y Eslovenia también limitaron compras de combustible.
-
La decisión iraní, y la reacción estadounidense, repercuten fuertemente en los mercados globales del petróleo y el gas. La sustitución de los flujos paralizados por el conflicto bélico recae en los inventarios y reservas, poniendo en riesgo la continuidad de las actividades económicas en caso de un agravamiento militar en esa región. El cierre del Estrecho de Ormuz subraya tanto la importancia de la energía como núcleo de la acumulación de capital, como la fragilidad y dependencia sistémicas respecto del abasto de combustibles fósiles. Las existencias resistirán meses de conflicto, pero más allá, la falta de combustibles repercutirá de forma intensa en el crecimiento económico y en las ganancias de las corporaciones del sector energético.

