La revolución del esquisto, el imperialismo energético de EUA y la dependencia de México

Cita: 

Crossa, Mateo [2026], "La revolución del esquisto, el imperialismo energético de EUA y la dependencia de México", La Alianza Global Jus Semper, abril, https://jussemper.org/Inicio/Recursos/Info.%20econ/Resources/MateoCrossa...

Fuente: 
Otra
Fecha de publicación: 
2026
Tema: 
Cuestionamientos en torno a la explotación de combustibles no convencionales ¿posibilidad o mito para favorecer a las corporaciones?
Idea principal: 

    Mateo Crossa es profesor investigador del Instituto Mora en Ciudad de México.


    El poder imperial de Estados Unidos encontró en los combustibles fósiles una base material para proyectar dominio geopolítico y acumulación monopolística. Su ascenso petrolero articuló industria, capitalismo fósil y expansión global mediante el cártel de las Siete Hermanas: Standard Oil of New Jersey (Exxon), Gulf Oil, Texaco, British Petroleum (BP), Shell, Mobil y Chevron. Con el desgaste de sus reservas nacionales, Washington sustituyó la supremacía extractiva por el control de los flujos mundiales de petróleo, apoyado en intervenciones militares, cambios de régimen y presión económica sobre zonas petroleras de Oriente Medio y el Sur Global.

    Desde el siglo XXI, la extracción de gas natural mediante fractura hidráulica, también llamada fracking, devolvió a Estados Unidos capacidad exportadora y margen de presión energética. Ese repunte fortaleció su autosuficiencia, creó dependencias regionales y ajustó alianzas a los intereses de Washington (dato crucial 1).

    México encarna esa reconfiguración con especial crudeza: su antiguo proyecto posrevolucionario de soberanía energética cedió ante una integración desigual al régimen fósil estadounidense, como importador de gas natural y ruta estratégica hacia Asia desde el Pacífico. La tecnología extractiva no funciona como simple innovación productiva, sino como herramienta de monopolio, disciplina regional y pérdida de autonomía frente a un imperio todavía poderoso, aunque cada vez más erosionado.

    La revolución del esquisto y el imperialismo de EUA

    Cuando el antiguo predominio petrolero de Estados Unidos comenzó a debilitarse, su imperialismo energético no desapareció, solo cambió de forma. Marion King Hubbert, geofísico estadounidense, anticipó el declive de la producción nacional, y las crisis petroleras confirmaron la dependencia creciente del crudo externo. Frente a esa pérdida, Washington recurrió a una política más agresiva sobre regiones petroleras, basada en coerción militar, presión económica e intervenciones como la invasión de Irak, usada para asegurar acceso y control sobre recursos fósiles.

    Detrás del giro energético posterior apareció el fracking, técnica usada para extraer gas y petróleo atrapados en rocas subterráneas. El esquisto es una de esas rocas: contiene hidrocarburos difíciles de obtener con métodos convencionales. George P. Mitchell, petrolero y geólogo texano, volvió rentable esa extracción al combinar fracking con perforación horizontal en zonas como Barnett Shale, formación de esquisto ubicada en Texas. Después, Barack Obama, presidente de Estados Unidos, impulsó la expansión con flexibilidad normativa y respaldo político bajo un lenguaje de transición limpia. La fórmula era tramposa: no reducía la dependencia fósil, sino que maquillaba una ofensiva extractiva con discurso ambiental.

    Formaciones como Bakken, ubicada entre Dakota del Norte y Montana, y Marcellus Shale, situada en el este de Estados Unidos, convirtieron el fracking en carrera nacional. Ese giro reposicionó al país como potencia productora, aunque la clave imperial no quedó en el petróleo, sino en el gas natural. La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), organismo que coordina decisiones petroleras entre países productores, todavía limita el margen estadounidense en el mercado petrolero. El gas natural ofrece una ventaja más útil para Washington: sus redes regionales y fragmentadas permiten dominar rutas, precios y dependencias con mayor eficacia (datos cruciales 2 y 3).

    Presentado como recuperación económica, el fracking también cargó una factura ecológica brutal. Ben Bernanke, expresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, lo valoró como un impulso decisivo tras la Gran Recesión, pero esa lectura borra el daño territorial. El modelo consume agua en exceso, contamina acuíferos, libera metano y golpea territorios donde pueblos autóctonos resisten la devastación, como Beaver Lake Cree, en Alberta, y Tsleil-Waututh, en Columbia Británica.

    Bajo la etiqueta de "energía limpia", el gas obtenido por fracking encubre una expansión fósil con daños ambientales severos. American Petroleum Institute, organización de cabildeo de la industria petrolera estadounidense, empuja esa imagen para reducir controles y proteger negocios.

    Frente a esa maquinaria, la tribu sioux de Standing Rock, pueblo indígena de Dakota del Norte, resiste el oleoducto Dakota Access como símbolo de una infraestructura que impone costos ecológicos a territorios concretos. BP, petrolera británica, y TotalEnergies, empresa francesa, siguen la misma ruta: cambiar la marca para parecer parte de una transición sin romper con el petróleo y el gas.

    La extracción en esquisto, roca subterránea donde quedan atrapados hidrocarburos difíciles de obtener, pasó de un mercado con operadores independientes a una estructura dominada por grandes corporaciones. ExxonMobil y Chevron, petroleras estadounidenses, avanzaron sobre reservas estratégicas, mientras Shell, empresa energética multinacional de origen británico-neerlandés, BP y EQT, compañía gasífera estadounidense, consolidan un sector cada vez menos competitivo. La concentración no solo ocurre en los pozos, también en la propiedad (dato crucial 4).

    Vanguard, BlackRock y State Street, fondos de gestión de activos, aparecen como actores centrales detrás de ExxonMobil, Chevron y ConocoPhillips. Adam Hanieh, académico citado en el apartado, permite ubicar el núcleo del problema: la economía del carbono beneficia a petroleras y a grupos financieros que controlan inversión, producción, transporte y mercados (dato crucial 5).

    Con la guerra en Ucrania, Estados Unidos convirtió la ruptura del suministro ruso a Europa en una ventaja geopolítica. Cheniere Energy, Sempra, TotalEnergies y ExxonMobil operan la infraestructura exportadora, mientras Ben Dietderich, portavoz del Departamento de energía de Estados Unidos, resume la línea de Donald Trump: abrir mercados y asegurar reglas favorables para vender más gas estadounidense (datos cruciales 6 a 8).

    México: el Lebensraum [espacio vital] energético de EUA

    México funciona como espacio vital energético de Estados Unidos: compra excedentes, sostiene su mercado regional y ofrece territorio para ampliar su alcance hacia Asia. Esa posición rompe con el viejo proyecto de soberanía petrolera asociado a Lázaro Cárdenas, presidente mexicano que colocó los hidrocarburos bajo control estatal mediante Petróleos Mexicanos (PEMEX). El giro neoliberal desmontó ese esquema, abrió la energía al capital privado y extranjero, y dejó al país bajo presión del Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá (datos cruciales 9 y 10).

    La dependencia aparece con mayor crudeza en el gas natural. Gasoductos transfronterizos integran la demanda mexicana con la producción estadounidense, mientras IEnova-Sempra Energy, empresa estadounidense, y TC Energy, empresa canadiense antes llamada TransCanada, controlan infraestructura clave con respaldo de BlackRock y Vanguard, fondos financieros de gran escala. CFEnergía, filial de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), queda en un lugar secundario, y Carso Infraestructura y Construcción, empresa de Carlos Slim, confirma que la élite nacional también participa en el negocio.

    Ese sistema energético no sirve solo al consumo interno. Alimenta una estructura maquiladora orientada a la exportación, basada en corporaciones transnacionales, salarios bajos y producción subordinada al mercado estadounidense (dato crucial 11). El Corredor transístmico y el Tren maya profundizan esa lógica al buscar inversión extranjera para el sur y sureste, regiones que recibirán gas texano mediante el gasoducto Puerta al Sureste.

    Sonora ocupa el lugar más estratégico dentro de esta subordinación. El Plan Sonora se presenta como proyecto sostenible, pero opera como plataforma para mover gas natural licuado estadounidense hacia Asia. LNG Alliance, empresa con sede en Houston, y Mexico Pacific Limited, compañía estadounidense sin propiedad mexicana pese a su nombre, muestran el fondo del esquema: México aporta territorio, costas e infraestructura para que Estados Unidos expanda su poder energético global (datos cruciales 12 a 14).

    Trump y los ecos del imperialismo basado en los combustibles fósiles

    Ante la disputa mundial por energía, recursos naturales, fuerza de trabajo, inteligencia artificial y rentas tecnológicas, el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos adquiere un sentido imperial. China ocupa el lugar de rival directo porque avanza en electrificación, redes eléctricas, minerales críticos y tecnologías limpias. Make America Great Again (MAGA) funciona como consigna de recomposición para una potencia que busca sostener su supremacía en medio de un desgaste global cada vez más visible.

    Alrededor de esa ofensiva convergen corporaciones tecnológicas, financieras, militares y fósiles. Paul M. Sweezy, economista marxista estadounidense, ayuda a entender esa alianza como una clase dominante autoritaria, antidemocrática e imperialista. Ningún cambio productivo opera sin una base energética: el carbón sostuvo el ascenso británico, el petróleo consolidó el capitalismo monopolista estadounidense y la electricidad alimenta la fase digital actual. Las advertencias de Elon Musk, empresario tecnológico de Silicon Valley, sobre una posible escasez eléctrica funcionan como presión política para reforzar el control privado sobre redes, infraestructura y suministro.

    Reducir petróleo y gas significaría ceder terreno frente a China, por eso el trumpismo bloquea una transición energética real. El Nuevo Acuerdo Verde, propuesta económica y ecológica, queda fuera de una agenda centrada en extracción, exportación y dominio geopolítico.

    Elmar Altvater, Adam Hanieh y John Bellamy Foster, académicos marxistas citados en el apartado, ubican el punto central: los combustibles fósiles sostienen ganancias rápidas, producción a gran escala, control territorial y poder monopolístico. Romper con ese modelo no solo cambia una fuente de energía, también golpea la maquinaria que organiza el capital fósil. "Drill, Baby, Drill", consigna que exige ampliar la perforación petrolera y gasífera, resume la ofensiva extractiva de Trump: asegurar reservas, controlar rutas energéticas y crear compradores dependientes del gas estadounidense.

    Las provocaciones sobre el Golfo de México, Canadá y Groenlandia, junto con la presión sobre Venezuela, México, Europa, Japón, Corea del Sur y Taiwán, responden a una misma lógica: imponer el uso del gas estadounidense mediante amenazas arancelarias, chantaje económico y militarización. México queda como comprador subordinado, plataforma para enviar gas hacia Asia y posible territorio de expansión del fracking. La promesa de grandeza nacional encubre una agenda más cruda: prolongar el imperialismo fósil aunque aumente dependencia, conflictos y destrucción ecológica.

Datos cruciales: 

    1) En la producción nacional de gas natural de Estados Unidos, el fracking pasó de 2% en 2000 a 78% en 2023. Ese salto muestra que el gas extraído de esquisto dejó de ocupar un lugar marginal y pasó al centro del régimen energético estadounidense.

    2) Dentro del sector gasífero estadounidense, la producción subió de 652 mil millones de metros cúbicos en 2010 a 1 100 miles de millones de metros cúbicos en 2022. Ese crecimiento dependió casi por completo de la extracción de gas atrapado en formaciones de esquisto mediante fracking.

    3) Frente al mercado petrolero internacional, el petróleo de esquisto de Estados Unidos enfrenta una desventaja fuerte: cuesta cerca de 73 dólares por barril, mientras países productores como Arabia Saudí producen alrededor de 3 dólares por barril. Esa diferencia limita el control de Washington sobre el mercado mundial del petróleo.

    4) Desde julio de 2023, ExxonMobil, Chevron y otros gigantes energéticos anunciaron acuerdos vinculados al esquisto por 194 mil millones de dólares en Estados Unidos. Ese monto muestra que el sector dejó atrás la dispersión empresarial y entró en una fase de concentración monopolística alrededor de grandes corporaciones fósiles.

    5) Entre 60% y 80% de la propiedad de ExxonMobil, Chevron y ConocoPhillips pertenece a capital financiero. Vanguard, BlackRock y State Street ocupan posiciones centrales como accionistas, de modo que la ganancia fósil no depende solo de petroleras, sino también de fondos de gestión de activos y bancos de inversión.

    6) En 2023, Estados Unidos consumió entre 80 y 83 mil millones de pies cúbicos diarios de gas natural, mientras produjo 100.5 mil millones de pies cúbicos diarios. Ese margen permitió que sus exportaciones crecieran de 0.2 mil millones de pies cúbicos diarios en 1990 a 19 mil millones en 2022, divididos en 11 mil millones como gas natural licuado y 9 mil millones enviados por gasoductos.

    7) Sabine Pass, terminal de gas natural licuado ubicada en Luisiana, abrió en 2016 con capacidad de 4.5 mil millones de pies cúbicos diarios. Cameron, también en Luisiana, abrió en 2019 con 2.2 mil millones, mientras Corpus Christi, ubicada en el Golfo de México, inició en 2019 con 1.8 mil millones. Desde 2013, Estados Unidos aprobó 23 puertos de licuefacción de gas natural, casi todos en Texas, Luisiana y Florida, salvo uno en Oregón.

    8) Tras la interrupción del suministro ruso, Europa elevó sus compras de gas natural licuado estadounidense de 2.2 mil millones de pies cúbicos diarios a finales de 2021 a 6.3 mil millones en 2024. En el mismo periodo, la participación de Estados Unidos dentro de las importaciones europeas de ese combustible subió de 22% a 45%, lo que consolidó una dependencia energética más profunda.

    9) En el comercio petrolero bilateral, México importó 30 mil millones de dólares en petróleo refinado estadounidense en 2023. Ese monto representó 28% de los 107 mil millones de dólares exportados por Estados Unidos en ese rubro, mientras 60.9% de los productos energéticos refinados consumidos en México procedieron de Estados Unidos.

    10) Respecto al gas natural, las importaciones mexicanas desde Estados Unidos pasaron de 1 mil millones de pies cúbicos diarios en 2008 a 6.4 mil millones en 2024. México absorbió casi 31% de las exportaciones estadounidenses de gas natural, importó 70% del gas que consumió y 96% de ese gas importado procedió de Estados Unidos.

    11) En la estructura maquiladora mexicana, casi 3 millones de trabajadores laboran en plantas de manufactura operadas por corporaciones multinacionales, y esa producción representa casi 60% de las exportaciones totales de México. Ese modelo requiere energía barata y estable para sostener la producción orientada principalmente hacia Estados Unidos.

    12) Dentro del sector industrial mexicano, el gas natural representa 34% del consumo energético y la electricidad 39%. A escala nacional, 59% de la electricidad producida proviene del gas natural, mientras 57% de la electricidad generada se consume en la industria, lo que ata manufactura exportadora y dependencia gasífera.

    13) Para enviar gas estadounidense hacia Asia, la ruta desde Texas por el Golfo de México y el Canal de Panamá añade 5000 millas náuticas, mientras el traslado hacia Sonora requiere 700 millas. En Guaymas, LNG Alliance proyecta una planta de 2.1 mil millones de dólares, y en Puerto Libertad, Mexico Pacific Limited gestiona Saguaro Energía junto con el gasoducto Sierra Madre.

    14) El Proyecto Alaska de Gas Natural Licuado (Alaska LNG, por sus siglas en inglés) busca extraer gas natural del norte de Alaska, moverlo por un gasoducto de 800 millas y exportarlo desde una terminal ubicada en la costa sur. La orden ejecutiva firmada el 20 de enero de 2025 priorizó permisos y aprobaciones para esa infraestructura, con el objetivo de convertir Alaska en un punto estratégico de exportación energética.

Nexo con el tema que estudiamos: 
    La constante de la integración México - Estados Unidos es la energía. En las relaciones actuales, la dependencia de México se profundiza, dado que no solo entrega gran parte de su petróleo crudo y lo compra convertido en refinados, si no que ahora también compra grandes cantidades de gas. Son este tipo de relaciones que tejen los entramados de intereses económicos y políticos, dando solidez a las relaciones entre ambos países. Para México, el tránsito hacia otras fuentes de energía no pasa solo por el desarrollo de la infraestructura de energías renovables, sino por la necesidad de romper con esa dependencia que atraviesa incluso al gigante petrolero del país y muchas de las corporaciones que prosperan gracias a la riqueza petrolera.