La trampa de Tucídides y el declive del imperialismo estadounidense

Cita: 

Roberts, Michael [2026], "La trampa de Tucídides y el declive del imperialismo estadounidense", sin permiso, 19 de mayo, https://sinpermiso.info/textos/la-trampa-de-tucidides-y-el-declive-del-i...

Fuente: 
Otra
Fecha de publicación: 
Martes, Mayo 19, 2026
Tema: 
Estados Unidos y China: La trampa de Tucídides contemporánea
Idea principal: 

    Michael Roberts es un economista marxista británico que tiene 30 años de trabajo en la City londinense como analista económico, es colaborador de la revista Sin Permiso y publica en el blog The Next Recession.


    La trampa de Tucídides no es una ley histórica, sino una metáfora política sobre el riesgo de guerra cuando una potencia dominante entra en declive o teme perder su hegemonía frente al ascenso de otra potencia. Su antecedente está en la guerra del Peloponeso, conflicto entre Atenas y Esparta en la antigua Grecia. Atenas creció como poder marítimo, comercial y militar, mientras Esparta conservaba su posición como potencia terrestre consolidada. Según esta interpretación, el ascenso ateniense despertó temor en Esparta porque amenazaba el equilibrio de poder existente. La guerra no terminó con el reemplazo de Esparta por Atenas, sino con la derrota de la potencia emergente: Atenas perdió después de una expansión militar fallida en Sicilia, impulsada por la arrogancia de sus dirigentes, y Esparta conservó su lugar como potencia vencedora.

    Herman Wouk, novelista estadounidense y veterano de la Segunda guerra mundial, retomó esa comparación en 1980 para pensar la rivalidad entre Estados Unidos y Unión Soviética durante la Guerra Fría. Después, Graham Allison, politólogo estadounidense, la popularizó en 2015 al aplicarla a la tensión entre Estados Unidos y China. Para Allison, China ocupa el lugar de potencia emergente y Estados Unidos el de potencia dominante que teme perder hegemonía. La “trampa” aparece cuando ese miedo transforma la competencia económica, tecnológica y militar en una confrontación directa.

    En ese marco, Xi Jinping habló sobre la trampa de Tucídides durante la visita de Donald Trump a China para advertir que una guerra entre Estados Unidos y China sería un error estratégico. La referencia buscó disuadir a Washington de trasladar la rivalidad económica y política al terreno militar, sobre todo por la defensa de Taiwán. Aun así, la comparación tiene límites, ya que una guerra entre Estados Unidos y China implicaría armas nucleares y un riesgo de destrucción mutua que no existía entre Atenas y Esparta.

    Por otro lado, la trampa de Tucídides resulta insuficiente para explicar la rivalidad global del siglo XXI, porque reduce el conflicto al miedo de una potencia dominante frente al ascenso de otra. Una comparación más precisa aparece en las Guerras Púnicas, serie de conflictos entre Roma y Cartago ocurridos entre 264 y 146 antes de Cristo. Roma era una república militar en expansión que buscaba controlar el Mediterráneo, mientras Cartago, ciudad-estado del norte de África con gran poder comercial y naval, representaba el principal obstáculo para esa hegemonía.

    Sicilia, isla ubicada entre la península itálica y el norte de África, se volvió el primer punto decisivo porque permitía controlar rutas marítimas y ampliar la influencia regional. Roma invadió la isla, desplazó a Cartago tras décadas de guerra y después enfrentó nuevos conflictos, incluida la ofensiva de Aníbal, jefe militar cartaginés que llevó la guerra hasta territorio romano. La derrota final de Cartago dejó a Roma como potencia dominante del Mediterráneo, pero esa victoria también profundizó sus tensiones internas, ya que la expansión militar aumentó la dependencia del trabajo esclavo, debilitó la vida política republicana y abrió paso a gobiernos cada vez más autoritarios.

    Esa analogía encaja mejor con Estados Unidos, que durante el siglo XX enfrentó a Unión Soviética como único rival estratégico y quedó como potencia dominante tras el colapso soviético de comienzos de la década de 1990. Desde entonces, su poder no cayó de inmediato, pero empezó a desgastarse por problemas económicos internos. Un signo de ese deterioro es que los extranjeros poseen más activos en Estados Unidos que los activos extranjeros en manos de inversionistas estadounidenses. Esa situación refleja la menor capacidad de la industria estadounidense para competir en los mercados mundiales, mientras China se consolidó como potencia manufacturera y comercial, en parte por la instalación de corporaciones transnacionales estadounidenses en su territorio.

    Donald Trump respondió al déficit comercial con aranceles y medidas proteccionistas, pero esas políticas no redujeron de forma decisiva la dependencia de capital extranjero. Aun así, Estados Unidos conserva una ventaja central: el dólar sigue como moneda internacional para comercio, inversión y reservas, lo que empuja a países con superávit, como Alemania, Japón y China, a comprar activos en dólares (dato crucial 1). Ese privilegio mantiene en pie al poder estadounidense, aunque no elimina su desgaste. Por eso, una guerra con China podría surgir de la desesperación de Washington, pero Pekín evita darle una excusa para una confrontación abierta.

Datos cruciales: 

    1) Desde 2008, Estados Unidos conserva una ventaja financiera pese a su deterioro externo: gana más con sus inversiones en otros países que lo que los inversionistas extranjeros ganan con sus activos dentro de Estados Unidos. Ese saldo positivo equivale al menos a 0.5% de su producto interno bruto (PIB), aunque el país ya debe más al resto del mundo de lo que posee fuera de su territorio. Esto muestra que el poder financiero estadounidense todavía se sostiene por la rentabilidad de sus inversiones externas, no por una posición económica sana frente al exterior.

Nexo con el tema que estudiamos: 
    Mientras el conflicto sino-estadounidense se acentúa, las comparaciones históricas resultan ilustrativas de las dificultades que existen para las opciones que buscan evitar un conflicto abierto entre esas potencias. El error fundamental es excluir del análisis el alto grado de automatismo que caracteriza al capitalismo del siglo XXI, que hace de la posible conflagración una tendencia dominante y no una simple elección histórica. De una u otra forma, el conflicto abierto por la posición hegemónica e incluso por recursos estratégicos está teniendo lugar y quedan pocas posibilidades de evitar que esos enfrentamientos deriven en una guerra total.