Los errores capitales de una izquierda sin futuro

Cita: 

Guastella, Dustin [2026], "Los errores capitales de una izquierda sin futuro", Jacobin, 18 de junio, https://jacobinlat.com/2025/06/los-errores-capitales-de-una-izquierda-si...

Fuente: 
Otra
Fecha de publicación: 
Jueves, Junio 18, 2026
Tema: 
El fin de la expectativa: fatalismo, inmediatez y pérdida de fe en el futuro
Idea principal: 

    Dustin Guastella es investigador asociado del Centro de Política de la Clase Trabajadora y director de operaciones del sindicato Teamsters Local 623 en Filadelfia, Pensilvania.


    El auge del antinatalismo, especialmente en algunos sectores de la izquierda, refleja una crisis más profunda: la pérdida de confianza en el futuro. Esta corriente sostiene que tener hijos puede ser moralmente incorrecto y, en sus versiones más extremas, defiende incluso la desaparición voluntaria de la humanidad como forma de eliminar el sufrimiento. Aunque el antinatalismo no pertenece exclusivamente a una ideología política, ciertos autores de izquierda lo vinculan con la libertad individual, el rechazo a las obligaciones familiares y la crítica a una sociedad percibida como inviable. Otros lo justifican mediante argumentos ambientales, al considerar que reducir la población disminuiría el impacto humano sobre el planeta.

    También influye la polarización política. Frente al pronatalismo impulsado por sectores conservadores, parte de la izquierda adopta posiciones opuestas casi por reacción. El resultado es una visión en la que formar una familia deja de representar continuidad y pasa a verse como carga, renuncia o daño potencial.

    Atrapados en el presente

    Parte de la izquierda contemporánea construye su identidad alrededor de aquello que rechaza: antirracismo, antifascismo, anticapitalismo o rechazo al sistema penitenciario. Aunque estas causas buscan transformar la sociedad, su lógica reactiva contrasta con la antigua socialdemocracia, que defendía una visión más concreta y optimista del futuro.

    La visión pesimista también aparece en discursos sobre la crisis climática, el autoritarismo y un posible colapso social. Naomi Klein y Astra Taylor presentan el porvenir en términos casi apocalípticos, mientras crece entre sectores progresistas el interés por los preppers, personas que se preparan para afrontar grandes crisis. La política deja así de orientarse hacia la construcción de un futuro mejor y se concentra cada vez más en resistir el deterioro esperado.

    Adam Tooze, historiador económico, resume el problema como una inversión política: la derecha vinculada con Donald Trump proyecta una visión más optimista del porvenir, mientras buena parte de la izquierda actúa a la defensiva. Desde la década de 1990, con el debilitamiento de los partidos socialdemócratas y el auge de la idea del “fin de la historia”, el progresismo concentró sus esfuerzos en ampliar derechos dentro del sistema existente, pero dejó de ofrecer una imagen convincente de la sociedad futura.

    Tomar prestado el futuro

    Los representantes políticos de izquierda parecen concentrarse cada vez más en respuestas inmediatas, sin ofrecer planes claros de largo plazo. Algunos ejemplos son los siguientes: Bill Clinton conquistó a amplios sectores de la clase trabajadora adoptando políticas vinculadas con la derecha, como el libre comercio, la desregulación financiera y los recortes fiscales. Barack Obama prometió “esperanza y cambio”, pero mantuvo buena parte de las políticas de gobiernos anteriores y confió en que los cambios demográficos favorecerían al progresismo social. Joe Biden impulsó una mayor intervención del Estado en la economía, aunque varias de sus medidas también respondieron a la ruptura con la globalización iniciada durante Donald Trump. Pese a avances en infraestructura y gasto público, su gobierno no resolvió problemas como el aumento de precios, la deuda y el estancamiento salarial.

    Wolfgang Streeck, sociólogo alemán especializado en economía política, sostiene que numerosos partidos socialdemócratas simplemente “ganan tiempo” mediante deuda pública para sostener servicios y estabilidad social. En vez de construir un nuevo modelo, prolongan uno agotado y trasladan sus costos al futuro.

    El narcisismo del presente

    En buena parte de la izquierda contemporánea, el horizonte político quedó reducido al presente. Los sectores moderados priorizan soluciones inmediatas y los más radicales adoptan discursos catastrofistas que cuestionan incluso la continuidad humana. Cuando las guerras, las crisis climáticas, el estancamiento económico o la incertidumbre tecnológica dejan de ser desafíos y se convierten en una visión permanente del futuro, la política pierde capacidad de proyectar algo distinto. Sin una idea clara de progreso, la izquierda puede defender igualdad, democracia y solidaridad, pero difícilmente movilizar a nuevas generaciones hacia una sociedad mejor.

    Una tradición del futuro

    Para recuperar una visión de futuro, la izquierda también necesita retomar ideales duraderos del pasado en lugar de sustituirlos constantemente por nuevas causas. El problema no es mirar atrás, sino perder toda continuidad entre lo que antes se quiso construir y lo que se pretende alcanzar ahora. La pérdida de horizonte también aparece en posiciones que identifican la vida principalmente con sufrimiento y concluyen que impedir nuevas vidas evita ese daño. Frente a esa visión, el filósofo marxista Ernst Bloch defendió la esperanza como criterio político: el presente debía juzgarse por la posibilidad de construir una sociedad mejor, no como un destino definitivo.

    Desde esa perspectiva, el futuro deja de ser una amenaza y vuelve a ser una promesa. Incluso tener hijos adquiere un sentido simbólico: representa confianza en que la humanidad todavía puede continuar, corregirse y aspirar a algo mejor.

Nexo con el tema que estudiamos: 

    Implementar políticas a corto plazo no solo posterga soluciones, también convierte cada cambio de gobierno en un reinicio que impide construir una estrategia duradera. Mientras los problemas sociales y financieros se acumulan, las élites económicas y los grupos empresariales conservan una influencia constante que la ciudadanía no siempre puede igualar.

    El problema rebasa la división entre izquierda y derecha. Una población con mayor estabilidad económica, tiempo y autonomía tendría mejores condiciones para organizarse, cuestionar decisiones y exigir gobiernos más responsables. Mantener a la sociedad atrapada en la precariedad también reduce su capacidad de intervenir políticamente.

    La perspectiva posibilista es atractiva en tanto ofrece alternativas caucionadas por la historia y la lucha. Sin embargo, es preciso poner en perspectiva tales posibilidades para discernir hasta dónde el realismo es parte del problema y no una solución.