Labour and the ecological crisis: The eco-modernist dilemma in western Marxism(s) (1970s-2000s)
Barca, Stefania [2019], "Labour and the ecological crisis: The eco-modernist dilemma in western Marxism(s) (1970s-2000s)", Geoforum, 98: 226-235, enero, https://doi-org.pbidi.unam.mx:2443/10.1016/j.geoforum.2017.07.011
Stefania Barca es investigadora distinguida "Beatriz Galindo" en la Universidad de Santiago de Compostela (USC) e investigadora senior asociada en el Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra (CES/UC). Sus intereses de investigación abarcan la historia medioambiental y la ecología política, centrándose en el impacto medioambiental de la industria durante el Antropoceno y la relación entre el trabajo y el medio ambiente desde una perspectiva transnacional.
Introducción
El artículo analiza una tendencia en la política ambiental en Europa Occidental durante la era neoliberal, enfocándose en la convergencia entre el movimiento laboral y la modernización ecológica dominante, denominada eco-modernismo laboral, y su distanciamiento de los movimientos ecológicos anticapitalistas. Este fenómeno ocurre en un contexto de debilitamiento del poder político y representatividad del movimiento laboral, acompañado de la adopción generalizada de políticas neoliberales. A pesar de esto, el eco-modernismo laboral enfrenta tensiones internas, como el apoyo a energías fósiles y nuevas actividades extractivas en contraste con la oposición de base a proyectos de energía "limpia".
La autora sugiere que para entender estas tensiones es necesario un análisis crítico de la ecología política del trabajo desde una perspectiva ecofeminista marxista. Este enfoque subraya la importancia de las “fuerzas de reproducción” y "valor metabólico" generado por trabajos marginales al capitalismo industrial, los cuales juegan un papel vital en la "reparación de la ruptura metabólica" causada por la producción industrial. El artículo aboga por una re-conceptualización del ecologismo laboral que incluya una perspectiva que valore el trabajo "meta-industrial" (este trabajo “otro” invisibilizado por el capital) a través de un diálogo entre el socialismo y el feminismo.
De esta forma, se ofrece una crítica a la ecología política del trabajo en Europa Occidental durante el último cuarto del siglo XX. Se examina cómo el marxismo occidental enfrentó la crisis ecológica, concentrado en la forma en que conceptualizó el trabajo y la agencia de la clase trabajadora en relación con la ecología. El argumento principal sostiene que, aunque los movimientos laborales europeos se volvieron más conscientes de las limitaciones para responder eficazmente a la crisis ecológica, no lograron entender plenamente el papel del trabajo de reproducción (o trabajo meta-industrial) en “la reparación de la ruptura metabólica ni la necesidad de unir estas dos formas de subjetividad laboral en una alianza de solidaridad global”.
1. El trabajo en ecología política
Para criticar la ecología política del trabajo, es fundamental definir el trabajo y el ambientalismo como campos políticos diversos y complejos, con áreas de intervención que se superponen de múltiples formas. Esta aproximación se basa en ver la naturaleza (y la crisis ecológica) no como una realidad obvia, sino como un concepto en disputa que atraviesa tanto el trabajo como el ambientalismo, con interpretaciones y acciones variadas en cada campo.
Reconocer que el ambientalismo nunca ha sido un movimiento uniforme y que dentro de él han coexistido diferentes corrientes es un entendimiento clave en la ecología política actual. Dos formas de ambientalismo son particularmente relevantes al discutir el ecologismo laboral: la modernización ecológica (ME) y la justicia ambiental (JA).
La ME, que actualmente domina los discursos ambientales de las principales ONG’s y la política ambiental global, surgió en Europa del Norte a principios de la década de los años noventa, ofreciendo una visión optimista de la reforma ambiental basada en soluciones tecnológicas e incentivos de mercado. A pesar de las controversias, la ME ha llegado a ocupar un lugar central en la formulación de políticas ambientales debido a su compatibilidad con la mentalidad ambiental neoliberal. Según María Kaika, citada por la autora, la ME ha alcanzado una posición dominante global al ser incorporada en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas (NU), confinando el debate sobre sostenibilidad dentro de la falsa dicotomía entre eficiencia de mercado y responsabilidad pública. Aunque su relación con nuevas formas de desplazamiento y gentrificación ecológica ha sido ampliamente documentada, la ME sigue siendo dominante en la Nueva agenda urbana de NU, ya que los tomadores de decisiones han optado por ignorar las voces de comunidades urbanas y movimientos que defienden visiones alternativas de sostenibilidad basadas en la práctica del ‘commoning’.
Por otro lado, la JA o el “ambientalismo de los pobres” como lo llama Joan Martínez Alier, representa una perspectiva subalterna y de base que ha cobrado fuerza en las movilizaciones climáticas, señalando al capitalismo como el principal causante de la crisis ecológica actual. Esta incompatibilidad se hizo evidente en la Cumbre de la Tierra Río+20 en 2012, donde la declaración oficial apoyó la ME y una agenda de "crecimiento verde", en contraste con el documento alternativo aprobado por la Cumbre de los Pueblos titulado "Otro futuro es posible".
Según Goodman y Salleh, citados por la autora, la Cumbre de los Pueblos fue un paso importante en la autoconciencia política y ecológica de los trabajadores meta-industriales, que son los más perjudicados por la ruptura metabólica. No obstante, es crucial tener en cuenta que la división entre ME y JE se da dentro del frente de sostenibilidad, que se opone al crecimiento económico basado en combustibles fósiles. Asimismo, tanto el ambientalismo como el movimiento laboral organizado son diversos, y la división entre sostenibilidad y el enfoque tradicional de crecimiento también se refleja en estos campos.
Investigaciones recientes en estudios ambientales del trabajo muestran que la adopción del discurso de ME y crecimiento verde por parte de muchas confederaciones sindicales suele traducirse en poca acción efectiva debido a la resistencia interna de algunos sindicatos sectoriales y señales mixtas de empleadores y gobiernos. Aunque muchas confederaciones sindicales internacionales se han alineado con el bloque hegemónico, algunas organizaciones laborales, como La Vía Campesina o el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra en Brasil, se han unido al bloque contra-hegemónico, promoviendo enfoques de sindicalismo social y formando coaliciones con grupos de justicia ambiental y social. Sin embargo, estas coaliciones frecuentemente enfrentan la oposición de gobiernos que podrían considerarse progresistas, como fue el caso de la Coalición Clima en España.
En Europa particularmente, la mayoría de las organizaciones laborales, representadas por la Confederación Europea de Sindicatos, se alinean con un enfoque de "crecimiento verde" y apoyan una transición justa basada en inversiones públicas y estímulos fiscales para generar empleos en sectores como la energía limpia, el transporte y la construcción. Iniciativas como la campaña One Million Climate Jobs en Reino Unido buscan superar divisiones internas en el frente laboral y formar coaliciones sociales más amplias para promover una agenda de empleos verdes o climáticos. Sin embargo, esta estrategia puede afianzar la conexión del trabajo con el capitalismo y el trabajo asalariado en una forma "verde", perpetuando una división laboral basada en género y raza, y excluyendo la posibilidad de discutir alternativas radicales que podrían eliminar las causas estructurales de las desigualdades ecológicas y sociales.
Para cuestionar el atractivo que genera el actual eco-modernismo laboral, es esencial indagar en las ideas y prácticas alternativas históricas dentro del ambientalismo laboral y analizar cómo los movimientos laborales llegaron a adoptar la ME. Un punto de partida es explorar las raíces intelectuales de la ecología política marxista en Europa occidental, identificando las tensiones y contradicciones internas que surgen de interpretaciones divergentes de Marx y Engels. En este sentido, la autora destaca dos visiones del trabajo en una sociedad (eco)socialista. Por ejemplo, para J.B. Foster, la tradición marxista contiene dos visiones diferentes: una que se enfoca en la reducción del tiempo de trabajo mediante la tecnología y la automatización, y otra que se centra en la desalienación del trabajo y su pleno desarrollo humano. Según Foster, sólo esta última podría llevar a una sociedad verdaderamente sostenible.
El segundo punto dentro del debate del trabajo en una sociedad eco-socialista destaca la influencia de la Escuela de Frankfurt sobre la "dominación de la naturaleza" en el marxismo occidental, que causó una desconexión con la ciencia natural y limitó la capacidad del marxismo para responder a los movimientos ambientales. No fue sino hasta la llegada de un eco-socialismo renovado en los años noventa que esa visión cambió.
A mitad de la década de los años setenta, una primera versión de la ecología política marxista surgió en Italia a través de Laura Conti, quien veía a la clase trabajadora urbana industrial como el principal agente revolucionario capaz de guiar a la sociedad hacia el ecosocialismo. Por otro lado, alrededor de ese tiempo, el intelectual austro-francés André Gorz proponía un sujeto revolucionario más amplio y no definido por la clase, reflejando una crisis emergente en los movimientos laborales debido a la reestructuración del mercado laboral en Europa Occidental y el auge del movimiento verde, especialmente en su postura anti-nuclear. Esta divergencia se profundizó en la década de los años ochenta, con los movimientos laborales centrados en la defensa del crecimiento económico a toda costa.
Raymond Williams, un destacado intelectual marxista británico, abordó esta divergencia al promover una visión que conectaba las preocupaciones laborales y ambientales a través del concepto de reproducción y sostenibilidad, alejándose de la idea de planificación basada en la ciencia. A diferencia de Gorz, Williams sostenía que el movimiento laboral debía seguir siendo el sujeto político clave para la revolución ecológica, siempre y cuando se produjera una transformación cualitativa del socialismo.
La narrativa hasta este punto contrasta el eco-socialismo de Conti, centrado en la producción, con las perspectivas de Gorz y Williams, que proponían la reproducción (o los medios de vida) como el terreno alternativo para construir una ecología política del trabajo. No obstante, para que esta visión llegara a ser hegemónica en el ambientalismo laboral, hacía falta una teorización más explícita de la reproducción como portadora de agencia política y subjetividad. Aunque el movimiento feminista había avanzado en esta dirección, no logró establecer la triangulación necesaria con el trabajo y el ambientalismo.
La académica y activista alemana Maria Mies ejemplifica esta desconexión al criticar las divisiones coloniales y sexuales del trabajo que sustentan el capitalismo, y al resaltar la importancia del trabajo reproductivo en la sociedad. Aunque estas ideas fueron fundamentales para el desarrollo del eco-feminismo materialista, no lograron influir en el rumbo del ambientalismo laboral. A finales del siglo XX, la mayoría de las organizaciones sindicales y partidos de izquierda en Europa Occidental se habían distanciado del eco-socialismo y adoptado la perspectiva dominante de la ME. La falta de conexión entre los movimientos laborales y el eco-feminismo impidió que los primeros completaran la transformación cualitativa del socialismo que necesitaban para enfrentar la crisis ecológica sin sucumbir a la lógica del capitalismo verde.
Si los movimientos laborales occidentales se hubieran abierto a la visión eco-feminista materialista del trabajo y la subjetividad política, menciona la autora, podrían haber convergido con la perspectiva global de Justicia Ambiental.
2. La «ecología de clase». Laura Conti y la izquierda italiana
En la década de 1970, la idea de que la crisis ecológica era una contradicción inherente al capitalismo apareció en Italia a través del Partido Comunista Italiano (PCI). En 1971, el PCI reconoció la necesidad de revisar el marxismo para incorporar los límites naturales y subrayó la relevancia de la ecología para los trabajadores. Laura Conti, una líder del movimiento verde de izquierda en Italia, escribió años después el libro Che cos’é l’ecologia. Capitale, lavoro, ambiente y describió a la ecología política como el análisis de cómo las relaciones sociales influyen en el entorno natural y otras especies, abogando por una planificación ambiental gestionada democráticamente y con la clase trabajadora como protagonista en la protección ambiental.
Conti observó la antipatía entre los trabajadores industriales y los ambientalistas, viéndola como una reacción lógica de la clase obrera frente a un ambientalismo de clase media, que se centraba en condenas morales al consumo masivo y en la defensa de especies. Propuso una "ecología de clase" fundamentada en la idea marxista de la alienación, alentando a los sindicatos a desarrollar un reformismo ecológico propio para enfrentar los abusos ambientales del capitalismo.
Sin embargo, esta "ecología de clase" enfrentaba una contradicción: la conciencia ecológica de los trabajadores dependía del avance de las fuerzas productivas, ya que solo un sistema industrial desarrollado podía asegurar los niveles de empleo y la fuerza política necesarios para que los trabajadores actuaran como defensores del medio ambiente. Conti sugirió que la izquierda debía impulsar los sectores industriales con alto empleo y menor impacto ambiental, reconociendo que estas eran soluciones temporales y limitadas, pero necesarias para el movimiento obrero.
Conti planteó una respuesta a la crisis ecológica que se alineaba con la postura oficial del PCI, sugiriendo que los comunistas no debían rechazar por completo la modernidad industrial, sino más bien ejercer un control democrático sobre las fuerzas productivas, empezando en los lugares de trabajo y extendiéndose a través de instituciones públicas. La "ecología de clase" de Conti, sin embargo, enfrentaba desafíos internos y externos, como la vulnerabilidad a las recesiones económicas y la falta de consideración de las diferencias geográficas, sectoriales y de género dentro de la clase trabajadora italiana. A pesar de estas limitaciones, esta perspectiva logró algunos avances, como la fundación de Legambiente en 1979, que reflejó la convergencia entre las políticas de izquierda y ambientalistas.
En las décadas de 1980 y 1990, la estrategia de la "ecología de clase" fue puesta a prueba por los cambios en la estructura económica, como la terciarización y precarización del trabajo. Las preocupaciones ambientales se trasladaron del ámbito de la producción al consumo, y Legambiente se distanció del PCI, promoviendo una organización territorial y relaciones con el Partido Verde. Este alejamiento reflejó una división histórica dentro de la izquierda italiana y un cambio en el debate eco-marxista, con la introducción de la idea de la crisis ecológica como la "segunda contradicción" del capital y el surgimiento de enfoques ecológicos radicales más amplios.
Así, los ecologistas políticos italianos pasaron de la hegemonía del proletariado industrial urbano del PCI a una perspectiva ecológica territorial, centrada en la defensa de las condiciones de producción frente a la toxicidad industrial.
3. Adiós a la ecología obrera. André Gorz y la “liberación del trabajo”
En su ensayo Ecology and Freedom de 1977, André Gorz abordó la crisis ecológica como un desafío político crucial para el socialismo, fundamentándose en un enfoque humanista y no tradicional. Planteó que la ecología política debía orientarse hacia una política ambiental democrática y liberadora, relacionando la crisis ecológica con la sobreacumulación capitalista y criticando el enfoque productivista. Gorz propuso una reforma tanto del capitalismo como del socialismo, defendiendo una sociedad basada en la autogestión comunitaria y el uso de tecnologías que favorezcan la autonomía local y la sostenibilidad. Rechazó tanto la industrialización capitalista como el socialismo autoritario, argumentando que solo tecnologías diseñadas para preservar la vida y facilitar el control democrático deberían ser promovidas, descartando aquellas que refuercen sistemas autoritarios, como la energía nuclear.
André Gorz, a través de su obra Farewell to the Working Class (1980), propuso que el movimiento obrero debía abandonar la concepción del trabajo como empleo y dirigirse hacia una revolución postindustrial enfocada en la autonomía individual y la producción de valor de uso. Gorz retomó una perspectiva marxista olvidada, argumentando que el comunismo significa eliminar el trabajo asalariado y la mercantilización del empleo, basándose en ideas de Rudolf Bahro y Antonio Negri.
Según Gorz, escribe la autora, el capitalismo no desaparecería ni por sus propias contradicciones internas ni por sus límites externos, como las crisis ecológicas, ya que había demostrado ser capaz de adaptarse y prosperar a pesar de sus problemas. Además, el sistema había configurado una clase trabajadora cuyos intereses favorecían la reproducción del capitalismo, lo que hacía improbable que este grupo impulsara un cambio socialista. En cambio, Gorz postuló que la transformación debía originarse en sectores que reflejaran la disolución de las clases sociales, promoviendo una ética de autonomía y rechazo al poder jerárquico.
Este movimiento no se organizaba como una clase tradicional, sino que se centraba en la construcción de autonomía individual, lo que representaba tanto su fortaleza como su debilidad, ya que estos espacios de autonomía eran susceptibles de ser marginados, si no se lograba una transformación estructural de la sociedad.
Gorz propuso una relación entre el deseo humano de una vida menos subordinada al trabajo y la necesidad ambiental de una economía que no priorice la producción indiscriminada. Estas ideas, desarrolladas en las décadas de 1970 y 1980, sirvieron como base para el concepto de decroissance (decrecimiento), que ha ganado fuerza en el contexto de la reciente crisis económica en el sur de Europa. Este movimiento busca desligar el bienestar social y el buen vivir de la dependencia del crecimiento económico, considerando central la propuesta de Gorz sobre la "liberación del trabajo".
No obstante, la caída del modelo laboral fordista y el desplazamiento de la política centrada en la clase obrera no han resultado en la emancipación laboral deseada. Además, Gorz no ofreció un desarrollo detallado de posibles alternativas a la perspectiva de clase ni analizó críticamente los "nuevos movimientos sociales", como las protestas antinucleares, que dieron lugar a iniciativas políticas como los partidos ecologistas.
En resumen, André Gorz reflejó una desilusión extendida sobre la viabilidad de una estrategia de "ecología de clase" sustentada en el movimiento obrero. Esta percepción emergió durante la transición postindustrial de los años ochentas en países como Francia, Italia y Alemania, un periodo caracterizado por la adopción de políticas neoliberales que flexibilizaron el trabajo y redujeron los sistemas de bienestar, debilitando al movimiento laboral. Al mismo tiempo, surgió la posibilidad de una "liberación del trabajo" o su rechazo, ideas promovidas por movimientos como Autonomia en Italia, que confrontaban al sindicalismo convencional.
La incapacidad de mantener la "ecología de clase" como estrategia reveló que la ecología política había dejado de estar controlada por el movimiento obrero. Paralelamente, el movimiento ambientalista, impulsado por protestas masivas contra la energía nuclear en Europa Occidental, emergía como un nuevo movimiento social. Este cambio desafiaba las visiones marxistas tradicionales que consideraban el ambientalismo como un interés elitista. En consecuencia, la década de 1980 mostró la necesidad de una política rojo-verde que reconfigurara las relaciones entre los movimientos laborales y ambientales.
4. “Una alteración cualitativa del socialismo”: Raymond Williams sobre trabajo y ecología
En una conferencia de 1984 en el Reino Unido, Raymond Williams subrayó la importancia de unir al movimiento laboral con el movimiento ecologista. Para lograrlo, planteó dos condiciones fundamentales: que el movimiento laboral adopte el concepto de "sustento" en lugar de "producción", y que el movimiento ambientalista reconozca al capitalismo como el principal enemigo de la naturaleza.
Williams argumentó que la crisis ecológica no era consecuencia de la modernidad per se –definida como la capacidad de alimentar a una población creciente con recursos limitados–, sino del carácter capitalista de la modernidad. Este modelo consideraba tanto al trabajo como a la naturaleza simples recursos para generar acumulación y beneficios, en lugar de objetivos intrínsecos. En consecuencia, el movimiento laboral debía enfocarse en transformar este sistema, no en administrarlo mejor. Coincidiendo con André Gorz, Williams rechazó la idea de volver a modos de producción preindustriales, pues no podrían sustentar a la población actual. En su visión, una modernidad no capitalista representaba el horizonte donde la ecología y el trabajo podían converger.
Williams exploró cómo el movimiento laboral en Reino Unido emergió durante la primera revolución industrial, un periodo caracterizado por el cercamiento de tierras comunes, transformaciones en los medios de subsistencia y la adopción de tecnologías basadas en carbón y hierro. Este proceso proporcionó a la sociedad una capacidad sin precedentes para transformar la naturaleza, lo que generó un movimiento laboral defensivo centrado en combatir la pobreza a través de la mayor producción (es decir, mayor explotación para obtener materias primas). Sin embargo, Williams señaló que la propuesta socialista de vincular mayor producción con la reducción de la pobreza ignoraba que las relaciones de producción determinan la distribución del excedente, permitiendo que la pobreza persista junto a la abundancia.
El autor argumentó que el movimiento laboral aceptó pasivamente la racionalidad capitalista predominante. Con el desarrollo del capitalismo industrial, tanto los recursos como las personas comenzaron a considerarse prescindibles, exacerbando la crisis del movimiento. Según Williams, si el movimiento continuaba confiando en la producción como solución a la pobreza, contribuiría a su propia obsolescencia. Propuso que el movimiento debía desafiar el sistema productivo existente y avanzar hacia un nuevo orden social, fomentando así una convergencia crucial con el movimiento ecologista. La aceptación de la producción como respuesta única a la pobreza, junto con la normalización del trabajo asalariado y la propiedad privada, originaban tensiones entre el trabajo y la ecología. Para superar esta problemática, propuso rechazar la competencia del socialismo con el capitalismo basada en una mayor producción, ya que sus efectos dañinos sobre las personas y el medio ambiente eran innegables. Como alternativa, Williams introdujo el concepto de ”subsistencia” (livelihood), un enfoque más humano que priorizaba las necesidades reales y los intereses de todos los seres vivos, contrastando con la producción, que usualmente ignoraba la calidad y las consecuencias de lo producido. Esta idea reflejaba afinidad con el marxismo ecológico de James O’Connor y la crítica de Karl Polanyi sobre la mercantilización.
Williams señaló que la sostenibilidad de la subsistencia en una economía industrial moderna era el núcleo del dilema entre ecología y trabajo. Aunque el movimiento ambientalista había cuestionado el sistema de producción, no había identificado claramente al capitalismo como la raíz del problema, y por ello urgía al movimiento laboral a asumir un rol protagónico. Si ambos movimientos lograban identificar al capitalismo como enemigo común, podrían transformar cualitativamente el socialismo. Para Williams, el movimiento laboral, como representante de los intereses mayoritarios y del sustento universal, era el único capaz de liderar esta transformación.
De esta forma, Raymond Williams compartía con Conti la idea de que un movimiento laboral sólido tenía el potencial de liderar una revolución ecológica. Sin embargo, como Gorz, no consideraba que este liderazgo fuera una elección política evidente para el movimiento laboral, salvo que se lograra una alianza con el movimiento ambientalista basada en una política centrada en el sustento. Si bien los tres adoptaban una crítica marxista al capitalismo y sus contradicciones ecológicas, no incluían en su análisis cómo la colonialidad, el racismo, el patriarcado y el sexismo constituían pilares fundamentales del capitalismo industrial y del socialismo estatal de la época, así como de la ecología-mundo capitalista. Este vacío teórico estaba siendo abordado por el movimiento feminista ecológico, al cual la autora dedica la próxima sección.
5. Redefinir el trabajo. Maria Mies y el enfoque materialista ecofeminista
En la década de 1970, un análisis crítico sobre el trabajo doméstico y reproductivo emergió en Europa, revelando su papel central en el funcionamiento del capitalismo y cuestionando las nociones tradicionales del trabajo asalariado. Este debate sentó las bases para el ecofeminismo materialista, especialmente a través de Maria Mies y su libro Patriarchy and Accumulation on the World Scale (1986). Mies abordó el mismo problema identificado por Williams: la necesidad de abandonar la concepción reduccionista de la producción como solución exclusiva a la pobreza. Sin embargo, añadió dos perspectivas clave: el trabajo no remunerado de las mujeres y la división internacional del trabajo.
Mies definió la producción de subsistencia como la base fundamental del trabajo capitalista, llevada a cabo principalmente por mujeres, trabajadores esclavizados y campesinos coloniales. Cuestionó la concepción de Marx y Engels que relegaba el trabajo reproductivo a la esfera "natural" en lugar de la "social", lo que perpetuaba el determinismo biológico. Según Mies, esta distinción reflejaba el proceso histórico en el que el patriarcado se integró primero en el feudalismo, durante la caza de brujas, y luego en el capitalismo industrial, donde el hogar se convirtió en una esfera privada mientras la fábrica representaba la producción social. Aunque esta separación se consolidó en el fordismo, sigue siendo clave para entender la subordinación de las mujeres y del trabajo reproductivo como aspectos no políticos en la vida social.
En las décadas siguientes, Maria Mies consolidó su influencia en el ecofeminismo global con obras como Ecofeminism (1993) y The Subsistence Perspective (2000), donde estableció puentes entre la ecología, el feminismo y el movimiento alterglobalización. Mies abordó alternativas al modelo capitalista, mostrando que el "buen vivir" más allá del crecimiento económico ya existía en comunidades rurales y del Tercer Mundo, donde las relaciones humanas y con la naturaleza eran esenciales para la "producción de la vida".
En paralelo, Mies resonó con autoras como Silvia Federici, M. Rosa Dalla Costa y Mary Mellor, quienes expandieron el foco más allá de los movimientos laborales tradicionales, analizando la explotación y las solidaridades a escala global. Estas perspectivas destacaron cómo las mujeres rurales del Tercer Mundo constituían la mayoría de la clase trabajadora mundial y subrayaron la división global/sexual del trabajo como clave para una crítica ecológica al capitalismo basada en la reproducción y el sustento.
Este trabajo, arraigado en un enfoque materialista, vinculó la ecología y el feminismo con estudios postcoloniales, revelando los efectos materiales del orden capitalista/patriarcal/colonial. En este contexto, el trabajo no remunerado de las mujeres y la naturaleza fue explotado, mientras su devaluación cultural allanaba el camino hacia su mercantilización. Esta reflexión implicó un diálogo desafiante entre enfoques constructivistas y realistas sobre la naturaleza.
La economía política ecofeminista es clave para entender la relación entre ecología y trabajo, al señalar los riesgos de los dualismos culturales occidentales (que dividen la ‘cultura’ como mente-agencia-producción-masculino y la ‘naturaleza’ como cuerpo-pasividad-reproducción-femenino) presentes incluso dentro de la política socialista. Su enfoque central es redefinir el concepto de ‘trabajo’. Este debate, principalmente en el Sur Global, ha tenido poco impacto en Europa, ya que nació fuera del movimiento laboral tradicional y ha permanecido marginado, especialmente por el feminismo blanco de tercera ola. Sin embargo, ha ganado fuerza en los últimos años, impulsado por movilizaciones de mujeres indígenas y racializadas contra la mercantilización de la vida.
6. Conclusiones
El ambientalismo laboral vivió un punto de inflexión a finales del siglo XX. La "ecología de clase", que defendía la reproducción social mediante la planificación democrática, perdió relevancia, cediendo terreno a un eco-modernismo influido por factores históricos y por la falta de conexión entre el eco-socialismo y el eco-feminismo.
Hoy, el ambientalismo laboral europeo se divide en dos enfoques:
1) Eco-modernismo laboral: promueve estrategias para proteger la producción frente a políticas climáticas, relegando a los trabajadores a un papel pasivo como víctimas en lugar de agentes transformadores.
2) Justicia ambiental y decrecimiento: este enfoque resiste actividades contaminantes y proyectos energéticos masivos, fomentando iniciativas locales como huertos urbanos y cooperativas. Sin embargo, no ha logrado captar el interés de las clases trabajadoras precarizadas ni generar un diálogo efectivo con los sindicatos.
La falta de cooperación entre el eco-feminismo, alineado con la justicia ambiental y el decrecimiento, y el eco-modernismo laboral, obstaculiza una lucha ecológica anticapitalista robusta. Para superar esto, se requiere una nueva alianza antipatriarcal y anticolonial entre trabajadores industriales y meta-industriales, liderada por una nueva generación de académicos y activistas comprometidos.
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La convergencia entre el eco-modernismo laboral y la modernización ecológica dominante en Europa Occidental refleja los límites y tensiones del ambientalismo bajo las fronteras del capital y la hegemonía neoliberal. En este contexto, la destrucción ambiental se entrelaza con las relaciones entre empresas, estados y sociedad, donde las políticas climáticas frecuentemente priorizan la defensa de la producción sobre la reproducción y la justicia ambiental. El texto hace evidente la marginación de l@s trabajadorxs "meta-industriales" y la invisibilización del trabajo reproductivo. Se hace énfasis, además, en que una ecología política laboral renovada debe partir de un análisis crítico que descolonice el concepto de trabajo, integre las fuerzas de reproducción y fomente alianzas antipatriarcales, anticoloniales y anticapitalistas, capaces de combatir y adaptarse frente a la destrucción ambiental de manera transformadora.