Los tecno-utópicos que quieren colonizar el mar

Cita: 

Yarm, Mark [2025], "Los tecno-utópicos que quieren colonizar el mar", The New York Times, New York, 20 de abril https://www.nytimes.com/es/2025/04/20/espanol/ciencia-y-tecnologia/colon...

Fuente: 
Otra
Fecha de publicación: 
Domingo, Abril 20, 2025
Tema: 
Utopías submarinas, ideología política y el nuevo imperio oceánico de los multimillonarios
Idea principal: 

    Mark Yarm es redactor ejecutivo de PCMag y autor de "Todo el mundo adora nuestra ciudad: una historia oral del grunge".


    Las costas saturadas y las ciudades superpobladas han inspirado, desde los tiempos de Julio Verne y su novela La isla de hélice (1895), la visión de archipiélagos flotantes donde la vida humana se mezcle con arrecifes de coral y ventanales submarinos. Aquello que durante décadas fue mera utopía literaria comienza hoy a materializarse. En el Caribe panameño, el ingeniero alemán y multimillonario Rüdiger Koch completó ciento veinte días ininterrumpidos dentro de una cápsula de veintiocho metros cuadrados situada a once metros bajo la superficie.

    Cuarenta y seis horas después de emerger, Guinness World Records reconoció oficialmente su gesta como la estancia más larga en un hábitat submarino fijo. Su módulo (impulsado por The Seasteading Institute) contaba con cama, bicicleta estática, Internet por Starlink y un retrete seco; desde un ojo de buey observaba a diario un banco de sardinas. A pesar de las expectativas de que pudiera “volverse loco” encerrado tanto tiempo, Koch se mostró animado, mantenía una rutina de ejercicio y recibía limpieza diaria. Aun así, la comunidad científica debate los posibles efectos psicológicos duraderos de permanecer meses bajo el agua.

    The Seasteading Institute, fundado en 2008 por Wayne Gramlich y Patri Friedman, ambos multimillonarios y con respaldo inicial del multimillonario Peter Thiel, tiene como propósito “vivir en islas flotantes restauradoras del medioambiente con cierto grado de autonomía política”, y promueve la creación de “sociedades emergentes” donde las personas puedan “votar con su barco” y establecer las normas que deseen sin someterse a jurisdicciones terrestres. Joe Quirk, su presidente y autodenominado “evangelista de los mares”, defiende esta autonomía como modo de que cada comunidad experimente con su propio modelo social.

    Rüdiger Koch lleva la idea un paso más allá: si vivir en el mar se convierte en opción realista, las clases dirigentes “tendrían que pensar qué hacer para que sus países fueran más atractivos”, igual que los aristócratas europeos flexibilizaron privilegios cuando la población amenazaba con emigrar al Nuevo Mundo.

    Al margen de este discurso político, la empresa Ocean Builders (cofundada por los multimillonarios Koch, Chad Elwartowski y Grant Romundt) desarrolla y comercializa SeaPods como viviendas flotantes de lujo. Registradas legalmente como casas flotantes y no como enclaves autónomos, estas estructuras ofrecen comodidades comparables a las de un condominio de Manhattan: cama inteligente, ducha e inodoro inteligentes, un ordenador sumergido en aceite no conductor para protegerlo del aire marino y la posibilidad de ver Netflix en una pantalla de cuarenta y tres pulgadas. A la fecha han instalado tres SeaPods.

    Después de que en 2019 militares tailandeses remolcaran la primera cabaña octogonal anclada fuera de sus aguas territoriales (la acusaban de ser un “Estado independiente”), Ocean Builders trasladó sus prototipos a Panamá y proyecta construir veinte SeaPods en las Maldivas, con la meta de reducir el precio de cada unidad a aproximadamente un millón doscientos mil dólares estadounidenses.

    Este cruce de narrativas ha suscitado un intenso debate público. El cineasta británico Oswald Horowitz (que rueda un documental sobre el empresario italiano Samuele Landi, multimillonario muerto tras trece meses viviendo en una barcaza frente a Dubái) describe el seasteading como “un juego de ricos” pensado para millonarios que ansían un escaparate exótico.

    El profesor australiano Peter Newman llegó a calificar ciertos proyectos como “apartheid de la peor clase”, una fantasía donde los acaudalados se trasladan a aldeas futuristas sobre el mar y desprecian al resto del mundo.

    Las dudas aumentan por los episodios más oscuros. En 2023, The Financial Times informó que un Koch “profundamente paranoico” acordó pagar quinientos mil dólares en criptomonedas a un investigador privado para asesinar al oficial de la marina tailandesa Sittiporn Maskasem, a quien culpaba del embargo de su anterior enclave marino. Este hecho refuerza la pregunta sobre el impacto que un aislamiento prolongado y una presión constante pueden ejercer en la salud mental de los pioneros submarinos.

    Frente a las críticas, Ocean Builders se presenta como proveedora de “soluciones de vivienda ecológicas” y niega cualquier agenda política. Sus fundadores insisten en que, a la larga, la vida sobre el agua podría ser más sostenible que en tierra firme y abierta a todo público, no solo a multimillonarios.

    Sin embargo, persiste la contradicción: ¿serán estas cápsulas marinas la semilla de una revolución habitacional capaz de aliviar la presión sobre la tierra y regenerar los ecosistemas, o acabarán privatizando la superficie oceánica y reproduciendo en el agua las mismas desigualdades y monopolios que ya existen en tierra? Lo cierto es que el sueño de habitar el océano ha pasado de la tinta de la ficción a las soldaduras del acero y, con él, vuelven las viejas preguntas: utopía libertaria, negocio de lujo o anticipo de un futuro inevitable.

Nexo con el tema que estudiamos: 

    El seasteading, impulsado por multimillonarios como Rüdiger Koch y por empresas como Ocean Builders, convierte al océano en un vasto laboratorio donde la búsqueda de soluciones ambientales convive con la amenaza de nuevos impactos: los defensores de las casas flotantes prometen aliviar la presión sobre la tierra firme y regenerar los ecosistemas marinos mediante estructuras autosuficientes y energía limpia, pero la instalación de pilotes, anclas y sistemas de descarga puede dañar arrecifes y hábitats costeros frágiles.

    La iniciativa revela también la enorme influencia de élites empresariales que (gracias a su capital y a la ausencia de marcos regulatorios claros en alta mar) desplazan las fronteras del negocio inmobiliario hacia una “inmobiliaria azul”, dejando la gobernanza ambiental y laboral más en manos corporativas que públicas.

    Este vacío jurídico provoca choques con gobiernos que temen por su soberanía, como Tailandia, mientras otros, como Panamá, acogen la innovación con la esperanza de atraer inversión. Los SeaPods sirven así de casos de estudio donde turismo de lujo, récords mediáticos y vivienda “ecológica” se ensayan antes de que existan normas definitivas, tensando la relación entre empresas, estados y sociedad civil, que se pregunta si estos enclaves reproducirán un “apartheid” marino o abrirán oportunidades más igualitarias.

    Todo ello despierta riesgos existenciales: psicológicos (aislamiento extremo y episodios paranoides), políticos (microestados privatizados que eluden leyes internacionales) y ecológicos (alteraciones imprevisibles en corrientes y especies). En última instancia, las futuras ciudades flotantes pondrán a prueba la capacidad de la humanidad para reinventar su hábitat sin trasladar al agua las desigualdades y tensiones que ya agobian a la tierra firme.

    En otra perspectiva, debe considerarse que la escala de estos proyectos están muy lejos de hacer posible una vida colectiva, como se señala, parecen más proyectos de turismo y entretenimiento; sin embargo, son también expresión del escapismo de los multimillonarios.