Lucha de clases identitaria y no identitaria

Cita: 

Holloway, John [2025], "Lucha de clases identitaria y no identitaria", Crítica Anticapitalista 4 – Identidad y no-identidad en la lucha de clases, Buenos Aires, Comunizar, octubre, https://comunizar.com.ar/lucha-de-clases-identitaria-y-no-identitaria/

Fuente: 
Otra
Fecha de publicación: 
Miércoles, Octubre 1, 2025
Tema: 
La lucha de clases no identitaria como alternativa real a la lucha anticapitalista
Idea principal: 
    John Holloway es profesor en el posgrado de Sociología del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades "Alfonso Vélez Pliego" de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), donde desarrolla su trabajo académico en torno a la crítica del capitalismo y las formas de resistencia.

    Hace cincuenta años, cualquier movimiento anticapitalista hablaba en términos de lucha de clases. Hoy, en cambio, muchos colectivos de resistencia prefieren evitar este concepto, ya sea porque lo asocian con tradiciones que rechazan o porque no lo consideran relevante para las luchas actuales. Sin embargo, el texto insiste en que la lucha de clases sigue siendo fundamental, porque coloca el antagonismo social en el centro de la comprensión de la sociedad capitalista, la cual no puede entenderse sin reconocer que está atravesada por un antagonismo estructural. No se trata simplemente de dominación —como si un grupo mandara y otro obedeciera—, porque toda dominación implica resistencia. Por eso se afirma que la sociedad es, antes que nada, una sociedad antagónica: un campo de fuerzas en conflicto permanente.

    Ese antagonismo tiene un eje central: la explotación. En todas las sociedades históricas, y particularmente en el capitalismo, una parte de la sociedad produce la riqueza necesaria para la reproducción social, mientras otra parte se la apropia. Incluso si no todos son productores directos de riqueza —por ejemplo, quienes trabajan en educación o salud— contribuyen a las condiciones de producción, la relación de explotación sigue siendo el núcleo que organiza la vida social. Y aquí está la clave: el capital debe moldear y disciplinar la actividad de los explotados para extraer plusvalor, pero esta imposición genera resistencias.

    De este modo, la producción de plusvalor no es solo un proceso económico, sino el centro que determina toda la actividad social: desde la forma y contenido de la educación hasta la organización del sistema de salud. La lucha de clases, entonces, no se limita a un conflicto visible entre trabajadores y capitalistas, sino que atraviesa la manera en que se organiza la vida cotidiana, porque todo está condicionado por esa relación de explotación.

    Sin la imposición del trabajo abstracto, el capital no puede existir, pues este se basa en reducir toda actividad humana a una magnitud homogénea: el tiempo de trabajo socialmente necesario. Marx describe esta dinámica como una contradicción frente al trabajo concreto, entendido como la actividad específica que produce valores de uso. Más adelante, la vincula con la acumulación originaria, donde el tiempo se transforma en "tiempo-reloj" y la actividad en trabajo disciplinado, tal como lo analizó E. P.Thompson. Este momento es decisivo: el capitalismo se funda en la lucha por imponer el trabajo abstracto, y esa imposición persiste en la vida cotidiana, por ejemplo, cuando el sonido del despertador obliga a subordinar el día al mandato del capital.

    En este marco, la lucha identitaria se entiende como aquella que se organiza dentro de las categorías que el propio capital impone: trabajadores asalariados contra capitalistas. Es la visión dominante, que inspiró sindicatos y partidos socialistas, y que reduce la lucha de clases a un conflicto entre dos grupos con identidades definidas. La abolición del trabajo asalariado se plantea, pero solo como una meta posrevolucionaria, sin haber jugado un papel efectivo en las revoluciones rusa y china, donde el trabajo llegó al poder. En este esquema, las luchas contra el trabajo mismo —ausentismo, sabotaje, rechazo a la disciplina— fueron condenadas como irresponsables y quedaron invisibilizadas en la teoría marxista clásica, hasta que el operaísmo italiano de los años sesenta obligó a reconocerlas como luchas reales.

    El texto recupera entonces la lucha no identitaria, que no se reduce a un grupo contra otro, sino que cuestiona la clasificación misma. Estas luchas se expresan en resistencias cotidianas contra el trabajo abstracto, en la afirmación de otra determinación de la actividad humana y de otro tiempo distinto al del capital. Aquí la mercancía, el valor y el trabajo abstracto se revelan no como hechos naturales, sino como procesos de lucha para encerrar lo que desborda: la riqueza, el valor de uso, la creatividad humana. La riqueza desborda la mercancía, el valor de uso desborda el valor, el hacer humano desborda el trabajo abstracto. Las resistencias y rebeldías son luchas contra la clasificación, contra la mercantilización y contra la abstracción del trabajo.

    El artículo también cuestiona la formulación clásica de Lenin, el famoso "who-whom" (quién contra quién), que ordena el conflicto como dominación de un grupo sobre otro y excluye el "cómo" de la lucha. Las visiones más recientes, surgidas tras la caída del bloque soviético, ponen el acento en el cómo: horizontalidad frente a verticalidad, rechazo al trabajo, crítica a la forma valor. En ellas, la lucha de clases se entiende no como enfrentamiento identitario, sino como revuelta de la vida contra la catástrofe capitalista.

    Así, se establece una oposición entre la lucha identitaria, que se mantiene dentro de la lógica del capital y busca mejorar las condiciones de explotación, y la lucha no identitaria, que desborda esa lógica y cuestiona la forma misma del trabajo abstracto. Esta última forma de lucha abre la posibilidad de pensar la abolición del trabajo asalariado no como una meta lejana, sino como una práctica presente en las resistencias actuales. La lucha de clases, entonces, adquiere un nuevo significado: es la afirmación de la vida contra la subordinación al capital, una lucha que desborda las clasificaciones y abre la puerta a otro mundo posible.

    El capital busca expandirse sin límites, colonizando cada aspecto de la vida y de la naturaleza, pero siempre se enfrenta a resistencias y a límites materiales. El capitalismo no solo atraviesa crisis financieras o productivas, sino que arrastra consigo una crisis de sentido y de reproducción social. La imposición del trabajo abstracto destruye los vínculos comunitarios, precariza la existencia y erosiona la relación con la naturaleza. La catástrofe ambiental y la fragmentación social son expresiones de esta crisis. Por eso, limitar la lucha anticapitalista a reformas o mejoras en la explotación es insuficiente: lo que se requiere es un replanteamiento radical de las relaciones sociales, de la organización del tiempo y de la autogestión como forma de reapropiación de la actividad humana.

Nexo con el tema que estudiamos: 
    La recuperación del concepto de lucha de clases, y en particular la crítica al trabajo abstracto, permite reconocer que el horizonte anticapitalista no puede limitarse a la reforma del sistema ni a la mejora de las condiciones de explotación. La izquierda más ortodoxa, atrapada en la defensa de las luchas sindicales tradicionales, se ha negado a aceptar que estas han sido desbordadas por la realidad. Aunque es urgente conquistar reducciones de jornada, aumentos salariales y mejores condiciones laborales, estas demandas siguen inscritas en la lógica del capital. El verdadero desafío es avanzar hacia la abolición del trabajo abstracto, es decir, hacia la superación de la forma misma en que el capital subsume la actividad humana y la reduce a tiempo homogéneo y disciplinado. El nuevo sentido de las luchas sociales abre la posibilidad de transformar la realidad en el presente y desde la vida cotidiana.