The 2025 state of the climate report: a planet on the brink
Ripple, William et al. [2025], "The 2025 state of the climate report: a planet on the brink", BioScience, https://doi.org/10.1093/biosci/biaf149
William J. Ripple es profesor de Ecología en el Departamento de ecosistemas forestales y sociedad de la Oregon State University. Dirige el programa Cascadas tróficas, cuyos proyectos investigan las interacciones ecológicas a gran escala en parques nacionales y paisajes forestales.
El informe se dirige a la comunidad científica, a responsables de políticas y a la sociedad en general, con el objetivo de advertir sobre los riesgos globales crecientes asociados al cambio climático. Desde la investigación y la educación superior se reconoce una responsabilidad ética de alertar sobre la aceleración del calentamiento y sus efectos sistémicos. El documento presenta evidencia de cambios críticos en los signos vitales de la Tierra, analiza desastres climáticos recientes y examina los riesgos físicos y sociales en desarrollo. Las secciones finales exponen las estrategias de mitigación y las transformaciones sociales necesarias para sostener condiciones de vida habitables.
Signos vitales
Se considera que los signos vitales del sistema climático son indicadores centrales para evaluar la magnitud y velocidad del calentamiento global. Señala que múltiples componentes —temperatura superficial, concentración de gases de efecto invernadero, pérdida de hielo, acidificación del océano y eventos extremos— muestran tendencias que se intensifican sin precedentes registrados. La temperatura promedio global supera consistentemente 1.2 °C respecto a niveles preindustriales, y el año 2024 cerró como uno de los más cálidos de la historia, impulsado por el aumento del CO2, el metano y el óxido nitroso. Estos signos vitales reflejan una aceleración del calentamiento, que produce condiciones incompatibles con la estabilidad ecológica y humana.
Muchos indicadores muestran comportamientos cercanos a puntos de inflexión. El derretimiento del hielo ártico, por ejemplo, avanza a ritmos superiores a los proyectados, lo que refuerza retroalimentaciones como la disminución del albedo. Asimismo, la temperatura de los océanos alcanzó niveles récord, exacerbando procesos como el blanqueamiento de corales, la pérdida de oxígeno y el colapso de pesquerías. El informe subraya que estos signos vitales funcionan como advertencias sincronizadas: cuando múltiples sistemas convergen en deterioro simultáneo, la probabilidad de cambios abruptos y no lineales se incrementa de manera drástica.
No se trata solo de variaciones naturales, sino de señales inequívocas del impacto humano acumulado desde mediados del siglo XX. Las tendencias actuales muestran que la humanidad está empujando el sistema climático fuera de sus rangos estables durante miles de años. Los signos vitales, advierten las y los autores, no son meras estadísticas, sino indicadores del riesgo de transformación irreversible de la biosfera. Con ello, establecen el marco general del artículo: el planeta se aproxima a un umbral crítico que pone en tensión las capacidades de adaptación y supervivencia.
La empresa humana
Se analiza el papel de la humanidad como fuerza geológica capaz de transformar el clima y los ecosistemas. La expansión de la población global, el crecimiento económico basado en combustibles fósiles, la urbanización acelerada y el aumento del consumo energético intensifican la presión sobre la biosfera. En las últimas décadas, el consumo material y energético creció de forma desproporcionada frente a la capacidad regenerativa del planeta. La extracción de recursos, la producción industrial, la deforestación y el uso masivo de fertilizantes alteran ciclos biogeoquímicos esenciales, incluyendo los del carbono, nitrógeno y fósforo.
La “empresa humana” se caracteriza por una expansión que supera los límites biofísicos. El uso de energía por persona y la demanda de materiales continúan aumentando incluso en regiones que declaran compromisos climáticos. La aceleración del transporte, el comercio internacional, la agricultura industrial y la producción de carne amplifican emisiones y deterioro ambiental. El reporte subraya que esta dinámica no es neutral: la responsabilidad está desigualmente distribuida, ya que los países de ingresos altos concentran el mayor consumo energético histórico y per cápita.
Además, se enfatiza que las instituciones económicas y políticas globales siguen estructuradas para promover crecimiento ilimitado, lo que profundiza la desconexión entre actividades humanas y capacidad ecológica. La crisis climática no surge solamente por exceso de emisiones, sino por un modelo civilizatorio que depende de la extracción permanente y del uso intensivo de combustibles fósiles. El documento plantea que transformar la empresa humana es fundamental para evitar escenarios de colapso, lo que implica replantear patrones de producción, consumo y organización social a escala planetaria.
Energía
La energía es un eje estructural del calentamiento global, destacando que la economía mundial sigue profundamente anclada al uso de combustibles fósiles. Aunque el despliegue de energías renovables creció en la última década, la demanda energética total también aumentó, lo que mantuvo estable —o incluso incrementó— la proporción de petróleo, gas y carbón en la matriz energética global. Esta expansión se debe al crecimiento económico, la urbanización, el transporte y la actividad industrial cada vez más intensa, especialmente en países donde las políticas climáticas son insuficientes o inconsistentes.
La extracción y quema de combustibles fósiles continúan siendo la principal fuente de gases de efecto invernadero. Las inversiones en infraestructura fósil no se reducen de manera significativa, a pesar de la evidencia científica sobre su incompatibilidad con los objetivos del Acuerdo de París. Los proyectos de exploración y explotación en curso, incluidos los de aguas profundas, expansión de gas natural y nuevas minas de carbón, comprometen décadas futuras de emisiones. El reporte indica que estas inversiones crean “bloqueo estructural”, es decir, sistemas que obligan a seguir utilizando combustibles fósiles incluso cuando resultan ambiental y económicamente inviables.
Los avances tecnológicos no han sido suficientes para compensar el aumento en consumo. Aunque el sector solar y eólico creció, aún no logra desplazar al gas ni al petróleo, y sigue siendo una fracción menor del sistema energético global. La electrificación avanza, pero a un ritmo menor del necesario para transformar sectores críticos como la aviación, el transporte marítimo o la industria pesada. El reporte concluye que la transición energética real requiere no solo más energías renovables, sino una reducción absoluta en el uso de fósiles y una reconfiguración profunda del sistema energético mundial.
Bosques e incendios forestales
El informe documenta un agravamiento acelerado en la degradación de bosques y en la intensidad y frecuencia de incendios forestales. Los bosques, que actúan como sumideros clave de carbono, pierden capacidad de absorción debido a sequías, olas de calor, deforestación y degradación crónica. En regiones como la Amazonia, el Sudeste asiático y partes del África tropical, la deforestación continúa impulsada por expansión agrícola, ganadería, extracción de madera y minería. El documento destaca que muchos bosques tropicales están cerca de convertirse en fuentes netas de carbono debido a la combinación de presiones climáticas y actividades humanas.
Los incendios forestales se intensifican en extensión y severidad. El reporte explica que temperaturas récord, baja humedad y patrones atmosféricos alterados crean condiciones propicias para incendios más grandes y difíciles de contener. En años recientes, regiones como Canadá, Australia, Siberia y el Mediterráneo registraron incendios que superaron capacidades locales y nacionales de respuesta, con impactos severos en salud pública, biodiversidad y sistemas socioeconómicos. Estos incendios emiten grandes cantidades de CO2, acelerando aún más el calentamiento global y generando retroalimentaciones que profundizan la crisis climática.
La degradación de bosques afecta a comunidades indígenas, rurales y urbanas, al comprometer recursos hídricos, biodiversidad y estabilidad climática regional. Además, los incendios generan pérdidas económicas enormes y efectos prolongados sobre los ecosistemas. El documento subraya que la combinación de cambio climático y presiones de mercado sobre bosques —como agricultura industrial y exportación de materias primas— crea un círculo vicioso que amplifica riesgos ambientales y sociales.
Gases de efecto invernadero y temperatura global
Las concentraciones de CO₂, CH₄ y N₂O alcanzaron máximos históricos y continúan aumentando. El CO2 supera ya las 420 ppm [420 moléculas de CO2 por cada millón de moléculas de aire], nivel jamás visto en la historia humana, mientras el metano aumenta por el aumento de las actividades agroindustriales, extracción de gas natural y descomposición acelerada en zonas húmedas. Estas concentraciones intensifican el efecto invernadero y explican el ascenso de la temperatura global por encima de 1.2 °C respecto del periodo preindustrial.
Este incremento no es lineal: los años recientes muestran aceleración del calentamiento. Factores como El Niño, la pérdida de aerosoles provenientes de regulaciones marítimas y retroalimentaciones del sistema terrestre contribuyen a un aumento más rápido del esperado. Además, el 2024 registró múltiples niveles máximos de calor, tanto terrestre como oceánico, con efectos visibles en agricultura, infraestructura, salud pública y ecosistemas.
Incluso si las emisiones se estabilizaran, la inercia del sistema climático mantendría altas temperaturas por décadas. La combinación de gases de larga vida, retroalimentaciones y el debilitamiento de sumideros naturales implica que limitar el calentamiento a 1.5 °C es cada vez menos probable. Esta tendencia alimenta riesgos existenciales para múltiples sistemas planetarios, como el hielo marino, los bosques tropicales y las corrientes oceánicas.
Balance energético
El desequilibrio energético del planeta —la diferencia entre la energía solar que entra y la que sale— continúa aumentando. Esto significa que la Tierra retiene más calor del que libera, lo que impulsa el calentamiento constante del océano, la atmósfera y la superficie terrestre. La mayor parte de este exceso de energía se almacena en los océanos, que absorben más de 90% del calor adicional producido por el efecto invernadero.
Este desequilibrio se debe principalmente al aumento de gases de efecto invernadero y a cambios en los aerosoles atmosféricos. La reducción de aerosoles contaminantes, consecuencia de regulaciones ambientales, mejora la calidad del aire pero también disminuye su capacidad de reflejar radiación solar, lo que acelera temporalmente el calentamiento. El informe advierte que este proceso revela una paradoja: políticas ambientales que reducen la contaminación atmosférica pueden provocar incrementos transitorios en la temperatura global.
El balance energético creciente también potencia fenómenos extremos, como olas de calor marinas, huracanes más intensos y derretimiento acelerado de glaciares. El informe destaca que este desequilibrio constituye uno de los indicadores más críticos del estado del clima porque refleja la magnitud de la perturbación del sistema terrestre y anticipa la persistencia del calentamiento incluso bajo escenarios de reducción de emisiones.
Océanos y hielo
Se documenta un rápido deterioro de los océanos y de los sistemas de hielo global. Las temperaturas oceánicas alcanzaron niveles récord por segundo año consecutivo, provocando olas de calor marinas que devastan ecosistemas costeros, arrecifes de coral y pesquerías. La pérdida de oxígeno, la acidificación y el ascenso del nivel del mar continúan agravándose, afectando tanto la biodiversidad como a las comunidades humanas que dependen de recursos marinos.
En las regiones polares, el derretimiento del hielo avanza con ritmo acelerado. El hielo marino del Ártico disminuye en extensión y espesor, mientras Groenlandia y la Antártida pierden masa a niveles récord. El informe advierte que estos procesos pueden desencadenar puntos de no retorno, como el colapso de plataformas de hielo que sostienen glaciares continentales. Estos cambios tienen implicaciones profundas para la estabilidad del nivel del mar y para la regulación térmica planetaria.
La pérdida de hielo intensifica retroalimentaciones peligrosas. La reducción del albedo acelera el calentamiento, mientras el deshielo libera metano atrapado en capas de permafrost. Los océanos, al calentarse y expandirse, impulsan la subida del nivel del mar, lo que incrementa riesgos para ciudades costeras, infraestructura crítica y ecosistemas vulnerables. El documento concluye que los sistemas oceánicos y criosféricos están en una trayectoria de cambio rápido que compromete la estabilidad climática global.
Los riesgos
El reporte presenta una evaluación integral de los riesgos asociados al cambio climático, entendidos como la convergencia entre peligros físicos, vulnerabilidad social y capacidad limitada de respuesta. Señala que el sistema climático se acerca a múltiples puntos de inflexión que, de activarse, generarían alteraciones abruptas y potencialmente irreversibles. Estos riesgos incluyen colapso de ecosistemas, pérdida de biodiversidad, inestabilidad oceánica, colapso de glaciares y disrupciones profundas en sistemas productivos como agricultura, pesca y energía. El informe subraya que estas amenazas no son hipotéticas: muchas muestran señales tempranas en diferentes regiones del planeta.
Se destaca que los riesgos se amplifican al interactuar entre sí. Por ejemplo, la combinación de calor extremo, sequías prolongadas y degradación de suelos amenaza la seguridad alimentaria en regiones tropicales y subtropicales. Al mismo tiempo, el aumento del nivel del mar y la intensificación de tormentas comprometen zonas costeras densamente pobladas. El reporte advierte que estos riesgos estructurales están subestimados en modelos tradicionales porque no capturan adecuadamente retroalimentaciones no lineales ni efectos cascada.
Además, los riesgos climáticos están profundamente atravesados por desigualdades sociales, económicas y geopolíticas. Los países con menor responsabilidad histórica en emisiones son los más vulnerables a sus impactos, mientras que las naciones de ingresos altos disponen de mayores capacidades de adaptación. El reporte concluye que los riesgos climáticos representan una amenaza existencial para comunidades, ecosistemas y sistemas económicos que dependen de la estabilidad climática para sostener su funcionamiento.
Impactos climáticos y eventos extremos
Se documenta un aumento significativo en la intensidad, frecuencia y duración de eventos extremos. Las olas de calor superan récords históricos en múltiples regiones del planeta, con temperaturas que afectan la salud pública, infraestructura, productividad agrícola y laboral. El calor extremo se asocia a miles de muertes adicionales cada año y genera condiciones que superan la capacidad de regulación térmica humana, especialmente en regiones tropicales. Estas olas de calor también afectan la estabilidad eléctrica debido al incremento en demanda de refrigeración.
Las sequías prolongadas se intensifican en áreas como el Mediterráneo, África subsahariana y América del Sur, donde reducen disponibilidad de agua, afectan cultivos y elevan índices de inseguridad alimentaria. Por otro lado, eventos de precipitación extrema —incluidas inundaciones, tormentas severas y ciclones— aumentan su magnitud debido al calentamiento oceánico y a una atmósfera que retiene más humedad. El informe señala que ciclones recientes muestran patrones más erráticos, con trayectorias, velocidades y duraciones alteradas.
Estos eventos extremos no ocurren de manera aislada, sino que forman parte de patrones climáticos alterados. Por ejemplo, olas de calor marinas se combinan con sequías terrestres, afectando simultáneamente ecosistemas marinos y sistemas agroalimentarios. La recurrencia de eventos extremos reduce la capacidad de recuperación de comunidades y ecosistemas. El documento concluye que la intensificación de estos fenómenos constituye una señal inequívoca de la crisis climática y representa uno de los riesgos más inmediatos y observables.
Riesgos para la biodiversidad
La biodiversidad global experimenta un declive acelerado debido al calentamiento, la pérdida de hábitats, la contaminación y la sobreexplotación. Los ecosistemas no logran adaptarse al ritmo del cambio climático, especialmente en regiones donde el aumento de temperatura supera los umbrales tolerables para muchas especies. Las olas de calor marinas provocan blanqueamiento masivo de corales, mientras el calentamiento terrestre desplaza rangos de distribución de plantas y animales hacia mayores altitudes o latitudes, reduciendo disponibilidad de hábitat.
Muchos ecosistemas están cerca de puntos de no retorno. Los arrecifes de coral, considerados guarderías marinas, podrían colapsar incluso bajo escenarios de calentamiento moderado, con efectos profundos en las pesquerías y la seguridad alimentaria. En zonas tropicales, la combinación de deforestación, incendios y aumento de temperaturas amenaza bosques húmedos que albergan gran parte de la biodiversidad mundial. Estas pérdidas reducen funciones ecosistémicas esenciales como polinización, filtración de agua y regulación climática.
Los impactos sobre biodiversidad también afectan directamente a comunidades humanas, especialmente aquellas que dependen de recursos naturales para su subsistencia. Se destaca que la pérdida de biodiversidad puede desencadenar efectos cascada que comprometan la producción agrícola, aumenten la propagación de enfermedades y reduzcan la resiliencia de ecosistemas. La crisis de biodiversidad se presenta como un fenómeno entrelazado con el cambio climático, donde cada pérdida amplifica riesgos en múltiples sistemas sociales y ecológicos.
Riesgos para la AMOC
El reporte destaca la fragilidad creciente de la Circulación meridional del Atlántico (AMOC por su sigla en inglés), uno de los sistemas oceánicos más importantes para la regulación climática planetaria. Señala que hay evidencia de una disminución en su intensidad debido al calentamiento de los océanos, el derretimiento del hielo y los cambios en la salinidad superficial. Este sistema, responsable de redistribuir calor entre hemisferios, presenta señales de debilitamiento que podrían acercarlo a un punto crítico de colapso parcial o completo.
El eventual colapso de la AMOC tendría consecuencias globales: enfriamiento significativo en Europa, alteración de monzones en África, Asia y América, aumento del nivel del mar en costas del Atlántico occidental y alteración severa de patrones de lluvia. El reporte señala que estos cambios afectarían agricultura, disponibilidad de agua y estabilidad socioeconómica en varias regiones. La AMOC es considerada uno de los puntos de inflexión más peligrosos por su capacidad de transformar múltiples sistemas simultáneamente.
Los modelos climáticos pueden subestimar el riesgo de colapso de la AMOC, ya que no capturan completamente la complejidad de su dinámica interna. Estudios recientes sugieren que la AMOC podría estar más cerca de un punto crítico de lo estimado. El documento concluye que la estabilidad del sistema climático depende en parte de evitar la aceleración del calentamiento y el deshielo, que ponen en riesgo la continuidad de esta circulación.
Riesgos para el agua dulce
El reporte documenta una reducción significativa en la disponibilidad de agua dulce a escala global. Las sequías prolongadas, la disminución de glaciares, la sobreexplotación de acuíferos y la variabilidad extrema de lluvias generan escasez en regiones que dependen de sistemas hídricos vulnerables. Los glaciares de montaña, fuente esencial para cientos de millones de personas, continúan perdiendo masa, lo que compromete el suministro de agua para agricultura, consumo humano y generación eléctrica.
El documento explica que el calentamiento altera los ciclos hidrológicos, intensifica eventos de lluvia extrema y reduce la precipitación en regiones críticas. Esta combinación provoca inundaciones en ciertas épocas y escasez extrema en otras, lo que afecta la gestión del agua, la infraestructura y los sistemas productivos. La competencia por agua dulce se intensifica en regiones áridas y semiáridas, donde comunidades ya experimentan estrés hídrico crónico.
Los riesgos asociados a agua dulce están vinculados a pobreza, conflictos y desplazamientos humanos. La escasez genera tensiones en regiones donde la gobernanza del agua es débil o donde existen disputas territoriales. La crisis del agua es una de las dimensiones más críticas del cambio climático, con impactos directos en agricultura, salud pública, energía y estabilidad social.
Riesgos de una trayectoria de invernadero (“Hothouse trajectory risks”)
Existe la posibilidad de que el sistema terrestre entre en una trayectoria de “invernadero” —un estado climático más cálido que el actual, caracterizado por la activación de múltiples puntos de inflexión y retroalimentaciones que impulsan calentamiento adicional, aun si las emisiones humanas disminuyen. Esta trayectoria implica que el sistema climático podría dejar de ser estable y avance hacia un estado más cálido de manera autónoma. Varios componentes —como el permafrost, los bosques tropicales, los océanos y la criosfera— muestran signos de estrés que los acercan a umbrales críticos.
La liberación de carbono contenido en permafrost, turberas y suelos degradados podría amplificar el calentamiento global, creando un ciclo de retroalimentación que reduzca aún más la capacidad de mitigación. Asimismo, la pérdida de bosques tropicales compromete su papel como sumideros naturales, mientras que la acidificación y el calentamiento oceánico afectan la capacidad del océano para absorber CO2. Estos procesos interactúan entre sí, generando riesgos sistémicos que superan la capacidad de corrección a través de políticas convencionales de reducción de emisiones.
Una trayectoria de invernadero representa un riesgo existencial para sociedades humanas, ya que produciría cambios extremos en disponibilidad de agua, productividad agrícola, estabilidad costera y habitabilidad. Además, incrementaría la frecuencia de migraciones forzadas, conflictos por recursos y disrupciones económicas masivas. El documento concluye que evitar esta trayectoria depende de acciones inmediatas y profundas para reducir emisiones, restaurar ecosistemas y transformar sistemas energéticos.
Estrategias de mitigación del cambio climático
El reporte evalúa estrategias de mitigación disponibles y destaca que el mundo no está reduciendo emisiones a la velocidad necesaria para estabilizar el clima. Subraya que las políticas actuales son insuficientes y que muchas dependen de tecnologías que aún no existen a escala o cuya implementación masiva enfrenta barreras económicas y sociales. La mitigación efectiva requiere reducir el uso de combustibles fósiles de forma rápida y sostenida, así como transformar sectores como transporte, agricultura e industria.
La expansión de energías renovables es un avance importante, pero insuficiente frente al crecimiento continuo de la demanda energética global. Las tecnologías de captura y almacenamiento de carbono no representan soluciones realistas en el corto plazo debido a altos costos, incertidumbres técnicas y limitaciones en infraestructura. En contraste, las estrategias basadas en la naturaleza —como restauración de bosques, manglares y humedales— pueden reducir emisiones y aumentar resiliencia ecosistémica.
Además, el documento enfatiza la necesidad de cambios en patrones de consumo, reducción del desperdicio, modificación de dietas, eficiencia energética y rediseño urbano. Estas medidas requieren transformaciones estructurales en modos de vida, sistemas económicos y políticas públicas. La mitigación efectiva debe combinar tecnología, políticas, regulaciones, mecanismos financieros y cambios socioeconómicos que desactiven la dependencia global de los combustibles fósiles.
Puntos de inflexión sociales (“Social tipping points”)
El informe introduce el concepto de “puntos de inflexión sociales”, entendidos como umbrales donde cambios culturales, políticos o económicos pueden acelerarse de forma inesperada y generar transformaciones rápidas hacia la sostenibilidad. A diferencia de los puntos de inflexión físicos, estos representan oportunidades. Incluyen modificaciones abruptas en normas sociales, preferencias de consumo, regulaciones, políticas climáticas, comportamiento corporativo y activismo ciudadano. El documento destaca que muchos de estos cambios ya se observan en sectores financieros, movimientos juveniles y demandas sociales por acción climática.
El reporte explica que los puntos de inflexión sociales pueden surgir cuando convergen factores como crisis climáticas visibles, avances tecnológicos, presiones económicas y movimientos sociales organizados. Por ejemplo, el rápido despliegue de energía solar y eólica en algunos países ocurrió tras cambios regulatorios que desplazaron inversiones hacia energías limpias. Asimismo, la opinión pública global muestra mayor preocupación por la crisis climática, lo que presiona a gobiernos y empresas para modificar prácticas y compromisos.
Estos puntos de inflexión pueden ser decisivos para evitar trayectorias de invernadero. Las transformaciones sociales pueden modificar patrones de consumo, reducir dependencia del carbono y fomentar transiciones energéticas. Sin embargo, los autores advierten que no deben verse como sustitutos de políticas estructurales, sino como procesos complementarios que aceleran cambios necesarios en tiempo crítico.
Conclusiones
El reporte concluye que el planeta se encuentra en una situación crítica en la que múltiples sistemas climáticos, ecológicos y sociales muestran signos de estrés extremo. Los registros recientes de temperatura, fenómenos extremos, pérdida de ecosistemas y retroalimentaciones del sistema terrestre indican una aceleración del calentamiento global que supera las proyecciones previas. Esta aceleración aumenta la probabilidad de activar puntos de inflexión irreversibles que podrían conducir a una trayectoria de invernadero con consecuencias profundas para sociedades humanas y para la biosfera.
El documento enfatiza que las respuestas actuales son insuficientes frente a la magnitud de la crisis. Aunque existen avances en energías renovables y en conciencia social, estos no compensan la expansión continua de los combustibles fósiles y la intensificación del consumo global. El reporte resalta la urgencia de adoptar medidas inmediatas y transformadoras que reduzcan emisiones, protejan ecosistemas y fomenten resiliencia. Insiste en que no se trata de ajustes graduales, sino de reestructuración profunda de sistemas económicos, políticos y sociales.
Finalmente, el informe plantea que aún existe oportunidad para evitar los peores escenarios, pero esta ventana se reduce rápidamente. La acción colectiva, el cambio cultural, la innovación tecnológica y la coordinación internacional serán determinantes en los próximos años. La estabilidad climática depende de decisiones tomadas en esta década, cuya falta de acción podría desencadenar consecuencias irreversibles para generaciones presentes y futuras.
1) La temperatura global supera consistentemente +1.2 °C por encima del nivel preindustrial, mostrando una aceleración que rebasa proyecciones previas y coloca al planeta en riesgo de activar múltiples puntos de inflexión.
2) El CO2 alcanza más de 420 ppm, el nivel más alto registrado en la historia humana, acompañado por aumentos récord en metano (CH₄) y óxido nitroso (N₂O), lo que refuerza el desequilibrio energético planetario.
3) La figura 1 muestra una serie de tendencias globales relacionadas con la actividad humana, incluyendo el crecimiento de la población mundial, la disminución de la tasa de fertilidad, el aumento del ganado rumiante y el incremento en la producción de carne per cápita. Todas las líneas presentan patrones ascendentes a largo plazo, excepto la tasa de fertilidad, que registra una tendencia descendente continua.

4) La figura 2 muestra que el sistema climático está respondiendo de forma acelerada y coherente a las presiones humanas mostradas en la Figura 1. En general muestra un sistema terrestre que no solo está cambiando rápidamente, sino que está entrando en dinámicas potencialmente irreversibles, evidenciando que el planeta ya está reaccionando de forma peligrosa a la sobrecarga antropogénica.

5) La Figura 3 muestra que la estabilidad climática que caracterizó al Holoceno durante los últimos 11 000 años ha sido reemplazada en apenas un siglo por un calentamiento rápido y sin precedentes en escala geológica. Bajo las políticas actuales, esta tendencia proyecta un calentamiento de hasta 3.1 °C hacia 2100, un nivel que aumenta de manera drástica el riesgo de cruzar puntos de quiebre del sistema terrestre y de desencadenar retroalimentaciones irreversibles.

6) La Figura 4 sintetiza el potencial de reducción de emisiones de múltiples estrategias de mitigación, mostrando que existen alternativas suficientemente potentes como para disminuir de manera sustantiva las emisiones globales antes de 2050 si se implementan con seriedad y a gran escala.

El artículo muestra la articulación entre poder corporativo, política energética y destrucción ambiental. En primer lugar, respecto al descriptor “Destrucción del ambiente”, el caso estadounidense demuestra cómo las estructuras estatales pueden operar como agentes activos del deterioro ecológico, al permitir que las políticas públicas sean diseñadas bajo los intereses de las empresas de combustibles fósiles. La eliminación de regulaciones ambientales y el fortalecimiento del fracking bajo el discurso de eficiencia energética revelan una estrategia de acumulación que profundiza la crisis climática y legitima la expansión extractiva como sinónimo de desarrollo.
El eje “Combate y adaptación frente a la destrucción del ambiente” se presenta en el texto como una paradoja: el gobierno promueve un modelo de “transición energética” basado en el gas natural y la innovación tecnológica, lo cual constituye una adaptación regresiva que reproduce el mismo régimen fósil bajo un nuevo discurso de sostenibilidad. Este punto abre una línea de investigación sobre cómo las políticas de mitigación impulsadas por actores corporativos operan como mecanismos de prolongación del modelo extractivista, desplazando alternativas comunitarias o de transición justa.
En relación con “Élites y empresarios”, el texto ofrece un ejemplo empírico de cómo las élites económicas logran trasladar su poder estructural al interior del aparato estatal. Los casos de Chris Wright y Brooke Rollins (Secretario de energía y Secretaria de agricultura de Estados Unidos) ilustran la capacidad de la elite energética para dirigir directamente la política pública, eliminando intermediaciones políticas o regulatorias. Ello permite estudiar la formación de una burguesía fósil estatalizada, que concentra simultáneamente poder económico, político e ideológico, y que redefine la gobernanza climática a escala nacional.
El descriptor “Empresas transnacionales y gobernanza mundial” se refleja en la red institucional que une a la administración estadounidense con corporaciones y asociaciones empresariales globales, como el American Petroleum Institute (API) y los tanques de pensamiento conservadores financiados por magnates del sector energético. Este entramado muestra cómo las CTN funcionan como nodos de gobernanza, influyendo en los marcos regulatorios y en los discursos internacionales sobre energía, crecimiento y cambio climático. A partir de ello, una línea de investigación pertinente es analizar la expansión del poder corporativo fósil más allá del estado-nación, especialmente en organismos multilaterales y acuerdos internacionales sobre clima.
En cuanto a “Fronteras del capital”, el texto sugiere que el sector fósil no se encuentra en declive, sino en un proceso de reinvención territorial y tecnológica, donde la frontera energética se desplaza hacia recursos no convencionales —como el fracking— y hacia nuevos espacios de control político y discursivo. Este fenómeno invita a estudiar cómo el capital fósil redefine sus zonas de expansión a través de la captura del discurso verde y de la política pública.
Finalmente, bajo el eje “Papel de las CTN en el colapso sistémico – Energía”, el artículo muestra cómo las corporaciones transnacionales energéticas actúan como agentes centrales del colapso ecológico, no solo por su producción material, sino por su poder estructural para neutralizar las posibilidades de transición energética real. Esta observación abre una línea de investigación sobre la relación entre captura institucional y colapso sistémico, es decir, cómo la consolidación del poder corporativo dentro de los estados impide la transformación de fondo del modelo energético global.

