Are you Confusedocene?

Cita: 

Lähde, Ville [2025], "Are you Confusedocene?", Aeon, 6 de noviembre, https://aeon.co/essays/declared-dead-last-year-the-anthropocene-is-very-...

Fuente: 
Otra
Fecha de publicación: 
Jueves, Noviembre 6, 2025
Tema: 
Antropoceno en disputa: significado, aceptación y categorización. El debate científico y político de los “-cenos”
Idea principal: 

    Ville Lähde. Investigador, periodista científico y escritor de no ficción originario de Finlandia. Es doctor y se desempeña como investigador en la unidad de investigación independiente y multidisciplinaria BIOS, donde desarrolla trabajo académico sobre problemáticas ambientales y sociales contemporáneas.


    Un panel de especialistas de la Comisión Internacional de Estratigrafía resolvió una pregunta que durante años dividió a la geología: si el Antropoceno, entendido como la “era de los humanos”, debía reconocerse como una época geológica formal. El resultado fue negativo. Con ello, el debate estratigráfico queda, en términos generales, cerrado. Sin embargo, el concepto no desaparece. El Antropoceno se instala con fuerza en el imaginario público y continúa operando como una herramienta para pensar la historia de las transformaciones humanas del planeta y los escenarios futuros que estas abren.

    La idea de los seres humanos como agentes capaces de alterar el planeta no es reciente. Desde el siglo XIX, George Perkins Marsh sostenía que la humanidad adquiría la capacidad de actuar como una fuerza geológica comparable a las fuerzas naturales. Sobre esta base, Paul Crutzen y Eugene Stoermer propusieron el término “Antropoceno” para subrayar el papel central de la humanidad en la geología y la ecología, así como la persistencia de los impactos derivados de sus actividades a lo largo del tiempo.

    Esta propuesta fue retomada por la estratigrafía, disciplina encargada de clasificar el tiempo geológico a partir del estudio de las capas de rocas. En 2009, se inició un proceso formal para evaluar si el Antropoceno debía adquirir el estatus de época geológica. La iniciativa resultó controvertida, ya que las épocas reconocidas abarcan millones de años, mientras que el Holoceno, vigente en la actualidad, tiene una duración mucho menor. Además, la definición estratigráfica exige un marcador geológico preciso, el llamado “clavo dorado”, ubicado en un tiempo y un lugar específicos, condición que el Antropoceno debía cumplir.

    En ese marco, el Grupo de Trabajo del Antropoceno propuso como marcador un momento en el que los efectos de las actividades humanas se intensificaron de forma significativa, lo que otorgó centralidad a la noción de “Gran Aceleración”. Como parte de esa propuesta se señaló el lago Crawford, en Ontario, Canadá, como localización de la “marca dorada”. Aunque la recomendación avanzó en el proceso institucional, fue rechazada en una fase temprana. Desde el punto de vista estratigráfico, la conclusión es clara: seguimos viviendo en el Holoceno.

    A pesar de ello, el Antropoceno permanece ampliamente vigente fuera del ámbito técnico. El concepto fue adoptado en el debate público, en las artes y en múltiples disciplinas científicas. El problema surge cuando el criterio estratigráfico se interpreta como una afirmación de carácter existencial y no como un instrumento de clasificación. En particular, en las ciencias sociales y humanas, el punto de origen del Antropoceno se entendió reiteradamente como un señalamiento de culpabilidad histórica.

    De ahí deriva una crítica frecuente: el riesgo de universalizar el problema ambiental y deslizarse hacia una visión misantrópica, en la que la humanidad aparece como un bloque homogéneo responsable de la crisis ecológica, incluso caracterizada como un “virus” de la naturaleza. Esta lectura conecta con enfoques neomalthusianos que sitúan el tamaño de la población humana como la causa raíz de los problemas ambientales, bajo una lógica de suma cero con el resto de la naturaleza. Paul R. Ehrlich ejemplifica esta postura al sostener que la población humana debería reducirse a un umbral considerado “óptimo”. Tales planteamientos, además, fueron utilizados por corrientes xenófobas o abiertamente racistas, al centrar la atención en el crecimiento demográfico y minimizar factores como la desigualdad de riqueza, el expolio histórico, el extractivismo y las profundas diferencias en consumo y contaminación per cápita.

    En sentido inverso, otra crítica tiene que ver con la fijación del origen del Antropoceno en la “Gran Aceleración”. Según este argumento, situar el punto de partida en un momento reciente podría diluir la responsabilidad de fases anteriores del colonialismo y del capitalismo. Esta objeción parte de una comprensión histórica más amplia, en la que las transformaciones sociales no se producen como eventos puntuales, sino como procesos prolongados. La Revolución Industrial hunde sus raíces en cambios previos y la Revolución Verde no puede explicarse únicamente por innovaciones técnicas, pues se apoya también en bases neocoloniales anteriores.

    Desde la estratigrafía se responde que establecer un hito temporal no implica que todo comience en ese punto ni que se atribuya una culpa exclusiva. Sin embargo, esta defensa resulta a la vez comprensible e ingenua, ya que los debates científicos no se desarrollan en el vacío y entran en resonancia con discusiones más amplias sobre la crisis ambiental.

    Para escapar tanto de la misantropía como de las lecturas históricas simplificadoras, se propusieron conceptos alternativos al Antropoceno, lo que dio lugar a una proliferación de “-cenos”. El Capitaloceno pone el acento en el papel del capitalismo; el Angloceno subraya la responsabilidad de las potencias hegemónicas; el Tecnoceno enfatiza la relación entre humanidad y tecnología; el Plantacionoceno destaca el papel de las plantaciones en la historia colonial; el Chthuluceno, por su parte, propone abandonar la búsqueda de un origen único y aprender a convivir con los problemas heredados. No obstante, estas propuestas tienden a reproducir una lógica de competencia, en la que cada “-ceno” pretende erigirse como causa fundamental, lo que empobrece la comprensión de los problemas ecológicos.

    Las crisis ambientales remiten a historias distintas. El cambio climático se vincula estrechamente con el desarrollo del capitalismo industrial; la pérdida de biodiversidad se relaciona también con prácticas más antiguas como la expansión de monocultivos; el agotamiento de la capa de ozono se explica por el uso de compuestos químicos específicos; las pruebas nucleares atmosféricas responden a dinámicas propias de la Guerra fría. Frente a ello, se propone abandonar la disputa por los orígenes y concebir el conjunto como un proceso histórico variable y estratificado.

    En la fase final del debate surge una alternativa conceptual: entender el Antropoceno no como una época, sino como un “evento”. En el tiempo geológico, los eventos son procesos de cambio diacrónicos y dinámicos que no requieren una “señal dorada” ni ratificación formal. Desde esta perspectiva, la agricultura, la urbanización, la colonización de América, la Revolución industrial o la Gran aceleración constituyen eventos por derecho propio que, en conjunto, forman parte de un Evento antropoceno más amplio. Existen precedentes claros, como el Gran evento de oxidación o las extinciones masivas, entendidas como procesos largos y complejos que transforman la vida.

    El debate sobre una posible “Sexta extinción masiva” permanece abierto. Aunque no es comparable con la Gran mortandad del Pérmico-Triásico (dato crucial 1), la biodiversidad enfrenta amenazas graves en múltiples niveles. Durante la Gran aceleración, la extracción de recursos, el cambio en el uso del suelo y la contaminación alcanzaron una escala global sin precedentes. Las sociedades humanas, impulsadas por combustibles fósiles, alta complejidad tecnológica y predominio capitalista, se convirtieron en un agente de cambio históricamente singular tras la Segunda guerra mundial.

    Pensar el Antropoceno como evento permite sostener distintos ritmos históricos y una pluralidad de causas, sin diluir responsabilidades. La descarbonización resulta necesaria, aunque insuficiente, y exige transformaciones profundas en producción, consumo, infraestructuras y valores. Incluso si el cambio climático se mitiga, la pérdida de biodiversidad puede continuar debido a trayectorias más largas asociadas al paradigma de crecimiento y a la forma en que se satisfacen necesidades básicas (dato crucial 2). Volver a límites ecológicos sostenibles requerirá un horizonte temporal más amplio.

    Concebido como evento, el Antropoceno permanece abierto. Presenta múltiples corrientes y puede adoptar formas nuevas y más destructivas. El daño acumulado es real y muchas pérdidas son irreversibles. Sin embargo, el futuro es largo. Si las sociedades humanas logran recomponerse, las etapas posteriores del Evento antropoceno aún podrían ofrecer un mundo más habitable que el actual, no como retorno al pasado, sino como una transformación profunda. La cuestión decisiva es si humanos y otras criaturas podrán seguir encontrando en él un espacio para prosperar y generar futuros nuevos.

Datos cruciales: 

    1) Se estima que en aquel episodio se extinguieron alrededor de 70% de las especies de vertebrados terrestres y entre 80% y 90% de las especies marinas, lo que empobreció gravemente la vida en la Tierra durante millones de años. El sistema planetario quedó al borde del colapso biológico; en términos humanos, solo una guerra nuclear masiva podría producir un impacto de magnitud comparable.

    2) Incluso si el cambio climático se contuviera dentro de llamados “límites de seguridad”, ello no implicaría necesariamente detener la pérdida de biodiversidad. Este deterioro responde a dinámicas más amplias y desiguales, algunas vinculadas al paradigma moderno de crecimiento y extractivismo; otras a trayectorias históricas más largas, incluidas formas específicas de satisfacer necesidades básicas, como destinar cerca de 80% de la tierra agrícola a la producción animal.

Nexo con el tema que estudiamos: 

    El debate se pierde en disputas terminológicas mientras la crisis ecológica avanza. El gremio prioriza preconcepciones y batallas conceptuales en lugar de soluciones prácticas orientadas a la sostenibilidad. El problema no es cómo nombrar la catástrofe, sino cómo transformar de manera efectiva los patrones que la producen.

    Otra cuestión relevante es considerar, también, la escala del largo plazo, tanto en la evaluación de la destrucción del ambiente, como en las posibilidades de renacimiento: salir del corto plazo es fundamental para recrear posibilidades de reconstrucción.