Our Theory of Collapse

Cita: 

Hames, Richard [2025], "Our Theory of Collapse", Crude Futures (Substack), 8 de agosto, https://crudefutures.substack.com/p/our-theory-of-collapse

Fuente: 
Otra
Fecha de publicación: 
Viernes, Agosto 8, 2025
Tema: 
El colapso global
Idea principal: 

    Richard Hames (alias Sam Moore) es coautor de The Rise of Ecofascism: Climate Change and the Far Right (El auge del ecofascismo: Cambio climático y la extrema derecha) y Post-Internet Far Right (La extrema derecha post-Internet). También es editor de Crude Futures, que aborda la política del colapso social. Vive en Londres y participa activamente en los movimientos sociales de la ciudad.


    El futuro nublado

    El estilo de vida actual nos conduce al colapso. Vivimos en un sistema que nos precipita a preocuparnos por un (in)determinado futuro. Existen muchos caminos y tendencias, y cada uno de ellos presenta sus propias respuestas y desafíos ante la crisis global. Los escenarios son vastos. Algunos resultan utópicos, pero sea cual sea la tendencia, todas poseen en potencia miedo e incertidumbre por la crisis.

    Desde la aceleración del cambio climático, hasta las disrupciones tecnológicas y el ascenso de la Inteligencia Artificial (IA). Desde la renovación de la ultraderecha, hasta la caída tendencial de la izquierda política, y los conflictos entre superpotencias con fines geopolíticos y económicos: todas estas tendencias aparentemente imparables parecen conducir a destinos tan diferentes.

    Los efectos negativos en el planeta se presentan de diversas formas. El cambio climático amenaza la vida por medio de olas de calor, inundaciones, desastres naturales, migración masiva, hambrunas, etc. Por su parte, el desarrollo tecnológico promete futuros más sostenibles, tranquilos y “verdes”, a la par que amenaza con una vida más estricta e irresponsablemente vigilada de las poblaciones.

    En este contexto, no bastan términos como “policrisis”[1]. No se niega la complejidad y diversidad del colapso y sus tendencias, pero es necesaria una nueva forma integradora de tratar el colapso. Alejarnos de las crisis individuales para llegar a un estudio combinado y definitivo. Esto es más urgente cuando se sabe que toda tendencia, por más respuestas que dé, niega las desigualdades de clase, género, poder y raza de la sociedad. No resulta óptimo ningún escenario cuando se reproducen tales condiciones.

    La amenaza del colapso

    Es preocupante cómo puede surgir el colapso, pero también lo es el cómo puede politizarse. Quizá debido al amarillismo y a la confusa definición del término en distintos ámbitos, el miedo al colapso -el que se quiera- derivó en la implementación de geopolíticas agresivas y extremistas que hacen uso del término para justificar cualquier acto atroz (militarización, especulación con desastres, bombardeos, genocidios, etc.).

    Esta instrumentalización no es nueva. La visión apocalíptica, sumada a una idea de la decadencia moral, se plasmó en distintos puntos de la historia. Se refleja en los trabajos de Edward Gibbon acerca de la caída del Imperio Romano, motivado por su anticatolicismo. Algo similar ocurrió con los nazis y su miedo a la caída civilizatoria.

    En este sentido, es importante desentrañar el colapso, presentar una definición plausible y entender cómo es que se mantiene la sociedad ante un constante desafío de crisis.

    Colapsología tradicional

    La colapsología es la disciplina encargada del estudio de la descomposición de la estructura social y se divide en diversas corrientes de pensamiento. Sin embargo, se critica que esta disciplina no es capaz de captar en su total magnitud los riesgos y dinámicas de la crisis planetaria actual. Este paradigma abunda en deficiencias: no otorga una definición políticamente útil del colapso, carece de una idea clara de por qué las sociedades se mantienen unidas, no es aplicable a nuestra dinámica actual, y carece de un marco normativo para la acción ética, entre otras cosas. En este sentido, se plantea un nuevo paradigma: la “colapsología crítica”.

    Para este punto, cabe aclarar que la mayoría de personas que niegan un colapso a escala global son generalmente aquellos no creyentes del paradigma empírico (ciencia empírica) actual. Estos individuos suelen poseer un pensamiento mágico acerca del mundo. De cualquier forma, las ciencias físicas no se pueden jactar de tener todas las respuestas. Es difícil establecer y consensuar un marco metodológico para un problema de tal amplitud. Esto conduce a un problema de indeterminación.

    Así, el término colapso no envuelve solo un problema epistémico, sino también político y existencial. Contiene “una profunda crisis de construcción de significado” que subyace a las crisis materiales del ahora. De esta característica se deriva una crisis de orientación. La colapsología crítica se propone resolver ambos problemas: el de indeterminación y la crisis de orientación.

    La colapsología tradicional resuelve el problema epistémico de la indeterminación a través de la identificación de tendencias similares dentro de distintas sociedades a lo largo de la historia (desde los Rapa Nui hasta el Imperio Romano de Occidente). Tales tendencias llevaron a cada sociedad al colapso. Sin embargo, en el caso actual, aplicar estos criterios de evaluación implica omitir dimensiones particulares del capitalismo, a la vez que convierte al analista en un observador pasivo del desastre inevitable.

    De esta manera, se sostiene que el colapso no puede explicarse con un puñado de factores. El problema es más complejo y dinámico. Los argumentos de la colapsología, además, incentivan una visión fragmentada de nuestra sociedad, como si cada factor fuera ajeno a otros tantos. En contraparte, se requiere una visión sistemática.

    Esta visión implica mirar hacia atrás en nuestra historia y reconocer que, pese a que el colapso actual no lo pueden explicar los colapsos pasados, la historia puede ofrecernos una mirada más amplia en torno a la importancia que instituciones y normas tienen en cada sociedad.

    Las instituciones hacen que el mundo sea coherente y también lo hacen vulnerable

    Para empezar, habrá que definir qué es una institución: este término hace referencia a aquellas formas generales de compresión y organización que cohesionan las sociedades. Además, las instituciones codifican información y estructuran aspectos del mundo de manera que los hagan “funcionar”.

    Estas instituciones son el marco de la colapsología crítica. Aunque, a diferencia de la sociología estructural-funcionalista, no considera a las instituciones como unidades cohesivas. Así, el capitalismo presenta una forma de integración, pero esta es la de disparidad estructural. De esta manera, se resuelve el inconveniente de la colapsología tradicional en torno a una teoría bien desarrollada de la estructura social (¿por qué se mantienen unidas las sociedades?).

    En este sentido, aplicado al capitalismo, la colapsología tradicional reduce el análisis a una serie de factores particulares y aparentemente inamovibles como causantes del desastre. En cambio, desde la colapsología crítica, se requiere indagar en las dinámicas de cada proceso, comprender cómo se sostiene la estructura capitalista a través de factores que se integran y se desintegran, aunque en estos se reproduzcan conjuntos fundamentales de relaciones sociales de clase, raza y género. Un análisis del metabolismo del capitalismo.

    Dentro de este marco institucional, también se aborda la cuestión relativa al antropoceno[2], a la “historia social” y a la “historia geológica”. En este sentido, y de manera polémica, se afirma que el período actual está más cerca de la Gran oxidación que de la Caída de Roma. Asimismo, se permite integrar los distintos factores considerados por la colapsología clásica, así como la integración de corrientes más “sistemáticas” como la ecología y la teoría de redes, y términos como resiliencia, robustez, puntos de inflexión, etc.

    ¿Qué tienen de crítico estas posturas? La respuesta reside en el reconocimiento de que el capitalismo no produce instituciones como otros sistemas sociales, sino que consolida la dominación como principio de ordenamiento social. Las instituciones que el capitalismo tiende a reproducir son aquellas cuya función dominante es la producción de valor y la reproducción de la ley del valor como principio de ordenamiento social. Esto lo hacen en tres niveles: organización, desplazamiento y producción de complejidad.

    Primera función: compresión

    “Organizar la complejidad implica comprimir lo heterogéneo en lo ordenado”. Esta función va de la mano con la canalización que realizan las instituciones, descrita anteriormente. Un ejemplo de tantos puede ser la implementación de fertilizantes de guano en los monocultivos y el proceso Haber Bosch, lo que acrecentó la producción de alimento en el mundo. El desarrollo de tecnología como la anterior permitió el “desarrollo de mayores complejidades sin requerir niveles infinitamente mayores de energía humana”. Es decir, la tecnología puede reducir el uso de energía.

    Los resultados de los avances tecnológicos de eficiencia agrícola, reflejados en semillas más resilientes, pueden considerarse como una especie de institución. Las relaciones que subyacen a este tipo de instituciones se reflejan en que, pese a menos uso de energía humana, los agricultores se encuentran encerrados en complejas relaciones de mercado que no pueden deshacer. Así es como la primera función de las instituciones (comprimir la complejidad en orden productivo) se transforma en su segunda función: desplazamiento de la complejidad.

    Segunda función: desplazamiento

    Los agricultores, al ser sujetos a la ley del precio único (ley del valor), hacen lo posible para homogeneizar procesos y sacar la mínima ventaja. De esta manera, el cambio constante se vuelve su rutina. De manera personal, cada transformación se puede percibir como un acercamiento al colapso; sin embargo, estos procesos son parte del metabolismo normal del capitalismo.

    En este sentido, el desplazamiento de la complejidad se ejemplifica de muchas formas: la erosión del suelo, la pérdida de masa forestal, el desplazamiento de poblaciones rurales, etc. “La revolución verde fue a la vez una compresión de la complejidad y un desplazamiento de la misma”.

    Tercera función: producción de complejidad

    La condición dependiente de los productores o consumidores a un sistema de mercado es cada vez más apremiante. En este sentido, la complejidad no solo se desplaza, sino que se produce. Las necesidades que se deben satisfacer se amplían y requieren ahora de más agentes y unidades para su satisfacción. A priori esto no es malo, pero la mediación institucional se vuelve cada vez más ineludible y, en ocasiones, brutalizadora.

    La tercera forma de funcionamiento institucional debe regresar a la primera: la homogeneización. Esto se puede expresar, y lo hace, por medio de ideas compartidas, de rebelión, de lazos de solidaridad sobre una base violentamente homogeneizada por el capitalismo. Así, aquellos que se benefician de las lógicas institucionales deben desmontar cualquier intento de homogeneización colectiva que atente contra sus intereses. Recuérdese que el mundo moderno se cimentó a través de colonización y genocidio, donde la el colapso se presentaba para las poblaciones objetivo.

    Colapsología aplicada

    El mundo capitalista moderno se cimentó y se reproduce a partir de las tres formas institucionales mencionadas. Su funcionamiento se basa en la creación de complejidades que derivan en la homogeneización abstracta del mundo, donde la ley del valor permea todas las formas de vida.

    En este contexto, la “colapsología aplicada” hace referencia a toda una serie de técnicas de gobernanza basadas en la creación de catástrofes y complejidades (genocidios, invasiones militares, explotación, etc.). Esto se puede llamar gobernanza por colapso en desarrollo.

    Los ejemplos prácticos son vastos. Pero en general, se concluye que “las dinámicas que impulsan y sustentan la solidez institucional moderna son, a la vez, funcional y estructuralmente patológicas”. Estas dinámicas institucionales crean vulnerabilidades y dependencias. En escala mayor, vuelven al planeta más susceptible al colapso.

    ¿Qué es entonces el colapso?

    No es un hundimiento de las instituciones, sino la creación de nuevas formas de complejidad inmanejable para cualquier composición institucional. No es una crisis ni una “policrisis” (como lo ocurrido en la posguerra, cuando la composición institucional tuvo que ser transformada por los gestores del capitalismo). En consecuencia, son complejidades incapaces de ser gestionadas por una fuerza de estado e incluso por formas capitalistas de gestión. Y aunque en un principio los más afectados sean los más excluidos del capitalismo, estas costosas “externalidades” afectan a todos.

    Ante una preocupación por el futuro, es importante identificar la diferencia entre “complejidades capturables” y una escalada inmanejable de estas, de forma que desplazan de un sistema a otro y se generalizan. El colapso es la generalización de tales complejidades inmanejables.

    ¿Queda un colapso?

    La colpasología tradicional carece de una teoría política clara. En ocasiones ofrece alternativas y sugiere prácticas basadas en el diagnóstico. Pero para involucrase de verdad con nuestra sociedad y contexto es necesario ir más allá de eso, profundizar y agudizar en términos prácticos. En este sentido, la propia ausencia de directrices políticas es reflejo de una sociedad fragmentada y en riesgo de colapso. En contraparte, un programa de respuesta debe estar permeado de compromiso visceral, político y emocional.

    Desde el lado de la izquierda política la propuesta también es deficiente. Las aspiraciones de izquierda se sustentan en una noción y estructura que se engendró con el propio mundo moderno. No tiene mucho sentido pregonar ideas utopistas de comunismo cuando estas mismas son producto de la “composición institucional moderna”. Las premisas del movimiento comunista son víctimas propias del colapso. Así, pues, sus objetivos no se pueden materializar tras tal escenario.

    No por lo anterior se incita a abandonar los valores de izquierda. Sin embargo, es importante reflexionar sobre qué tan plausible y posible es llevar a la práctica las ideas que uno tiene. Y, en función de ello, buscar alternativas. Al igual que en el capitalismo que critica, en la izquierda el futuro domina el presente. Con reflexión o no (y a pesar de surgir tras tensiones del propio mundo moderno y que estos parezcan irrealizables), los “valores comunistas” aún tienen fuerza. ¿Pero entonces fuerza para qué?

    “¿Hasta cuándo es factible mantener la esperanza?” no es la pregunta, sino “¿cuándo estamos obligados a renunciar a las formas específicas de animar la esperanza que estructuraron gran parte del pensamiento de izquierda de los siglos XIX y XX?”. Todos los intentos por legitimar los valores de la izquierda se derrumbaron. Cada día este pensamiento parece más una ilusión o un sueño quimérico, y en la misma medida se aleja de la realidad y de un futuro concreto. No hay un provenir alternativo, pero algo habrá que ocurrir y nosotros tenemos que descubrirlo.


    Notas

    [1] Pese a que existen diversas definiciones, se pueden reconocer las siguientes características en la mayoría de ellas: La interacción y no solo la simultaneidad de las crisis, los daños de las crisis que se entrecruzan son peores a que sí los daños fuesen de las mismas crisis pero aisladas, la ausencia de causas y soluciones únicas, interconectividad global, y nuestra incapacidad para comprender el caos en el que nos encontramos.

    [2]El Antropoceno designa una nueva época geológica cuyo rasgo central es el protagonismo de la humanidad, convertida ahora en agente de cambio medioambiental a escala planetaria. De ahí su denominación, de origen griego: la Edad Humana (de anthropos, "hombre", y kainos, "nuevo").

    Fuentes:
    [1] Michael Lawrence, What does the term polycrisis mean?, Polycrisis, https://polycrisis.org/courses/learning-journey/
    [2] Arias Maldonado, Manuel [2018], Antropoceno. La política en la era humana., Barcelona, Taurus, 256 pp.

Nexo con el tema que estudiamos: 

    Los postulados de la colapsología crítica constituyen un aparato potente para comprender el contexto de las sociedades contemporáneas de una manera más completa. Estos postulados van de la mano con la tesis de la crisis civilizatoria.

    En un mundo cada vez más fragmentado, la colapsología crítica presenta una luz para vislumbrar con claridad la dialéctica que subyace bajo la dinámica capitalista actual. A pesar de que las crisis se presenten en diversas variantes y magnitudes, hay una dialéctica común que puede explicarlas. Al seguir esta línea, se entiende cómo y por qué hay un colapso al cual nos dirigimos de manera irremediable.

    Desde la experiencia individual hasta la colectiva, y desde las respuestas psicológicas hasta los estragos en la naturaleza: todas estas complejidades son producto de una época y se encuentran en una ruta hacia el colapso. Falta de alimento, despilfarro de recursos y energía, delincuencia organizada, genocidios, atentados, migración, exterminio de naturaleza, ansiedad colectiva, explotación infantil, aspiracionismo económico, etc... todos ellos son ejemplo, en diferente escala (aunque muchas de ellas estrechamente relacionadas), de complejidades derivadas de un mismo sistema.

    No es policrisis, ni síntomas de que algo en el sistema está mal; es la evidencia de que el sistema en sí mismo está mal. Un sistema que permeó todo por la ley del valor y solo se preocupa por generar ganancia. El capitalismo ahora puede beneficiar a unos pocos, pero llegará un punto en el que estos serán víctimas del mismo yugo que el resto de población vulnerable. Es una ilusión creer que la disparidad económica y política del presente va a durar mucho tiempo más. El colapso o es completo, o no lo es.

    Quizá no hay alternativa, pero tampoco es justo quedarse con los brazos cruzados y esperar a que la muerte nos sorprenda cotizando acciones de coca cola. El inconformismo, la crítica y la esperanza son de las pocas cosas que nos quedan, y nosotros también debemos agotar hasta el último de estos recursos.