7. Centrales zombies: la amenaza fantasma
Correia, Mickaël [2024], "7. Centrales zombies: la amenaza fantasma", Criminales climáticos. Las multinacionales que arrasan el planeta, Madrid, Altamarea, pp. 117-129.
Mickaël Correia es periodista e investigador francés especializado en temas ambientales, climáticos y sociales. Su trabajo se centra en el análisis de las relaciones entre poder económico, modelo energético y crisis ecológica, con énfasis en la responsabilidad de las grandes empresas y los estados en el deterioro ambiental. Ha colaborado en distintos medios de comunicación y es autor de investigaciones periodísticas sobre cambio climático, industria fósil y conflictos socioambientales.
El capítulo se abre con el análisis de una escena diplomática y empresarial que el autor utiliza para poner en evidencia las contradicciones estructurales de la transición energética contemporánea. A partir del acuerdo entre la empresa francesa Eléctricité de France (EDF) y el gigante chino China Energy para el desarrollo de un megaproyecto de energía eólica marina, el texto muestra cómo los discursos oficiales sobre cooperación climática y descarbonización conviven con una realidad marcada por la expansión masiva de infraestructuras fósiles. Esta introducción permite situar el caso chino en un marco más amplio de gobernanza energética global, en el que los anuncios de reducción de emisiones y los compromisos internacionales operan como narrativas legitimadoras.
Los proyectos renovables, altamente mediatizados y presentados como emblemas de la lucha contra el cambio climático, representan solo una fracción marginal frente a la capacidad instalada de las centrales térmicas de carbón en las que participan las mismas empresas. En el caso analizado, la electricidad producida por las centrales subcríticas copropiedad de EDF y China Energy supera ampliamente la del parque eólico promovido como símbolo de cooperación verde. Esta desproporción permite introducir una crítica central del capítulo: la transición energética no implica necesariamente una ruptura con el modelo fósil, sino que puede coexistir con su profundización.
Por otro lado, también se pone de relieve la dimensión política de estos acuerdos, al mostrar cómo los gobiernos nacionales utilizan la retórica de la transición energética para proyectar una imagen de liderazgo climático en el escenario internacional. En el caso francés, el autor señala la instrumentalización de la cooperación con China como prueba del compromiso ambiental del estado, mientras se oculta la implicación directa de empresas nacionales en proyectos fósiles altamente contaminantes. Esta estrategia discursiva permite mantener intactos los intereses económicos y geopolíticos asociados al sector energético.
Finalmente, el texto establece el eje central del capítulo al mostrar que la expansión del carbón en China no es un residuo del pasado, sino un componente activo del presente energético global. La coexistencia entre energías renovables y combustibles fósiles no aparece como una fase transitoria, sino como una característica estructural de un modelo que prioriza la rentabilidad, la seguridad energética y el crecimiento económico sobre la reducción efectiva de emisiones. Esta introducción prepara así el terreno para el análisis detallado de la industria del carbón, su poder político y sus efectos devastadores sobre el clima y la vida.
Un tsunami de carbón
En este apartado, el autor documenta la magnitud de la expansión reciente del carbón en China, presentándola como un proceso masivo y sistemático que contradice los compromisos climáticos anunciados por el estado chino. A partir de datos de organismos internacionales y centros de investigación especializados, se muestra que China concentra una parte sustantiva de la construcción mundial de nuevas centrales térmicas de carbón, con proyectos que, de completarse, añadirían una capacidad instalada equivalente a la de países enteros. También se subraya que esta expansión no es marginal ni residual, sino un eje central de la política energética del país.
El texto destaca el papel de China Energy como actor dominante de este proceso. Aunque la empresa es presentada frecuentemente como líder mundial en energías renovables, en particular en el sector eólico, el autor demuestra que su actividad principal sigue siendo la construcción y operación de centrales de carbón. Esta dualidad permite ilustrar cómo la visibilidad pública de las energías limpias funciona como una pantalla que oculta el peso real del sector fósil en la estructura energética china. La estrategia empresarial combina, así, inversiones simbólicas en renovables con una expansión continua de infraestructuras altamente contaminantes.
Una de las causas fundamentales de este “tsunami de carbón” se encuentra en la reorganización administrativa del sector energético a partir de 2014. La transferencia de competencias para autorizar nuevas centrales desde el gobierno central hacia las autoridades provinciales generó una carrera por la aprobación de proyectos, impulsada por intereses económicos locales, la competencia interregional y la necesidad de sostener el crecimiento. Este proceso dio lugar a una proliferación de permisos que el estado central fue incapaz de controlar de manera efectiva.
Aunque el gobierno chino intentó posteriormente frenar la expansión mediante decretos de suspensión, listas de cierre y planes de racionalización del sector, el texto muestra que estas medidas tuvieron un impacto limitado. Muchas centrales continuaron construyéndose pese a las prohibiciones formales, aprovechando vacíos legales, ambigüedades normativas o la debilidad de los mecanismos de supervisión. En la práctica, la política de contención del carbón coexistió con su expansión material.
Uno de los elementos más relevantes del apartado es la introducción de las llamadas “centrales zombis”: proyectos oficialmente cancelados o suspendidos que, sin embargo, continuaron avanzando de manera encubierta. Gracias al análisis de imágenes satelitales y a la comparación de bases de datos oficiales, organizaciones independientes lograron identificar cientos de instalaciones en distintas fases de construcción, cuya capacidad acumulada representa un volumen de emisiones incompatible con los objetivos climáticos globales.
El texto enfatiza que la magnitud de este fenómeno no puede explicarse únicamente por errores de planificación o falta de coordinación administrativa. Por el contrario, el “tsunami de carbón” aparece como el resultado de una convergencia entre intereses empresariales, dinámicas territoriales y una concepción del desarrollo basada en la disponibilidad abundante y barata de energía fósil. Esta expansión masiva compromete directamente la posibilidad de cumplir los objetivos del Acuerdo de París, incluso en escenarios optimistas de reducción de emisiones en otros países.
El crecimiento del parque carbonífero chino debe entenderse como un proceso con implicaciones planetarias. Dado el peso de China en las emisiones globales de dióxido de carbono, la continuidad y ampliación de estas infraestructuras no solo afecta al balance energético nacional, sino que condiciona de manera decisiva el futuro climático global. El “tsunami de carbón” se presenta así como una de las principales amenazas estructurales a cualquier estrategia efectiva de mitigación del cambio climático.
Un sector nada sombrío
En esta sección, el autor analiza las bases sociales y económicas que sostienen la centralidad del sector carbonífero en China, mostrando que su persistencia no responde únicamente a decisiones energéticas, sino a su función estructural en el modelo de desarrollo. El carbón aparece como un pilar fundamental del empleo industrial y minero, especialmente en regiones donde la economía local depende casi exclusivamente de la extracción y transformación de este recurso. Esta dependencia convierte al sector en un elemento clave para la estabilidad social y política, dificultando cualquier intento de reducción drástica de su actividad.
El estado chino y las empresas energéticas presentan el carbón como garante del desarrollo nacional y de la soberanía energética. Los mineros y trabajadores del sector son representados como actores esenciales del progreso económico, lo que contribuye a legitimar socialmente una actividad altamente contaminante. Esta dimensión simbólica refuerza el peso político del sector y limita la posibilidad de cuestionarlo abiertamente, incluso en un contexto de creciente preocupación ambiental.
Acerca del costo humano de esta industria, se señala que el carbón continúa siendo una de las actividades más peligrosas del país. A pesar de los avances tecnológicos y de la modernización del sector, los accidentes laborales siguen siendo frecuentes y mortales. Las estadísticas oficiales tienden a minimizar estas cifras, ocultando la magnitud real de la violencia laboral asociada a la minería del carbón. Esta dimensión permite vincular la destrucción ambiental con formas concretas de explotación del trabajo.
El impacto sanitario de la quema de carbón ocupa un lugar central en el análisis. Así, se señala que la contaminación atmosférica generada por las centrales térmicas es responsable de un número elevado de muertes prematuras, especialmente en las grandes áreas urbanas. Enfermedades respiratorias, cardiovasculares y otros padecimientos asociados a la mala calidad del aire afectan de manera desproporcionada a las clases trabajadoras y a las poblaciones más vulnerables, lo que introduce una dimensión de desigualdad social en la crisis ambiental.
Pese a estos costos humanos y ambientales, el texto muestra que China mantiene su posición como principal productor mundial de carbón. Las políticas de reducción anunciadas por el gobierno no se traducen en una disminución efectiva de la producción, sino en ajustes temporales o en el cierre selectivo de las minas menos rentables. Paralelamente, se autorizan nuevas explotaciones de gran escala que aseguran la continuidad del sector a largo plazo, consolidando su papel en la matriz energética nacional.
El carácter “nada sombrío” del sector carbonífero no reside en la ausencia de impactos negativos, sino en su visibilidad y centralidad dentro del proyecto económico chino. Lejos de ser una actividad marginal o en declive, el carbón se presenta como un sector estratégico, protegido política y simbólicamente, incluso a costa de la salud pública y del equilibrio ambiental. Esta persistencia revela la profundidad de los obstáculos estructurales que enfrenta cualquier intento de transición energética real.
Presión pirómana
En este apartado, se examina el papel político de las empresas del sector energético y su capacidad para influir de manera decisiva en la orientación de las políticas públicas. El análisis se centra en la acción del lobby del carbón, articulado principalmente a través del Consejo chino de la electricidad, que actúa como intermediario entre las grandes empresas energéticas y el estado. Este organismo no solo representa los intereses del sector, sino que participa activamente en la formulación de normas, planes y estrategias energéticas a escala nacional.
El texto muestra cómo esta presión organizada ha logrado frenar o diluir reformas orientadas a limitar el uso del carbón. A pesar de las advertencias de científicos, organismos internacionales y agencias estatales sobre la necesidad de reducir de forma acelerada las emisiones de dióxido de carbono, el lobby energético ha impuesto el argumento de la seguridad del suministro eléctrico como prioridad absoluta. La defensa del carbón se presenta así como una cuestión técnica y estratégica, despolitizando sus impactos ambientales y sociales.
También se detalla que las empresas del sector no solo reaccionan ante las políticas climáticas, sino que adoptan una actitud ofensiva para ampliar su margen de acción. Mediante informes, comunicados y campañas internas, el lobby carbonífero promueve la idea de que la reducción del carbón pondría en riesgo el crecimiento económico, el empleo y la estabilidad social. Así se crea un clima de urgencia que justifica la autorización de nuevas centrales y la prolongación de la vida útil de las existentes.
El contexto geopolítico ocupa un lugar central en el análisis. Las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos refuerzan el discurso a favor del carbón, al ser presentado como una fuente de energía nacional, abundante y controlable. En este marco, la dependencia de combustibles fósiles importados aparece como una vulnerabilidad estratégica, lo que fortalece la posición de las empresas carboníferas frente a otras opciones energéticas. La crisis internacional se convierte así en un argumento para profundizar la explotación de recursos altamente contaminantes.
Esta presión política se traduce en decisiones dentro del aparato estatal. Documentos oficiales y declaraciones de altos funcionarios reproducen los argumentos del lobby energético, diluyendo los compromisos climáticos y posponiendo indefinidamente cualquier ruptura con el modelo fósil. La frontera entre regulación pública e intereses empresariales aparece borrosa, evidenciando una forma de gobernanza energética en la que el sector privado ejerce una influencia estructural.
El autor caracteriza esta dinámica como una “presión pirómana”, en la medida en que las mismas empresas responsables de una parte sustantiva de las emisiones de gases de efecto invernadero impulsan políticas que intensifican la crisis climática. Lejos de actuar como actores de la transición, las empresas del carbón operan como fuerzas que alimentan el incendio ambiental, mientras se presentan públicamente como garantes de la estabilidad y el desarrollo. Así se muestra el papel activo del poder empresarial en la destrucción ambiental.
El Gran salto atrás
Se evalúa el giro reciente de la política energética china, caracterizándolo como un retroceso significativo respecto a los compromisos de reducción de emisiones asumidos en el marco del Acuerdo de París. A partir de 2019, se reactiva el sector carbonífero, impulsado por decisiones estatales que priorizan el crecimiento económico y la seguridad energética sobre la mitigación del cambio climático. Este “Gran salto atrás”* no aparece como un accidente coyuntural, sino como una reorientación deliberada de la estrategia energética nacional.
En este sentido, se analiza los informes de la Agencia internacional energía y de organismos estatales chinos para mostrar que el ritmo de construcción de nuevas centrales térmicas se aceleró en un contexto de desaceleración económica y tensiones geopolíticas. La respuesta del estado consistió en relajar los controles sobre el sector fósil y presentar el carbón como una solución inmediata para sostener la actividad industrial. Esta estrategia refuerza la dependencia estructural del país respecto a una fuente de energía altamente contaminante, aun cuando existen alternativas tecnológicas disponibles.
Un elemento central del análisis es el examen del XIV Plan Quinquenal, en el cual el autor identifica una notable ambigüedad en torno a los objetivos climáticos. Aunque el documento menciona la neutralidad de carbono como horizonte de largo plazo, evita establecer límites claros y vinculantes a las emisiones de dióxido de carbono y al uso del carbón. Esta falta de definiciones precisas es interpretada por las empresas energéticas como una señal de tolerancia, lo que facilita la continuación y expansión de proyectos fósiles.
Esta ambigüedad normativa contrasta con la claridad de los objetivos económicos e industriales, que sí cuentan con mecanismos concretos de implementación. En la práctica, el desarrollo de infraestructuras carboníferas recibe un respaldo político explícito, mientras que la transición energética queda subordinada a consideraciones de rentabilidad y estabilidad del sistema. También muestra cómo esta asimetría refleja una jerarquía de prioridades en la que el clima ocupa un lugar secundario.
Finalmente, el autor enfatiza las implicaciones globales de este giro político. Dado el peso de China en las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, la continuidad del modelo carbonífero compromete seriamente la posibilidad de alcanzar los objetivos climáticos internacionales. Incluso si otros países redujeran drásticamente sus emisiones, la expansión del carbón en China bastaría para desbordar los límites compatibles con un calentamiento global controlado. El “Gran salto atrás” aparece así como un fenómeno de alcance planetario, que evidencia los límites estructurales de la gobernanza climática actual.
* El autor hace una analogía con el El gran salto adelante, que "fue una campaña de medidas económicas, sociales y políticas implantadas en la República Popular China entre 1958 y 1962, durante el gobierno de Mao Zedong, con el objetivo de transformar la tradicional economía agraria china a través de una rápida industrialización y colectivización. El Gran Salto Adelante fue, junto con el movimiento de la comuna popular, el principal cambio al régimen rural chino en el siglo XX. Ambas políticas incluyeron la creación de las comunas populares, la prohibición de la agricultura privada, el impulso de los proyectos intensivos en mano de obra y la política llamada caminando con dos piernas, que combinaba las pequeñas y medianas iniciativas industriales, con los grandes emprendimientos, alejándose así del modelo soviético. https://es.wikipedia.org/wiki/Gran_Salto_Adelante
1) China concentra más de 50 % de la capacidad mundial en construcción de nuevas centrales de carbón, con cientos de proyectos en distintas fases de desarrollo.
2) Las centrales térmicas de carbón construidas o gestionadas por China Energy emiten varios cientos de millones de toneladas de CO2 al año, superando ampliamente las emisiones evitadas por sus proyectos de energía eólica.
3) La capacidad acumulada de las llamadas centrales zombis identificadas mediante imágenes satelitales equivale a más de 250 GW, una potencia comparable a la totalidad del parque térmico de carbón de Estados Unidos.
4) La contaminación atmosférica vinculada al uso del carbón provoca cientos de miles de muertes prematuras anuales en China, principalmente por enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
5) China produce alrededor de 3 800 millones de toneladas de carbón anuales, lo que la mantiene como el principal productor mundial.
La expansión del sector carbonífero chino constituye un factor estructural del agravamiento de la crisis climática, más allá de los discursos oficiales sobre transición energética. La persistencia y ampliación de infraestructuras fósiles evidencia que la degradación ambiental no es un efecto colateral, sino un resultado directo de estrategias económicas y energéticas orientadas a sostener el crecimiento y la acumulación.
En ese contexto es preciso problematizar las respuestas centradas en la gestión técnica y en la diversificación energética sin cuestionamiento del modelo fósil. Las inversiones en energías renovables aparecen como mecanismos de adaptación del sistema, incapaces de contrarrestar el impacto ambiental de la expansión del carbón, lo que revela los límites de las estrategias dominantes de mitigación.
El capítulo aporta al estudio de las empresas transnacionales y la gobernanza mundial al analizar la actuación de grandes conglomerados energéticos, como China Energy y sus socios internacionales, cuya influencia rebasa el ámbito nacional. A través de estos estudios de caso, se muestra cómo las decisiones empresariales inciden directamente en la orientación de las políticas públicas y en el cumplimiento de compromisos climáticos globales.
La continuidad de la expansión fósil es una forma de asegurar energía abundante y barata, incluso en un contexto de crisis climática. La convergencia entre intereses empresariales, prioridades estatales y discursos de estabilidad social consolida el papel de las CTN del sector energético en el colapso sistémico asociado al cambio climático.

