De cómo sobrevivir en medio de una crisis globalizada. Paradojas eco-lógicas

Cita: 

Melville, José y Leonardo Tyrtania (2025), "De cómo sobrevivir en medio de una crisis globalizada. Paradojas eco-lógicas, Iberoforum. Revista de Ciencias Sociales, Nueva Época, 5(2): 1-31, https://doi.org/10.48102/if.2025.v5.n2.376

Fuente: 
Artículo científico
Fecha de publicación: 
Lunes, Julio 14, 2025
Tema: 
Crisis ambiental global y límites energéticos del desarrollo: una reinterpretación desde la energética social y la teoría del actor-red
Idea principal: 

    José Antonio Melville. Doctor y maestro en Ciencias Antropológicas por la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa (UAM-I); ganador del premio a la mejor tesis de doctorado en Ciencias Sociales por la Academia Mexicana de Ciencias (2023), y docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) desde 2016.

    Leonardo M. Tyrtania. Licenciado en Antropología por la Universidad Iberoamericana, con un trabajo sobre la agroecología en la Sierra Norte de Oaxaca; maestro y doctor en Ciencias Antropológicas por la UAM-I; especialista en temas de evolución, sociedad, ecología política y economía campesina. Fue profesor-investigador por tres décadas del Departamento de Antropología de la UAM-I.


    Introducción

    Pensar la crisis ambiental actual exige reconocer que la expansión de las sociedades humanas ocurre a costa del deterioro del propio entorno que sostiene la vida social. La degradación ecológica no disminuye ni se corrige mediante discursos optimistas; más bien se profundiza mientras ciertas narrativas intentan presentarla como un problema manejable. En ese contexto se consolida la idea del desarrollo sustentable, difundida como una promesa de compatibilidad entre crecimiento económico y protección ambiental. Tal promesa funciona como un mito contemporáneo que suaviza la gravedad del problema y permite que el modelo económico basado en el consumo continúe operando sin modificaciones sustanciales.

    Comprender esta situación requiere revisar la forma en que se interpreta la relación entre naturaleza y cultura. La sociedad forma parte de procesos naturales, aunque sólo puede percibirlos mediante marcos culturales construidos a través de conceptos, símbolos y narrativas. Esta mediación cultural permite organizar la experiencia del mundo, pero también abre la posibilidad de justificar prácticas que deterioran el entorno mientras se sostiene la ilusión de que la crisis permanece bajo control. De esta manera, la idea del capitalismo verde se convierte en una narrativa que legitima la continuidad del sistema económico sin cuestionar sus fundamentos materiales.

    A su vez, los principios físicos que rigen los procesos energéticos muestran los límites de ese discurso. Los sistemas naturales siguen dinámicas irreversibles y presentan un desgaste constante que impide sostener cualquier expansión indefinida sin pérdidas. A pesar de esta condición básica del mundo físico, el pensamiento económico dominante continúa privilegiando criterios de eficiencia económica antes que energética. El resultado es una contradicción persistente entre las prácticas del sistema económico y las condiciones materiales que permiten la existencia de la vida.

    Diversas corrientes académicas han intentado responder a este dilema. Algunas propuestas sostienen que el bienestar humano no depende exclusivamente de la acumulación material y plantean redefinir la prosperidad mediante transformaciones sociales e institucionales que reduzcan la presión sobre los recursos naturales. Desde esta perspectiva, la participación social, el desarrollo colectivo y la reorganización del consumo se presentan como elementos centrales para construir sociedades menos dependientes del crecimiento económico permanente.

    Otra aproximación se desarrolla dentro del campo de la ecología política, donde la relación entre sociedad y naturaleza se analiza a partir de las estructuras de poder que articulan al estado con el capital. Los conflictos socioambientales aparecen entonces como disputas por el control de territorios y recursos. Sin embargo, este enfoque no siempre incorpora de manera suficiente los principios energéticos que condicionan el funcionamiento de los sistemas naturales.

    Frente a estas limitaciones, el texto propone una lectura que integra la teoría del actor red con la energética social para replantear la relación entre naturaleza y cultura. Desde esta perspectiva, ambos ámbitos forman parte de una red de relaciones en la que circulan flujos de energía, materia y poder. La crisis ambiental contemporánea refleja una forma de expansión social basada en jerarquías intensas y consumo creciente de recursos que acelera el desgaste del sistema planetario.

    Reconocer los límites materiales del planeta implica cuestionar la idea de crecimiento ilimitado como fundamento del progreso humano. La permanencia de la humanidad depende de reorganizar las relaciones energéticas que sostienen la vida social. Explorar formas de organización capaces de reducir la presión sobre la naturaleza se vuelve entonces una condición necesaria para prolongar los ciclos de vida dentro de un planeta finito.

    El diagnóstico

    La crisis ambiental contemporánea se manifiesta en alteraciones profundas del sistema planetario. El calentamiento global asociado con la industrialización y con la quema de combustibles fósiles modifica el equilibrio climático y provoca fenómenos cada vez más extremos. Incendios forestales masivos, desaparición acelerada de especies, elevación del nivel del mar, tormentas más intensas y sequías prolongadas muestran un deterioro generalizado de los ecosistemas. A estos procesos se suman el deshielo del suelo congelado (permafrost) y la acidificación de los océanos, señales de una crisis que atraviesa diversos componentes de la biosfera.

    De forma paralela, la expansión de la tecnosfera transforma la estructura material del planeta. Infraestructuras, materiales de construcción, plásticos, metales y otros productos derivados de la actividad económica se acumulan en cantidades crecientes y modifican el paisaje terrestre. Esta expansión material revela el peso alcanzado por la producción humana dentro del sistema terrestre. Al mismo tiempo, residuos como los microplásticos alteran ecosistemas marinos y afectan organismos fundamentales para el equilibrio de los ciclos ecológicos.

    Aceptar este diagnóstico conduce a una dificultad central. Aunque las causas humanas del deterioro ambiental se conocen, no existe un sujeto colectivo capaz de actuar de manera coordinada frente al problema. La humanidad funciona más como una categoría abstracta que como un actor político efectivo. En contraste, el sistema mundial se organiza alrededor de corporaciones transnacionales cuya lógica prioriza la competencia económica y la permanencia en el mercado.

    La estructura económica global refuerza esta dinámica. Concentración del poder económico, expansión del crédito, privatización de bienes públicos e influencia creciente de sectores industriales estratégicos, configuran un orden donde decisiones de gran alcance quedan fuera del control público. En este contexto, las élites económicas ejercen influencia considerable sin mecanismos efectivos de rendición de cuentas.

    Interpretar una crisis de tal magnitud resulta complejo debido a la multiplicidad de factores involucrados. Procesos de destrucción ambiental avanzan con rapidez, mientras reconstruir condiciones ecológicas estables exige tiempo, energía y costos elevados. En consecuencia, la narrativa dominante de eficiencia económica muestra límites para enfrentar la magnitud del problema.

    Cuestionar el discurso del capitalismo verde se vuelve necesario. Presentar el desarrollo sustentable como solución suficiente mantiene intactas las estructuras que producen el deterioro ambiental y dificulta imaginar alternativas frente a los límites físicos del planeta.

    El neolenguaje orwelliano de “desarrollo sustentable”

    El concepto de “desarrollo sustentable” circula en la academia, en los medios y en la política internacional como una respuesta posible frente a la crisis ambiental. Bajo esta narrativa se afirma que la naturaleza funciona como una fuente generosa de bienes y “servicios ambientales” capaz de sostener el crecimiento económico siempre que se administren adecuadamente los recursos.

    La propuesta se consolidó en el debate internacional sobre el cambio climático y se integró posteriormente en programas globales de desarrollo. No obstante, un análisis más cuidadoso revela que esta formulación descansa sobre supuestos frágiles y sobre una confianza excesiva en la capacidad de las sociedades para conciliar crecimiento económico y equilibrio ecológico.

    La vida urbana contemporánea refleja de manera clara las contradicciones de este planteamiento.

    Las ciudades concentran redes de electricidad, agua potable, gas doméstico, transporte privado y una amplia variedad de servicios que requieren grandes cantidades de energía y materiales. Este modelo de consumo genera flujos constantes de residuos que se dispersan en el ambiente o se descargan en los océanos. La proliferación de mares degradados, acumulaciones de basura flotante y alteraciones en las corrientes marinas evidencia el deterioro progresivo de los ecosistemas oceánicos.

    Junto con estos procesos aparecen formas de contaminación menos visibles pero igualmente persistentes. Partículas microscópicas provenientes de plásticos y de otros materiales industriales se encuentran ya distribuidas en agua, aire y suelos. Estas sustancias no cuentan con métodos de reciclaje económicamente viables y permanecen en los ecosistemas durante largos periodos.

    De forma paralela, la calidad del aire en las ciudades se deteriora mientras la saturación de las vialidades muestra los límites de la infraestructura urbana. La expansión de la agroindustria destinada a abastecer a los centros urbanos intensifica además el desgaste de los suelos y transforma paisajes agrícolas enteros.

    Frente a estas evidencias, el discurso dominante sostiene que los problemas ambientales representan efectos temporales del progreso que desaparecerán con el avance de la tecnología. Bajo esta lógica se propone una transición hacia energías consideradas limpias o renovables que permitirían reorganizar la economía sin alterar el crecimiento. Automóviles eléctricos, energías alternativas y nuevos desarrollos tecnológicos se presentan como símbolos de un futuro compatible con la protección ambiental.

    Sin embargo, este optimismo tecnológico pasa por alto que la producción de tales dispositivos depende de procesos industriales intensivos en energía y en extracción de recursos. La fabricación de tecnologías destinadas a captar energías renovables requiere minerales, metales, plásticos y complejas cadenas de transporte que continúan vinculadas a la infraestructura energética existente. En consecuencia, la transición energética se desarrolla dentro del mismo sistema material que pretende transformar.

    El problema central radica en la tendencia de las ciencias sociales y económicas a explicar el funcionamiento del mercado sin considerar los límites físicos que impone la naturaleza. Los sistemas socioeconómicos pueden ignorar temporalmente las leyes de la termodinámica, pero no pueden sustraerse a sus efectos. La expansión constante de la extracción de recursos y del consumo energético responde a una lógica económica orientada al crecimiento permanente, aun cuando los sistemas naturales muestran señales claras de agotamiento.

    En este contexto, la narrativa del desarrollo sustentable funciona como un lenguaje que suaviza las tensiones entre economía y naturaleza. Al presentar la innovación tecnológica y el mercado como soluciones universales, se desplaza la atención de los límites materiales que condicionan la vida en el planeta y se mantiene la expectativa de que el crecimiento económico puede continuar indefinidamente.

    La paradoja de no retorno

    El discurso sobre energías limpias parte de una premisa engañosa: supone que la energía puede renovarse indefinidamente sin consecuencias materiales. Sin embargo, las leyes que rigen el funcionamiento del universo indican que toda energía utilizada en un sistema pierde parte de su potencia y no puede recuperarse completamente. Esto implica que cuanto mayor es la cantidad de dispositivos tecnológicos destinados a aprovecharla, mayor resulta el gasto energético y mayor también la producción de residuos.

    A pesar de esta realidad, se mantiene la creencia de que la economía puede alcanzar un equilibrio permanente mediante reciclaje, eficiencia tecnológica y expansión de energías consideradas limpias. Esa confianza se refleja en la llamada agenda verde, presentada como una estrategia capaz de conciliar crecimiento económico y protección ambiental.

    A este problema se añade una creencia igualmente difundida: la idea de que el mercado puede resolver la escasez de recursos mediante los mecanismos de oferta y demanda. Bajo esta lógica, cualquier déficit energético se interpreta como un desajuste temporal que se corregirá mediante nuevos descubrimientos o mejoras tecnológicas. El argumento sostiene que el crecimiento económico puede continuar indefinidamente gracias a la innovación y a la expansión del comercio.

    No obstante, los sistemas económicos operan dentro de límites físicos que no pueden ignorarse. Las leyes de la termodinámica establecen que toda transferencia de energía implica pérdidas irreversibles. Estas pérdidas se acumulan con el tiempo y limitan la posibilidad de sostener procesos de expansión permanente. En un sistema abierto, la energía utilizada debe reemplazarse constantemente por nuevas fuentes, lo que incrementa la presión sobre los recursos disponibles.

    Desde esta perspectiva surge la paradoja de la eficiencia energética. Las pérdidas derivadas del uso de energía solo pueden compensarse mediante un mayor consumo, lo que impulsa la expansión económica. Así, el crecimiento aparece como solución al desgaste energético, aunque al mismo tiempo intensifica la extracción de recursos y acelera el deterioro ambiental.

    La voz de los participantes

    La teoría del actor red (actor network theory; ANT) plantea que la vida social no se compone únicamente de relaciones entre humanos, sino de asociaciones más amplias en las que intervienen también entidades no humanas. Materiales, objetos, narrativas o ideologías participan en la configuración de redes que hacen posible la formación de colectivos. Desde esta perspectiva, la ANT no se presenta como una teoría cerrada ni como un modelo explicativo general, sino como una sensibilidad analítica y un conjunto de herramientas metodológicas destinadas a describir situaciones concretas y observar cómo se conforman las asociaciones entre distintos participantes.

    Este enfoque busca evitar dicotomías arraigadas en las ciencias sociales, como naturaleza y sociedad, sujeto y objeto, agente y estructura o micro y macro. En lugar de partir de tales oposiciones, propone seguir las conexiones que establecen los actores dentro de una red determinada. Los actores no humanos pueden facilitar o dificultar la formación de grupos según el contexto y los conflictos presentes en cada situación. De este modo, las estructuras sociales no se entienden como entidades estables, sino como procesos en permanente transformación, donde las relaciones se reorganizan continuamente.

    A partir de esta perspectiva se cuestiona también la separación entre naturaleza y cultura asociada a la modernidad. La modernidad introdujo la idea de que la humanidad podía situarse por encima del entorno natural y organizar su desarrollo de manera independiente. Esa distinción generó la impresión de que la vida social podía avanzar separada de los procesos naturales. Sin embargo, la existencia humana depende de manera directa de las condiciones materiales del mundo natural para producir cultura y sostener la vida social.

    La propuesta de Latour presenta afinidades con la energética social desarrollada por Richard N. Adams. Ambos enfoques coinciden en que lo social no puede explicarse exclusivamente mediante relaciones humanas, sino que debe incorporar también las fuerzas naturales implicadas en la organización de las sociedades. Mientras la ANT describe redes formadas por actores y actantes asociados, la energética social plantea unidades operativas que procesan energía, materia e información para asegurar su supervivencia.

    Desde esta mirada, el desarrollo social implica simultáneamente expansión y destrucción. La transformación de recursos naturales en productos útiles genera residuos y modifica el entorno. Al mismo tiempo, los procesos de crecimiento económico pueden producir desigualdades profundas, visibles en las relaciones de explotación entre regiones altamente desarrolladas y regiones subdesarrolladas.

    Las redes sociales pueden entenderse como ensamblajes dinámicos compuestos por actores y actantes humanos y no humanos que alcanzan una estabilidad relativa cuando sus interacciones se consolidan. En ese momento la red se normaliza y actúa como una unidad que representa al colectivo. Comprender estos ensamblajes exige observar simultáneamente a los actores y a las redes que los conectan, ya que ninguno puede existir de forma independiente del otro.

    La última palabra la tienen las fuerzas ambientales

    Las sociedades pueden entenderse como sistemas que sobreviven mediante el uso constante de energía, materia e información. Desde la energética social, Richard N. Adams describe estos sistemas como unidades operativas que mantienen su organización procesando recursos del entorno. Esta dinámica implica que toda sociedad conserva memoria de experiencias anteriores y utiliza esa información para regular su funcionamiento. En este sentido, la vida social no aparece separada de la naturaleza, sino integrada en una historia natural donde interactúan seres humanos, elementos materiales y condiciones ambientales.

    Una idea similar se encuentra en los planteamientos de Bruno Latour. Para este autor, lo social no se explica únicamente por la acción de los individuos, sino por redes de interacción donde participan actores humanos y no humanos. Estas redes forman configuraciones que permiten la continuidad de la vida colectiva dentro de un ambiente específico. Desde ambas perspectivas, la sociedad debe analizarse como parte de procesos naturales más amplios y no como una realidad independiente del entorno.

    Dentro de esta visión evolucionista, el desarrollo de las sociedades no se inicia con el ser humano ni con las formas económicas modernas. La evolución del universo produce diferentes modos de expansión de los sistemas. Uno de estos modos se manifiesta como una tendencia horizontal, basada en la repetición o reproducción de formas existentes. Otro corresponde a una tendencia vertical, caracterizada por transformaciones que introducen nuevas formas de organización y mayor complejidad. Ambos procesos actúan al mismo tiempo y ayudan a explicar las distintas formas de organización social.

    La investigación antropológica de Edmund Leach sobre la sociedad kachín ofrece un ejemplo que permite comprender estas dinámicas. En su análisis, el orden social no aparece como algo fijo, sino como un proceso que fluctúa entre estabilidad y conflicto. Las disputas por el poder generan cambios que modifican las estructuras sociales sin destruirlas.

    A partir de estas observaciones, Leach identifica dos patrones de organización que se alternan dentro de la sociedad. Uno de ellos corresponde a formas jerárquicas de autoridad donde el poder se concentra en determinados grupos. El otro se relaciona con formas más igualitarias de organización comunitaria.

    Estas formas no funcionan de manera independiente. Las sociedades se desplazan entre ambas configuraciones dependiendo de sus condiciones materiales y territoriales. Las tensiones entre continuidad y cambio permiten que el sistema social se mantenga a lo largo del tiempo aun cuando sus estructuras se transforman.

    En las sociedades actuales, la modernidad no elimina las relaciones horizontales de cooperación. Estas siguen presentes en espacios cotidianos como la familia, la comunidad o el vecindario, donde predominan vínculos directos de solidaridad y ayuda mutua. Sin embargo, el crecimiento de las sociedades y el aumento del uso de energía favorecen la consolidación de estructuras verticales de organización. Estas estructuras implican centralización del poder, especialización del trabajo y mecanismos más complejos para administrar recursos y tomar decisiones.

    Los estudios realizados por Adams sobre comunidades indígenas en Guatemala permiten observar estas diferencias en situaciones concretas. Algunas comunidades amplían su participación económica mediante la combinación de actividades agrícolas, producción artesanal y comercio. Otras permanecen vinculadas principalmente a economías orientadas al autoabasto. Estas estrategias generan contrastes en el acceso a educación, recursos y participación política dentro de la sociedad más amplia.

    Desde la energética social, las formas horizontales y verticales de organización constituyen partes complementarias de un mismo proceso evolutivo. Las estrategias horizontales requieren menor consumo de energía y se apoyan en actividades destinadas a la subsistencia local. Las estructuras verticales, en cambio, dependen de sistemas organizativos y tecnológicos más complejos que permiten ampliar la escala de las actividades sociales.

    En este marco, la evolución de las sociedades humanas no debe entenderse como un progreso continuo ni como un crecimiento ilimitado. Los sistemas sociales se desarrollan dentro de un mundo donde el uso de energía siempre implica pérdidas. Cuando las sociedades ignoran esta condición, aparecen crisis que revelan los límites de las formas contemporáneas de organización y de las expectativas de expansión permanente.

    A falta de conclusiones, unas ideas para seguir pensando

    Las crisis de gran escala presentan una característica incómoda: su desarrollo resulta profundamente incierto. Procesos múltiples interactúan mediante relaciones complejas y no lineales, por lo que identificar causas claras o prever consecuencias se vuelve extremadamente difícil. Ningún actor social dispone de un guion que permita anticipar cómo evolucionarán los acontecimientos. Al mismo tiempo circula una enorme cantidad de información a través de redes digitales y medios de comunicación. Sin embargo, la abundancia de datos no garantiza comprensión. Interpretar adecuadamente una situación exige lenguaje preciso y análisis cuidadoso, no narrativas simplificadoras que prometen respuestas rápidas.

    Comprender fenómenos de esta magnitud requiere formación teórica y acceso a información confiable. Tales condiciones no siempre están disponibles para la mayoría de la población. En un entorno saturado de mensajes, ciudadanos y especialistas buscan interpretaciones que les permitan orientarse. Incertidumbre combinada con emociones, prejuicios o creencias previas genera explicaciones que proporcionan una sensación temporal de certeza. De ese modo se forman comunidades de opinión que comparten visiones similares de la realidad y refuerzan entre sí sus interpretaciones.

    Momentos críticos también provocan respuestas colectivas basadas en cooperación espontánea. Catástrofes o amenazas compartidas activan redes de solidaridad en las que predominan relaciones horizontales de apoyo mutuo. Estas formas de ayuda reflejan impulsos sociales elementales que aparecen con fuerza durante situaciones de emergencia. Aun así, acuerdos nacidos en estos contextos suelen ser frágiles, pues dependen de condiciones emocionales y circunstancias sociales que cambian con rapidez.

    Una forma distinta de analizar estos procesos aparece en la teoría del actor red de Bruno Latour. Desde esta perspectiva, la sociedad no constituye una entidad fija ni estable. Lo social surge como una red dinámica de asociaciones donde participan actores humanos y también elementos no humanos que influyen en las relaciones colectivas. Redes sociales se transforman continuamente a medida que cambian las condiciones del entorno y los acuerdos entre quienes participan en ellas.

    Otra perspectiva proviene de la energética social propuesta por Richard Adams. Este enfoque considera la energía como el fundamento material de todos los procesos del universo. Sistemas sociales funcionan mediante la transformación constante de recursos provenientes del entorno. Tales transformaciones producen pérdidas inevitables y generan cambios que modifican la organización social. La interacción entre distintos procesos evolutivos provoca fluctuaciones que dificultan prever el rumbo futuro de las sociedades.

    Los debates contemporáneos sobre cambio climático reflejan esa complejidad. Diversos estudios sostienen que el modelo industrial dominante ejerce presiones crecientes sobre los sistemas naturales del planeta. Otros análisis adoptan posturas más prudentes y consideran posibles escenarios de adaptación. Aun así, numerosas evaluaciones coinciden en señalar que las estructuras económicas y sociales vigentes presentan obstáculos importantes para enfrentar la crisis ambiental.

    Reconocer la interdependencia entre sociedad y naturaleza se vuelve entonces una condición fundamental para la supervivencia colectiva. La vida humana depende de procesos ecológicos que sostienen la biosfera. Ignorar esta relación conduce inevitablemente a conflictos con el mismo sistema natural que permite la existencia de las sociedades humanas.

Datos cruciales: 

    1) Más de 50% de los ecosistemas terrestres han perdido su capacidad de autorregulación según estimaciones de James Lovelock. Informes del Panel Intergubernamental del Cambio Climático advierten desde hace décadas sobre el calentamiento global asociado con la industrialización. La temperatura media del planeta aumentó más de 1 °C desde la revolución industrial y podría aproximarse a 3 °C, umbral considerado peligroso para numerosos sistemas ecológicos.

    2) Investigaciones sobre la tecnosfera indican que el peso de los materiales antropogénicos presentes en el planeta ya supera al de la biomasa generada por procesos naturales de fotosíntesis. Además, los microplásticos en los océanos afectan organismos responsables de reciclar cerca de 75% del oxígeno y del carbono en los ecosistemas marinos.

    3) El análisis de Adams indica que aproximadamente 30 % de las poblaciones mam y q’eqchi’ migraron debido a presiones estructurales asociadas con la expansión vertical del sistema socioeconómico y con condiciones de abandono estatal que afectan las estrategias de subsistencia de estas comunidades. En el mismo estudio se menciona que un cuarto de la población k'iche' y un quinto de la población kaqchikel participan en actividades de comercio intermediado, lo que refleja una transición desde economías de autoabasto hacia formas de integración económica más amplias.

Trabajo de Fuentes: 

Adams, Richard [1970], Crucifixion by power. Essays on Guatemalan National Social Structure, 1944-1966, Austin, University of Texas Press.

Castillo Oropeza, Oscar y Diana Roca-Servat [2024], Ecología política, sufrimiento socioambiental y acción política. Algunos debates contemporáneos en América Latina, Buenos Aires, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

Fraser, Nancy [2023], Capitalismo caníbal. Qué hacer con este sistema que devora la democracia y el planeta, y hasta pone en peligro su propia existencia, México, Siglo XXI.

Lovelock, James [2007], La venganza de la Tierra. La teoría de Gaia y el futuro de la humanidad, Barcelona, Planeta.

Orwell, George [2013], 1984, Barcelona, Debolsillo.

Prigogine, Ilya [1980], From Being to Becoming. Time and Complexity in the Physical Sciences, San Francisco, W. H. Freeman and Company.

Nexo con el tema que estudiamos: 
    La comprensión de la transición sistémica y sus posibles escenarios requiere de multiplicidad de visiones. El artículo aporta perspectivas antropológicas que enfatizan la trama de relaciones que explican el devenir social. En particular, el entrelazamiento entre lo humano y lo no-humano, ayuda a comprender la trayectoria del capitalismo y los muy limitados alcances de las llamadas "soluciones tecnológicas", incluyendo la transición energética.

    Por otra parte, reducir la crisis ambiental únicamente a un problema de límites energéticos puede ocultar la responsabilidad de las estructuras económicas que la intensifican. Empresas transnacionales organizan cadenas globales de producción que trasladan contaminación, extracción de recursos y degradación ecológica hacia territorios con menor capacidad regulatoria.

    Al mismo tiempo, promueven discursos de transición energética y sostenibilidad que mantienen intacta la lógica de acumulación y consumo. Incluso tecnologías presentadas como soluciones dependen de nuevas formas de extractivismo mineral.

    Por todo ello, es necesario profundizar los conocimientos y los debates sobre las perspectivas que enfrentan las sociedades contemporáneas.