Esperanza en tiempos sin esperanza, Hacia una teoría de la esperanza

Cita: 

Holloway, John [2022], "Esperanza en tiempos sin esperanza", Hacia una teoría de la esperanza, Buenos Aires, Comunizar, pp. 147-161, https://comunizar.com.ar/wp-content/uploads/John-Holloway-.-HACIA-UNA-TE....

Fuente: 
Libro electrónico
Fecha de publicación: 
2021
Tema: 
Entre la crisis del capitalismo y la esperanza colectiva: riqueza humana y lucha contra el dominio del dinero
Idea principal: 

    John Holloway. Es un abogado y politólogo irlandés, considerado en el ámbito académico como un sociólogo y filósofo del marxismo autónomo. Sin embargo, él nunca se ha definido ni como sociólogo, ni como filósofo, ni como historiador, ni estrictamente como autonomista.


    Hablar en inglés sin cuestionar la anglicanización del discurso académico plantea un problema. Aunque facilita comunicación, también empobrece pensamiento académico al separarlo de riqueza de experiencia social que lo nutre. En esa tensión entre riqueza intelectual y empobrecimiento se sitúa esta reflexión.

    Participar en Conferencia Anual de la Libertad constituye un honor. Rojava (región autónoma en el norte de Siria) simboliza rebelión, rechazo del orden dominante y búsqueda de una forma de vida no capitalista ni patriarcal. Sin embargo, surge incomodidad al hablar del sufrimiento bajo capitalismo frente a quienes viven esa lucha con una intensidad difícil de imaginar.

    La danza de nuestros corazones

    Comunicado zapatista firmado por el Subcomandante Moisés presenta un diagnóstico severo del mundo actual. Allí se describe una sociedad enferma y fragmentada, donde millones de personas sobreviven de forma aislada mientras un sistema dominante continúa persiguiendo ganancias incluso a costa del planeta.

    Ante esa situación, propuesta rebelde consiste en rechazar lamento y resignación. En lugar de ello, se plantea que los corazones bailen, es decir, responder a la dominación desde una riqueza colectiva capaz de invertir la lógica de miseria impuesta por el sistema.

    La riqueza como movimiento absoluto del devenir

    El punto de partida de Karl Marx no es la mercancía, sino la riqueza. Bajo el capitalismo, esa riqueza aparece como un enorme cúmulo de mercancías, aunque esa forma describe solo cómo se presenta dentro del sistema.

    En los Grundrisse (manuscritos económicos de Karl Marx previos a El capital), riqueza se entiende como despliegue universal de capacidades humanas, necesidades, goces y fuerzas productivas creadas en el intercambio social. Riqueza implica desarrollo de las potencias humanas sin medida externa ni patrón impuesto.

    Por ello, riqueza se concibe como movimiento constante que empuja más allá de lo existente. Ese movimiento confronta determinaciones del capitalismo y abre posibilidad de autodeterminación colectiva, presente como fuerza de rechazo y rebelión frente al sistema.

    El dinero es el enemigo de la riqueza

    Mientras el dinero domine la vida social, las actividades humanas quedan subordinadas a la búsqueda de ganancias. Esta lógica organiza las relaciones entre personas a través del intercambio de mercancías y produce explotación, frustración, pobreza y conflicto.

    En ese contexto, la riqueza humana, entendida como desarrollo de capacidades y posibilidades, permanece atrapada y deformada. No solo por la acción de Estados como Siria, Turquía, México o Estados Unidos, sino por una fuerza más profunda que estructura el sistema: la mercancía y el dinero. Bajo el capitalismo, la riqueza aparece entonces como acumulación de mercancías, perdiéndose los valores de la humanidad.

    Dinero, capital, Estado, identidad

    El intercambio de mercancías rompe el reconocimiento mutuo entre las personas. En lugar de un flujo compartido de vida, donde el nosotros y el yo se entrelazan, la lógica del dinero separa a los individuos, impone roles y coloca máscaras sociales. Así se fragmenta la comunidad y las relaciones humanas quedan mediadas por el dinero.

    Ese proceso también alimenta el lenguaje de la identificación rígida. Racismo, nacionalismo y sexismo funcionan mediante etiquetas que definen y separan a las personas. Cuando las luchas responden reproduciendo esa misma lógica identitaria, el resultado suele ser sustituir una forma de exclusión por otra.

    Por ello, romper el dominio del dinero exige avanzar en dirección opuesta. Las luchas deben empujar más allá de la identidad fija y recuperar el reconocimiento mutuo entre las personas. En ese sentido, la comuna aparece como forma de organización que busca reconstruir comunidad y abrir un espacio de relaciones sociales basadas en cooperación y no en la lógica del dinero.

    Abolir el dinero

    El dinero organiza la vida social cotidiana. Su presencia, o su ausencia, determina lo que hacemos cada día: moldea educación, salud, ambiciones, conflictos y sufrimientos. Por ello no se trata solo de un instrumento económico ni de un enemigo externo. Hablar de dinero en lugar de capital permite entender que el problema no es únicamente un “ellos”, sino una forma de relacionarnos que las propias personas reproducen constantemente.

    La lógica del dinero subordina la actividad social a la búsqueda incesante de ganancias. Esa dinámica se vincula con procesos destructivos contemporáneos como el calentamiento global, la expansión de pandemias, la pérdida de biodiversidad, la desaparición de lenguas y culturas, además del sufrimiento social extendido. En ese sentido, el dinero aparece como enemigo de la esperanza y de la humanidad.

    Aun así, la abolición del dinero casi no se plantea abiertamente. Existe un “tabú de la imposibilidad” que vuelve impensable cuestionar esta forma de organización social. Sin embargo, frente a una crisis cada vez más profunda, podría surgir un cambio en las subjetividades donde más personas comiencen a imaginar relaciones sociales basadas en principios distintos al dominio del dinero.

    Esperanza es romper con el dominio del dinero

    El capital depende de la actividad humana para reproducirse. Si no logra canalizar la vida social hacia los patrones que necesita, enfrenta dificultades para sostenerse. Sin embargo, las personas resisten continuamente esa lógica: protestan contra la búsqueda de ganancias o dedican tiempo a actividades que escapan al dominio del dinero, como jugar con los hijos o conversar con amigos.

    Por esa razón, el capital vive con un doble temor: no obtener suficiente plusvalor para asegurar su reproducción y enfrentar el rechazo de quienes ya no toleran el sistema destructivo en el que viven. Ese miedo aparece también en momentos históricos decisivos. Cuando Franklin Roosevelt abandona el patrón oro, Bernard Baruch interpreta el hecho como señal de una transformación social impulsada por el descontento popular. Desde otra perspectiva, John Maynard Keynes afirma que el mundo no tolera indefinidamente el desempleo asociado al capitalismo.

    Desde la década de 1970, y con mayor intensidad desde 1982, representantes del capital intentan postergar la crisis mediante la expansión de la deuda. Este proceso impulsa un capitalismo ficticio basado en la creación de dinero que no corresponde al valor realmente producido.

    Dancemos contra el poder del dinero

    La prolongada postergación de la crisis del capital mediante la expansión de las deudas coloca al mundo en una situación extremadamente peligrosa que apunta hacia nuevas catástrofes. Frente a este escenario, los múltiples rechazos, resistencias y rebeliones constituyen la sustancia de la esperanza.

    En el fondo de esas luchas aparece una conciencia común: la realización de nuestras esperanzas exige cuestionar el dominio del dinero y del capital. Abolir el dinero significaría abrir la posibilidad de libertad y recuperar el valor de la vida más allá de la lógica de la ganancia.

Nexo con el tema que estudiamos: 

    El capitalismo instala una ilusión peligrosa: la idea de libertad dentro de un sistema que condiciona cada decisión. La sociedad deposita su fe en ficciones como el dinero, el crecimiento o los mercados, mientras las empresas transnacionales expanden proyectos que degradan territorios y ecosistemas. La paradoja aparece con crudeza: cuanto más se habla de progreso y desarrollo, más evidente resulta que la humanidad vive subordinada a una estructura económica que ella misma legitima.