La Operación del Siglo
Correia, Mickaël [2024], "La Operación del Siglo", Criminales climáticos. Las multinacionales que arrasan el planeta, Madrid, Altamarea, pp. 55-67.
En este texto se expone la transformación operativa de la corporación estatal Saudi Aramco. También se analiza el impacto ambiental global de la compañía y su proceso de privatización parcial mediante la oferta pública de acciones.
La corporación Saudi Aramco se consolidó como la entidad con mayor rentabilidad en el mundo. Sus beneficios superaron de manera amplia a los de las principales empresas tecnológicas y petroleras privadas. Esta solidez financiera permitió a la empresa expandir su infraestructura mediante la construcción de islas artificiales en el golfo Pérsico para la extracción de crudo.
Sin embargo, su actividad industrial la posicionó como el mayor emisor individual de gases de efecto invernadero a nivel global. El volumen de sus emisiones históricas resultó comparable al funcionamiento ininterrumpido de cientos de centrales térmicas de carbón (dato crucial 1, dato crucial 2).
Reinaba la euforia
El anuncio oficial de la salida a bolsa de Saudi Aramco en 2016, calificada como «la operación del siglo», generó una euforia sin precedentes en el sector financiero global.
A pesar de los retrasos iniciales, el plan se estructuró para ejecutarse en dos etapas, comenzando con una oferta pública en el mercado local saudí en 2019. El objetivo principal de esta masiva recaudación de capital es financiar «Visión 2030», un ambicioso programa de reformas destinado a diversificar y privatizar la economía del reino para reducir su dependencia del petróleo.
Sin embargo, el texto subraya que este giro estratégico y el nombramiento de nuevos cuadros financieros en la administración de Aramco no implican un compromiso con la sostenibilidad; por el contrario, la diversificación económica del Estado saudí se plantea sin reducir la producción de crudo ni priorizar una verdadera transición ecológica (datos cruciales 3-5).
Una bomba climática
El núcleo de la estrategia de Saudi Aramco se define por una "indiferencia deliberada" hacia el consenso científico climático en favor de una hegemonía económica perpetua. Su hoja de ruta no contempla la transición energética, sino una apuesta agresiva por inundar los mercados emergentes de Asia, aprovechando una ventaja competitiva imbatible: los costos de extracción más bajos del planeta. Esta posición de fuerza le permite ignorar las recomendaciones de reducción de emisiones, consolidando lo que se describe como una "bomba climática" de escala global.
Bajo esta lógica de expansión, la compañía ha dejado de ser únicamente una petrolera tradicional para transformarse en un conglomerado energético integral. Esta metamorfosis se apoya en tres pilares cualitativos:
1) Dopaje de la producción: Una inversión masiva en infraestructuras para maximizar la capacidad de sus yacimientos y asegurar el suministro a largo plazo.
2) Integración petroquímica: El giro estratégico hacia los plásticos y polímeros como una vía para garantizar la demanda de crudo, vinculando la rentabilidad de la empresa al consumo de derivados sintéticos.
3) Eficiencia interna mediante el gas: La incursión en el gas de esquisto no responde a una voluntad de limpieza ambiental, sino a una táctica para liberar todo su «oro negro» para la exportación, desplazando el consumo interno hacia fuentes menos rentables pero funcionales para su operativa.
La modernización de Aramco y su salida a bolsa no son síntomas de una evolución hacia la sostenibilidad, sino una refinación técnica del modelo extractivo. La empresa busca blindar su futuro financiero diversificando la forma en que el mundo consume hidrocarburos, sin renunciar jamás a la explotación total de sus vastas reservas (datos cruciales 6 y 7).
Financiar el cambio climático
La salida a bolsa de Saudi Aramco se presenta no solo como una operación financiera, sino como la consolidación de un sistema de complicidad estructural entre la industria fósil y el sector financiero global. El interés de la banca de inversión por esta operación evidencia una desconexión total entre el discurso corporativo de sostenibilidad y la praxis económica real, donde financiar la expansión del carbono sigue siendo una actividad de máxima rentabilidad.
Bajo esta perspectiva, este fenómeno se articula en tres dimensiones:
1) Negacionismo financiero activo: Al inyectar capital masivo en la exploración y expansión de hidrocarburos, las grandes entidades bancarias actúan como catalizadores de un modelo que ignora deliberadamente las advertencias científicas. Esta financiación no es estática, sino que busca activamente aumentar las reservas mundiales de crudo, lo que supone un sabotaje directo a los objetivos climáticos internacionales.
2) La hegemonía de los gestores de activos: Firmas como BlackRock o Vanguard han transformado el ahorro global en un motor de emisiones potenciales. Su poder no solo radica en la propiedad de las reservas, sino en su capacidad de veto político, utilizando su peso accionarial para bloquear reformas ambientales internas y blindar el statu quo de las empresas más contaminantes.
3) La erosión de la ética corporativa: La participación de la banca internacional en la operación de Aramco vacía de contenido cualquier retórica de responsabilidad social. Al actuar como "recaudadores" para el mayor emisor del planeta, las instituciones financieras priorizan el beneficio a corto plazo, convirtiendo sus compromisos climáticos en meros ejercicios de relaciones públicas frente a una estrategia de inversión que duplica la apuesta por el refinado, el gas y la petroquímica (datos cruciales 8-10)
Bautismo por todo lo alto
La salida a bolsa de la petrolera culminó con una recaudación histórica en el mercado de valores. La operación se apoyó principalmente en inversores locales para asegurar una valoración elevada de la compañía.
Tras el inicio de su cotización, el valor de mercado de la empresa superó al de los gigantes tecnológicos estadounidenses. Mientras ocurrió este éxito financiero, grupos ambientalistas denunciaron la contradicción de estas inversiones ante la emergencia climática global (datos cruciales 11-13).
1. Saudi Aramco obtuvo un beneficio neto de 111 000 millones de dólares en 2018.
2. La compañía liberó 60 000 millones de toneladas equivalentes de dióxido de carbono desde 1965.
3. La valorización estimada de la empresa alcanzó los dos billones de dólares.
4. Las reservas de petróleo de Arabia Saudí ascendieron a 268 000 millones de barriles.
5. La petrolera vendió 1.5% de su capital en el mercado de valores local en diciembre de 2019.
6. El costo de extracción del petróleo saudí se situó en 3.50 euros por barril.
7. Saudi Aramco adquirió 70% del grupo petroquímico Sabic en marzo de 2019.
8. Los bancos de inversión proveyeron casi dos billones de dólares a multinacionales fósiles entre 2015 y 2019.
9. La entidad JPMorgan Chase inyectó 195 000 millones de dólares en el sector en tres años.
10. El banco europeo Barclays invirtió 85 000 millones de dólares en energías contaminantes.
11. La petrolera recaudó 25 600 millones de dólares en su jornada de cierre bursátil.
12. El valor de la empresa alcanzó los 1.962 billones de dólares tras dos días de cotización.
13. Las firmas BlackRock y Vanguard poseían inversiones equivalentes a 10 mil millones de barriles de petróleo en reserva en 2019.
El análisis de Saudi Aramco funciona como un estudio para comprender la trayectoria actual de la civilización capitalista. La corporación petrolera personifica el papel de las corporaciones transnacionales al demostrar cómo la acumulación de capital depende de una base material fósil que agota las condiciones de vida planetarias. Este texto revela una contradicción estructural donde la empresa más rentable del sistema-mundo es, simultáneamente, el mayor agente de destrucción del ambiente.
La salida a bolsa de Aramco evidencia la compleja red de relaciones entre empresas estados y sociedad. El Estado saudí utiliza a la corporación para financiar el plan “Visión 2030”, lo cual representa una estrategia de supervivencia ante el agotamiento del modelo rentista tradicional. Sin embargo, este proceso no busca una transición ecológica real, sino que se expande a sectores como la petroquímica. De esta manera, se asegura la continuidad de la producción de plásticos ante la posible reducción del consumo de combustibles.

