Del combustible a la mesa. ¿Qué se necesita para eliminar los combustibles fósiles de los sistemas alimentarios? 1. Limpiar de combustibles fósiles las explotaciones agrarias: ¿soluciones incrementales o falsas soluciones?

Cita: 

IPES-Food [2025], Del combustible a la mesa. ¿Qué se necesita para eliminar los combustibles fósiles de los sistemas alimentarios? 1. Limpiar de combustibles fósiles las explotaciones agrarias: ¿soluciones incrementales o falsas soluciones?, pp. 12-27 https://ipes-food.org/wp-content/uploads/2025/09/DelCombustibleALaMesa.pdf

Fuente: 
Libro electrónico
Fecha de publicación: 
2025
Tema: 
Sistemas alimentarios industriales: dependencia energética, daños ambientales y concentración de poder
Idea principal: 

    El International Panel of Experts on Sustainable Food Systems (IPES-Food) es un organismo dedicado a investigar, debatir e impulsar la transición hacia sistemas alimentarios más sostenibles, equitativos y saludables. Tiene sede en Bruselas y reúne especialistas de distintas disciplinas para elaborar informes, propuestas de política pública y análisis críticos sobre agricultura, alimentación, poder corporativo, medioambiente y justicia social.


    ¿Cuál es el problema?

    Lejos de ser un simple apoyo técnico, los combustibles fósiles se volvieron la base material de la agricultura industrial. De ellos depende no solo la maquinaria del campo, sino también la fabricación de fertilizantes, pesticidas, plásticos agrícolas y varios procesos de almacenamiento y manejo posterior a la cosecha.

    Sobre esa base se levantó un modelo de monocultivo a gran escala que reorganizó los paisajes agrícolas bajo una lógica intensiva en energía y en insumos químicos. Cuanto mayor es la exigencia de fertilización, labranza, procesamiento y conservación, más profunda se vuelve esa dependencia. La modernización agrícola, presentada durante décadas como sinónimo de progreso, terminó afianzando un sistema atado a una matriz fósil que amplifica sus propios daños.

    En ese entramado, los pesticidas revelan una de las caras más agresivas del problema. Su producción parte del petróleo y de sus derivados, pero además incorpora componentes inertes que permanecen ocultos al público bajo el resguardo de la propiedad industrial. Esa opacidad no es un detalle menor, porque varios de esos ingredientes resultan más tóxicos que los compuestos activos declarados. A ello se añaden recubrimientos de microplásticos derivados del petróleo que prolongan el impacto de los plaguicidas en el ambiente.

    Tampoco el cambio climático corrige esta dinámica, al contrario, la intensifica: el aumento de las temperaturas y la alteración de las plagas debilitan la eficacia de los pesticidas y empujan a un uso todavía mayor. Así, la agricultura responde a la crisis ambiental con más dependencia química y más presión fósil.

    Las consecuencias de ese esquema son muy relevantes. La producción y la aplicación de pesticidas, junto con sus reacciones en el entorno, contribuyen de manera significativa a las emisiones de gases de efecto invernadero, aunque todavía no exista una medición integral de todo su ciclo de vida. Ese vacío no elimina el daño, solo dificulta verlo con mayor precisión.

    Al mismo tiempo, el texto los identifica como uno de los factores centrales de la pérdida de biodiversidad a escala mundial. En el plano humano, los costos se descargan sobre trabajadores agrícolas, comunidades rurales y poblaciones cercanas a las zonas de producción, es decir, sobre quienes viven en contacto más directo con la exposición crónica, la intoxicación y la enfermedad. La presión contra el estudio de Boedeker y otros autores revela que la industria no solo busca minimizar el daño de los pesticidas, sino también obstaculizar que ese daño salga a la luz.

    Algo semejante ocurre con los fertilizantes nitrogenados. Su fabricación depende casi por completo de los combustibles fósiles, sobre todo del gas fósil y, en menor medida, del carbón. Su expansión acompañó el avance de una agricultura intensiva en químicos impulsada por los Estados y por la industria desde la posguerra. Sin embargo, el daño no se reduce al momento de producirlos. Una parte decisiva aparece cuando se aplican en el campo y liberan óxido nitroso, mientras la contaminación por nitrógeno se extiende al aire, al agua y a los suelos.

    Lo que se promovió como un instrumento para elevar rendimientos terminó desbordando límites ecológicos, deteriorando la calidad del agua potable, profundizando riesgos sanitarios y agravando la pérdida de biodiversidad. Más que una solución productiva, este modelo consolidó una fuente persistente de contaminación.

    A todo ello se suma el uso intensivo de combustibles fósiles en la operación cotidiana del sistema agrícola. La labranza, el arado, la maquinaria y varios procesos postcosecha mantienen una demanda energética elevada que se prolonga durante años por la larga vida útil de los equipos.

    Incluso prácticas presentadas como alternativas, como la siembra directa, pueden aumentar el uso de herbicidas en explotaciones convencionales. Junto a ello, la expansión del plástico en invernaderos, acolchados, bolsas y envolturas usadas para conservar forraje animal en condiciones herméticas, así como en sistemas de riego, bandejas, macetas y recubrimientos, extiende la contaminación mucho más allá de los residuos visibles.

    Los microplásticos ya aparecen en el agua potable, en los alimentos, en los suelos y en los cuerpos, mientras sus efectos alcanzan la fertilidad del suelo, la actividad de los microorganismos, la retención del agua, la erosión y hasta la fotosíntesis. Vista en conjunto, la agricultura industrial aparece como una prolongación directa del régimen fósil, no solo por la energía que consume, sino por la magnitud de los daños que dispersa a lo largo de toda la cadena alimentaria.

    Disparidades regionales en el uso de los fertilizantes nitrogenados

    El uso de fertilizantes nitrogenados revela una desigualdad regional marcada. Mientras Estados Unidos y partes de Unión Europea mantienen niveles altos y estables, India y Egipto siguen incrementándolos con efectos más dañinos. En contraste, en África subsahariana, como Nigeria y Benín, el uso sigue siendo bajo por sequías, carencias estructurales, abandono rural y conflictos.

    La contaminación del aire y del agua por los fertilizantes nitrogenados sintéticos y sus efectos negativos sobre la salud humana

    Aunque los fertilizantes nitrogenados sintéticos aportan nitrógeno que las plantas absorben con facilidad, una parte importante no permanece en los cultivos y termina contaminando el aire y el agua. Ese exceso agrava el cambio climático y perjudica la salud humana. El caso del Punyab, una región agrícola de India, muestra con crudeza ese deterioro: años de uso intensivo de fertilizantes químicos y pesticidas dejaron suelos sobreexplotados, agua envenenada y un aumento del cáncer.

    Fertilizantes nitrogenados «verdes» y «azules» ¿qué son los fertilizantes nitrogenados «verdes» y «azules»?

    Bajo la etiqueta de fertilizantes “verdes” y “azules”, la agroindustria, varios gobiernos y algunos organismos internacionales intentan presentar una salida al problema de los fertilizantes nitrogenados sin tocar de fondo la dependencia que los sostiene. Aunque rara vez aparecen en el centro del debate público, estos fertilizantes siguen siendo una de las principales vías por las que los combustibles fósiles atraviesan los sistemas alimentarios. De ahí que las supuestas soluciones se concentren no en cuestionar su papel, sino en modificar la manera en que se fabrica el amoniaco del que dependen.

    En la producción convencional, ese amoniaco se obtiene al combinar nitrógeno del aire con hidrógeno procedente sobre todo del gas fósil y, en algunos casos, del carbón. A partir de ahí surgen las dos variantes que hoy se promocionan como alternativas. El amoniaco “azul” conserva el mismo método, pero añade captura y almacenamiento de dióxido de carbono. El “verde”, en cambio, sustituye el hidrógeno fósil por hidrógeno extraído del agua mediante electrólisis, un proceso que exige un consumo elevado de energía. Mientras estas fórmulas se venden como respuesta, los daños de los fertilizantes siguen recayendo sobre comunidades cercanas a las fábricas, zonas rurales, ríos, vida acuática y medios de subsistencia.

    ¿En qué medida son viables estas soluciones y hasta qué punto podrían ser transformadoras?

    Lejos de resolver el problema, los fertilizantes de amoniaco “verde” y “azul” apenas maquillan una dependencia que sigue atada a los combustibles fósiles. El amoniaco “azul” conserva la misma base fósil de los fertilizantes convencionales y deposita su promesa en la captura y almacenamiento de carbono, una tecnología cuya eficacia real queda muy por debajo del discurso empresarial. Peor todavía, parte del carbono capturado termina reutilizado para extraer más petróleo, de modo que la supuesta solución prolonga la misma lógica extractiva que pretende corregir.

    Tampoco el amoniaco “verde” aparece como una salida cercana ni capaz de transformar el sistema. Su producción sigue siendo marginal, costosa y dependiente de una enorme demanda de electricidad, tierra y agua. A ello se suma un problema político y territorial: varios proyectos avanzan en regiones del Sur global con escasez hídrica y se orientan sobre todo a la exportación, trasladando la presión ambiental hacia espacios ya vulnerables. Incluso si estas variantes redujeran parte del uso fósil en la fabricación, el núcleo del problema seguiría intacto mientras no se limite de forma seria el uso excesivo de fertilizantes nitrogenados y los daños que su aplicación continúa dejando sobre el clima, la salud y los ecosistemas.

    Ingeniería genética y biología sintética ¿qué proponen la ingeniería genética y la biología sintética de última generación para la agricultura?

    Pasando casi desapercibidas, la ingeniería genética y la biología sintética de última generación concentran grandes inversiones y se promueven como una vía “climáticamente inteligente” para reducir la dependencia de agroquímicos y combustibles fósiles, además de avanzar hacia un sistema alimentario sostenible apoyado en la biotecnología y la bioeconomía. Sin embargo, esa promesa no marca una ruptura real con el pasado. La primera generación de ingeniería genética, con cultivos resistentes a herbicidas e insectos, también se presentó como solución frente al uso de pesticidas, pero la necesidad de combinar genes de resistencia a múltiples productos terminó intensificando esa dependencia.

    Dentro de los nuevos enfoques aparecen los pesticidas genéticos basados en ácido ribonucleico de interferencia (ARNi), que usan cadenas cortas de ARN sintético para alterar insectos y matarlos, e incluso cultivos modificados para producir esas cadenas. También se impulsan biomoléculas, proteínas fermentadas y microorganismos modificados, junto con la alteración directa de insectos para propagar esterilidad u otros rasgos, además de técnicas de fijación de nitrógeno mediante plantas o microbios modificados. En lugar de actuar por vía química convencional, estas tecnologías transmiten información biológica que influye en el desarrollo de plantas o insectos y en la expresión genética; además, microbios, impulsores genéticos y plantas modificadas pueden autorreplicarse y propagarse con el tiempo.

    ¿En qué medida son viables estas soluciones y hasta qué punto podrían ser transformadoras?

    Los pesticidas genéticos basados en ácido ribonucleico de interferencia (ARNi), junto con microorganismos y plantas modificadas, se presentan como una alternativa a los agroquímicos convencionales. El problema es que esa supuesta sustitución no limpia todo el proceso. Parte de los compuestos derivados del petróleo siguen presentes en sustancias ocultas, como tensoactivos, emulsionantes y otros aditivos que se usan para aumentar la potencia y la absorción de los pesticidas, y esos mismos componentes también aparecen en los aerosoles de ARNi. Tampoco están claros sus efectos sobre la salud, aunque quedan expuestos agricultores, trabajadores del campo, comunidades cercanas e incluso consumidores a través del aire o de residuos en los alimentos.

    Al liberar organismos modificados genéticamente, pueden producirse cambios amplios e irreversibles en ecosistemas y cadenas alimentarias cuyos efectos de largo plazo siguen sin conocerse. El ARNi podría afectar insectos benéficos y polinizadores, y otros cambios no deseados podrían pasar a otras especies y a generaciones futuras. En lugar de corregir el modelo agrícola dominante, estas tecnologías encajan con el monocultivo a gran escala, mantienen la dependencia de insumos externos y refuerzan el control de unas cuantas empresas sobre la agricultura y la alimentación.

    Plataformas de agricultura digital y agricultura de precisión ¿qué son las plataformas de agricultura digital y la agricultura de precisión?

    Climate Fieldview de Bayer y Operations Center de John Deere muestran cómo la agroindustria incorpora la agricultura digital y la agricultura de precisión como parte de su modelo de negocio. Estas plataformas recogen datos sobre clima, fertilidad del suelo, malezas, insectos, enfermedades, nutrientes, humedad y rendimiento, luego los procesan con inteligencia artificial en centros remotos para construir modelos digitales de cada explotación.

    A partir de ahí, se generan indicaciones específicas que, según sus promotores, permitirían reducir agroquímicos, sustituir parte del control químico de malezas por láseres o pequeños robots y recortar combustible mediante dirección automática y un uso más focalizado de los insumos.

    ¿En qué medida son viables estas soluciones y hasta qué punto podrían ser transformadoras?

    Bajo la promesa de eficiencia, la agricultura digital y de precisión se impulsa como una forma de reducir insumos intensivos en combustibles fósiles y hacer más limpia la producción. Vista fuera del discurso promocional, esa expectativa pierde solidez. Los resultados observados en campo no ofrecen una confirmación contundente y, en algunos casos, ni siquiera permiten revisión seria porque los datos clave no están disponibles. A ello se suma un límite de fondo: muchas de estas herramientas no apuntan a recortar de manera real el uso total de fertilizantes, sino a redistribuirlos dentro de la parcela para elevar el rendimiento por hectárea y mejorar la rentabilidad. Más que reducir la dependencia, la reordenan.

    Tampoco la electrificación de la maquinaria despeja el panorama. Persisten costos de compra elevados, autonomía limitada, falta de infraestructura de recarga y dudas sobre el rendimiento y mantenimiento de las baterías. En países de bajos ingresos, esas barreras pesan todavía más por el precio inicial y por el interés reducido que despiertan estas tecnologías. Incluso donde existe mayor disposición a pagar por maquinaria más limpia, la adopción sigue siendo restringida y muchos desarrollos permanecen en fase de prototipo o pensados para grandes explotaciones industriales.

    A esa lista se añaden los fertilizantes y pesticidas recubiertos, que no corrigen la dependencia de los agroquímicos, sino que la prolongan y suman contaminación por microplásticos. También aparecen barreras sociales claras. Para numerosos agricultores con menos recursos, estas tecnologías quedan fuera de alcance por falta de servicios digitales, de formación informática o de capital suficiente. Ni siquiera los productores con mayores ingresos encuentran un camino despejado, porque muchas herramientas siguen siendo costosas, difíciles de usar o incompatibles con equipos y prácticas ya existentes.

    Detrás de esa supuesta ligereza digital opera una infraestructura material pesada. Procesar, almacenar y transmitir datos exige electricidad, centros de datos, refrigeración, hardware, agua, semiconductores y minerales. Con el avance de la inteligencia artificial, esa carga energética y material se intensifica todavía más. Al mismo tiempo, las empresas que controlan estas plataformas recopilan grandes volúmenes de datos agrícolas, desarrollan productos a partir de ellos, fijan precios y atan a los productores a nuevas relaciones de dependencia. Incluso el derecho a reparar o gestionar los propios equipos se debilita bajo ese esquema. Presentada como modernización, esta vía también concentra poder y desplaza costos hacia el campo.

    Los centros de datos y el vertiginoso aumento del consumo energético y la huella de carbono de las grandes empresas tecnológicas

    Amazon, Microsoft y Google encabezan la expansión de la inteligencia artificial y de los centros de datos. Esa carrera revela una relación abiertamente asimétrica entre discurso climático y expansión tecnológica: no pueden sostener al mismo tiempo el desarrollo industrial del imperio y una imagen de compatibilidad ambiental.

    En suma, el examen riguroso de las supuestas alternativas en curso no eliminan las dependencias a los combustibles fósiles y a las grandes inversiones en la agricultura. Se avanza hacia nuevas formas de subordinación de los sujetos productivos en esa actividad.

Datos cruciales: 

    1) Dentro de los sistemas alimentarios, la agricultura absorbe alrededor de 20% de la energía total utilizada para producir, procesar y movilizar alimentos. En Europa, los productos agroquímicos concentran 50% de los insumos energéticos y el diésel 31%. Según el cultivo, el maíz requiere 180% más fertilizantes y 7% más pesticidas que la soja, mientras la soja usa 30% más diésel que el maíz. Además, 99% de los fertilizantes y pesticidas sintéticos se fabrica a partir de combustibles fósiles, y los ingredientes inertes pueden representar hasta 50% del contenido de los plaguicidas.

    2) A escala mundial, el uso de pesticidas aumentó 13% en la última década y se duplicó desde 1990, con alzas especialmente marcadas en China, Estados Unidos, Brasil, Tailandia y Argentina. China concentra un tercio de la producción mundial. Cada año se registran más de 385 millones de intoxicaciones accidentales por pesticidas y 11 000 muertes, lo que afecta a casi 44% de la población agrícola mundial. La estimación de Boedeker et al. fue retirada después de presiones constantes de la industria.

    3) Desde 1961, el uso de fertilizantes nitrogenados sintéticos aumentó 800%. En los países de renta alta, como Estados Unidos y los miembros de Unión Europea, el consumo por habitante llega a ser hasta 10 veces mayor que en los países con menores ingresos. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura prevé que el uso mundial de estos fertilizantes crecerá 50% para 2050. Actualmente, su cadena de suministro genera más de 2% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero: alrededor de 40% proviene de la producción y cerca de 60% de la aplicación en el campo (véase gráfica 1).

    4) El óxido nitroso liberado por los fertilizantes es un gas de efecto invernadero 300 veces más potente que el dióxido de carbono. Sus emisiones explican 10% del calentamiento global neto desde la revolución industrial. El límite planetario del nitrógeno se rebasó en 1970 y, desde entonces, su uso total se duplicó. Más de la mitad de los fertilizantes nitrogenados se pierde en el ambiente, mientras 3 mil millones de personas enfrentan riesgo de escasez de agua por contaminación vinculada al nitrógeno.

    5) En las operaciones agrícolas de Unión Europea, la labranza y el arado concentran 47% de la energía utilizada para preparar el suelo. La maquinaria agrícola suele durar de 20 a 30 años, lo que prolonga el uso de combustibles fósiles y las emisiones asociadas. En la producción de cereales, el secado del grano absorbe entre 12% y 25% del consumo total de energía. A escala global, la agricultura, la pesca y la acuicultura consumen 3.5% de los plásticos, mientras la producción agropecuaria utiliza 10 millones de toneladas al año y la pesca junto con la acuicultura utilizan 2.1 millones de toneladas.

    6) Invernaderos, acolchado y ensilado concentran la mitad del volumen total de plásticos agrícolas. Su producción pasaría de 6.1 millones de toneladas en 2018 a 9.5 millones en 2030, lo que equivale a un aumento de 50%. En Europa, las semillas y los productos agroquímicos recubiertos liberan 22 500 toneladas anuales de microplásticos, equivalentes a 62% del total liberado intencionadamente en la región.

    7) En 2023, la Agencia Internacional de la Energía calculó que 99% de la producción mundial de hidrógeno empleó combustibles fósiles. A escala comercial, la captura y almacenamiento de carbono no alcanzó las tasas de entre 90% y 95% que la industria suele prometer. Desde 1982, la planta de fertilizantes de Enid, uno de los proyectos con más tiempo en operación, apenas captura 28% del dióxido de carbono. Además, 73% del carbono capturado es utilizado por la industria de los combustibles fósiles en la recuperación mejorada de petróleo, un proceso que usa dióxido de carbono para extraer más crudo.

    8) En la producción mundial de fertilizantes, el amoniaco “verde” sigue ocupando un lugar mínimo. Actualmente, solo existen 4 plantas que realizan electrólisis del agua con energías renovables, y juntas representan apenas 0.3% de la producción mundial de amoniaco utilizado en fertilizantes nitrogenados. En Estados Unidos, 95% de los proyectos de amoniaco previstos recurrirá a combustibles fósiles y no a electrólisis (véase gráfica 2).

    9) Frente al método convencional, el amoniaco “azul” elevaría 58% el consumo de energía, duplicaría la superficie de tierra necesaria y triplicaría el consumo de agua. En el caso del amoniaco “verde”, la exigencia sería todavía mayor: requeriría 24 veces más electricidad, equivalente a 5% de la electricidad mundial, además de 30 veces más tierra y 50 veces más agua. Más de un tercio de los principales proyectos de hidrógeno “verde” se localiza en países con estrés hídrico alto o extremadamente alto, y Unión Europea prevé duplicar de aquí a 2030 sus importaciones de este recurso. Incluso con esos cambios en la fabricación, 60% de las emisiones generadas por los fertilizantes seguiría proviniendo de su aplicación, sobre todo en forma de óxido nitroso.

    10) Entre 2013 y 2023, Bayer reunió 142 familias de patentes de protección de cultivos basadas en ácido ribonucleico de interferencia y Corteva 19. Juntas, ambas empresas controlan 40% del mercado de semillas y más de 25% del mercado de productos agroquímicos, lo que refuerza su dominio sobre la propiedad intelectual y sobre insumos clave de la agricultura.

    11) Desde 2017, el consumo eléctrico mundial de los centros de datos creció 12% por año, es decir, más de cuatro veces el ritmo del consumo eléctrico total. Para 2024, esos centros ya representaban 1.5% de la demanda eléctrica mundial, y con la expansión de la inteligencia artificial se prevé que ese consumo sea más del doble en 2030. En Irlanda, 80 centros de datos ya absorben una quinta parte de la electricidad del país y podrían llegar a un tercio en los próximos años.

    12) En Estados Unidos, alrededor de 60% de la nueva capacidad de generación prevista para sostener la expansión de los centros de datos provendría del gas fósil, mientras centrales de carbón que ya tenían previsto su cierre seguirán operando para abastecer esa infraestructura. A comienzos de 2025, la administración Trump declaró una emergencia energética para generar más energía destinada a la inteligencia artificial.

    13) Desde 2020, Microsoft elevó 29% sus emisiones de gases de efecto invernadero, principalmente por la construcción de centros de datos. En 2023, Amazon, Microsoft y Google invirtieron más capital en inteligencia artificial y expansión de centros de datos que todo el sector de petróleo y gas en Estados Unidos, y para 2030 las emisiones de los centros de datos estadounidenses podrían casi duplicarse.

Nexo con el tema que estudiamos: 

    Más allá de sus efectos inmediatos sobre la producción alimentaria, el entramado productivo también remite a una disputa más amplia por el control del desarrollo tecnológico, los recursos estratégicos y la capacidad de decisión sobre la vida cotidiana, lo que abre un vínculo directo con debates sobre soberanía, poder corporativo y reconfiguración del orden económico contemporáneo.

    Las configuraciones productivas de las actividades agrícolas muestran una tendencia ascendente de la destrucción del ambiente. Las soluciones propuestas alteran las configuraciones productivas pero profundizan las consecuencias destructivas ligadas a la producción de alimentos de forma capitalista. Es relevante criticar las supuestas soluciones tecnológicas, porque lejos de permitir una mejor producción de alimentos, conducirán a graves afectaciones sociales y ambientales.