Adaptación profunda: Un Mapa para navegar por la tragedia climática

Cita: 

Bendell, Jem [2020], Adaptación profunda: Un mapa para navegar por la tragedia climática, IFLAS Occasional Paper 2, 27 de julio, http://lifeworth.com/deepadaptation.pdf

Fuente: 
Libro electrónico
Fecha de publicación: 
Lunes, Julio 27, 2020
Tema: 
La crisis climática y la ruptura de los márgenes de control
Idea principal: 

    Jem Bendell es profesor, autor e investigador en sostenibilidad, reconocido por su trabajo sobre crisis climática, colapso social y adaptación profunda. Fundó iniciativas académicas y foros internacionales sobre liderazgo y sostenibilidad, y actualmente centra su labor en la escritura, la reflexión sobre el colapso y proyectos regenerativos en Indonesia.


    Introducción

    Ya no resulta serio trabajar la sostenibilidad bajo la idea de que todavía será posible frenar el cambio climático o contener sus efectos lo suficiente para conservar la civilización tal como hoy funciona. La revisión reciente de la ciencia climática conduce a una conclusión contundente: el deterioro ambiental avanza hacia cambios destructivos en el corto plazo. Desde ahí, la crítica golpea al campo de la sostenibilidad porque gran parte de sus investigaciones, políticas y prácticas sigue concentrada en administrar impactos, aunque el problema ya apunta a una desorganización social mucho más profunda.

    También queda expuesto un vacío profesional e intelectual. Casi no se desarrolla trabajo académico que parta de la posibilidad de un colapso social provocado por una catástrofe ambiental y examine lo que eso implicaría para la investigación, la docencia, la gestión o la vida cotidiana. Esa ausencia no nace de la falta de indicios, sino de la dificultad de asumir un horizonte que destruye certezas, debilita la sensación de control y deja rebasados los marcos habituales con los que el sector intentó pensar la crisis.

    Por eso, la adaptación climática convencional deja de presentarse como respuesta adecuada. Tras 25 años dentro del campo de la sostenibilidad, la experiencia acumulada se reorganiza en una agenda de "adaptación profunda" que busca orientar la discusión sobre cómo actuar cuando el daño ambiental amenaza las formas normales de sustento, refugio, seguridad, identidad y sentido. Lo decisivo ya no consiste en maquillar la gravedad del problema con lenguajes técnicos, sino en obligar a investigadores, docentes y profesionales a revisar si su trabajo enfrenta la magnitud de la tragedia o solo administra su negación.

    Ubicación de este estudio dentro de la academia

    Frente a diagnósticos climáticos cada vez más graves, suele aparecer una reacción casi automática: suavizar el golpe con noticias alentadoras sobre sostenibilidad. Esa búsqueda de equilibrio parece razonable, pero deja de serlo cuando los avances citados no responden al problema real. Reducir contaminación, preservar hábitats, reducir la producción de residuos o mejorar su manejo, impulsar innovación o celebrar políticas de mitigación, puede tener mérito propio, aunque nada de eso resuelve por sí mismo una crisis climática que, en este planteamiento, ya no se presenta como una perturbación manejable, sino como una amenaza capaz de desorganizar la vida social en el corto plazo.

    Desde ese punto, el problema no consiste en negar que existan esfuerzos valiosos. Importa reconocer que esos avances no modifican el núcleo del diagnóstico. Medidas como defensas contra inundaciones, leyes de planificación, sistemas de riego, compromisos internacionales como la Conferencia de las Partes número 21 (COP21) o una mayor implicación china en la agenda climática ayudan a sostener respuestas parciales. Sin embargo, esas respuestas siguen inscritas en una lógica que presupone que la sociedad puede mantenerse en pie mediante ajustes, correcciones y administración de impactos. Esa premisa es la que ponemos en cuestión.

    El centro de la discusión no se coloca en el cambio climático como tema general, sino en el estado concreto de la crisis climática y en la pobreza intelectual de los marcos académicos que todavía se aferran a la idea de solución o control. Los estudios de gestión temen la posibilidad de un colapso social derivado de una catástrofe ambiental.

    Ni las revistas especializadas más cercanas al tema desarrollan de fondo ese horizonte, ni la vasta literatura sobre adaptación climática rebasa esos límites, porque sigue pensada para conservar sociedades funcionales frente a alteraciones supuestamente manejables. En contraste, la "adaptación profunda" rompe con esa comodidad y parte de una premisa completamente distinta: que el colapso ya no debe tratarse como una exageración retórica, sino como una posibilidad estructural que obliga a replantear la discusión desde sus cimientos.

    Nuestro mundo no lineal

    El cambio climático ya no responde a la idea de un deterioro lento ni de una alteración todavía manejable. La situación se agrava debido a varios procesos ambientales que pierden estabilidad, se aceleran, se encadenan y refuerzan el daño. Bajo esas condiciones, la crisis deja de depender solo de las emisiones humanas, porque parte del sistema terrestre activa dinámicas propias que reducen aún más cualquier margen efectivo de control.

    Además, la evidencia reciente obliga a desconfiar de los marcos que durante años suavizaron la velocidad real del trastorno climático. Varias investigaciones colocan ciertos umbrales críticos más cerca de lo que se admitió, con lo cual la discusión deja de girar en torno a un riesgo lejano y se desplaza hacia una alteración que ya comenzó a desplegarse. Esa diferencia no es menor, porque derrumba la idea de que bastan correcciones parciales para contener el problema.

    En ese escenario, el Ártico concentra una señal especialmente grave. Su calentamiento desordena corrientes atmosféricas, acelera la desaparición del hielo marino y debilita la capacidad de la superficie helada para reflejar radiación solar. Como resultado, el deshielo ya no funciona solo como efecto del calentamiento, sino también como un factor que lo intensifica. Junto con ello, aparecen puntos de inflexión que pueden activarse, volverse irreversibles y encadenarse unos con otros, lo que acerca la posibilidad de una transformación climática mucho más hostil.

    Fuera de la abstracción, esa trayectoria ya golpea bases materiales concretas. El nivel del mar aumenta, los eventos extremos se agravan, la producción agrícola pierde estabilidad, los océanos se acidifican, los arrecifes colapsan, las cadenas alimentarias marinas se degradan y ciertas enfermedades transmitidas por mosquitos y garrapatas encuentran condiciones más favorables para expandirse. En conjunto, todo esto no describe una perturbación remota ni administrable, sino una ruptura ecológica que amenaza con rebasar la capacidad social de respuesta.

    Mirando hacia adelante

    La alteración climática ya golpea ecosistemas, suelos, mares y sociedades humanas, y ese daño seguirá ampliándose con el paso del tiempo incluso si la intensidad del calentamiento no aumente de inmediato. El problema ya no se limita a una modificación del clima en abstracto. Lo que está en juego son las condiciones materiales que permiten la vida colectiva: la producción de alimentos, la estabilidad de las zonas costeras, la conservación de especies y la permanencia de comunidades enteras en sus territorios. En esas condiciones, la crisis climática deja de ser una amenaza distante y se convierte en un proceso de degradación que ya compromete la subsistencia humana.

    Uno de los frentes más expuestos es la alimentación. El cambio climático reduce el rendimiento de cultivos básicos en países decisivos para la producción agrícola y, al mismo tiempo, destruye arrecifes de coral, acidifica los océanos y debilita la reproducción de peces de los que dependen millones de personas para alimentarse. A la par, el aumento del nivel del mar pone en riesgo a poblaciones asentadas en zonas costeras, mientras el deterioro ambiental empuja a numerosas especies animales y vegetales hacia la extinción. Lo que emerge de ese conjunto no es una alteración menor corregible con ajustes graduales, sino una crisis ecológica de gran escala provocada por la actividad humana.

    También pierde solidez el límite de seguridad climática adoptado por gobiernos y organismos internacionales. Esa meta no expresa una certeza científica definitiva, sino un acuerdo político moldeado por intereses económicos, estatales y corporativos. Más grave aún, las emisiones globales continúan en niveles demasiado altos y el crecimiento económico no logra separarse de manera efectiva del uso intensivo de carbono. Reducir emisiones, por tanto, ya no alcanza como respuesta suficiente ante una desestabilización climática demasiado avanzada.

    A la vez, la restauración de bosques, suelos, pastizales, praderas marinas y cultivos de algas, adquiere valor estratégico porque esos sistemas biológicos pueden retirar carbono de la atmósfera y amortiguar parte del daño. De todos modos, esa absorción no elimina el calentamiento ya acumulado ni impide que la acidificación del océano siga destruyendo vida marina durante años. Incluso el reverdecimiento global del planeta, es decir, el crecimiento más rápido y extendido de la vegetación por la mayor presencia de dióxido de carbono y por temperaturas más altas, ofrece un alivio parcial y frágil, limitado por el mismo trastorno climático que intenta contener (datos cruciales 1 a 15).

    La amenaza más inquietante se concentra en el metano. Ese gas retiene mucho más calor que el dióxido de carbono y su posible liberación desde los suelos permanentemente congelados de las regiones polares y desde depósitos congelados ubicados bajo el fondo marino del Ártico mantiene abierta una incertidumbre de enorme alcance.

    El punto decisivo no consiste en afirmar una extinción inmediata como certeza absoluta, sino en reconocer que la humanidad ya creó una situación en la que los escenarios extremos no pueden descartarse con seguridad.

    Apocalipsis incierto

    La posibilidad de un colapso social no debe entenderse como una imagen lejana ni como una tragedia que solo ocurriría en otros territorios. Significa la ruptura de las condiciones básicas de vida: cortes de electricidad, falta de agua en las viviendas, escasez de alimentos, dependencia inmediata de vecinos para conseguir abrigo o protección, desnutrición, miedo a la violencia y pérdida del orden cotidiano.

    Aunque no pueda fijarse con exactitud cuándo ocurriría esa fractura ni qué sociedad sería golpeada primero, esa incertidumbre no invalida la gravedad del escenario. En sistemas sociales complejos, la falta de certeza absoluta no impide reconocer cadenas de daño que pueden desarticular la producción de alimentos, la salud pública, la seguridad, la estabilidad financiera y las relaciones entre países.

    Esa posibilidad extrema explica por qué aparecen propuestas para manipular el clima a gran escala, como fertilizar océanos para que absorban más dióxido de carbono o liberar sustancias en la atmósfera superior para reflejar parte de la radiación solar. Esas medidas no ofrecen una salida segura. También pueden alterar lluvias estacionales de las que dependen millones de personas para sembrar y cosechar. Más que resolver la crisis, exhiben el nivel de desesperación al que se llegó.

    A ello se suma otro problema: no existe una base seria para confiar en que la innovación humana corregirá a tiempo la trayectoria ambiental. Buena parte de la inversión y del desarrollo reciente se orienta al consumo y a la especulación financiera, no a desmontar las causas materiales del deterioro climático. Bajo ese rumbo, el horizonte que se perfila no es una estabilización ordenada, sino hambre, desplazamiento forzado, enfermedad, violencia y guerra.

    Por eso, reformar parcialmente el orden vigente no basta para hacer frente a la situación actual. La tarea pasa a ser pensar cómo podrían adaptarse comunidades, países y la humanidad a trastornos que desbordan la adaptación climática convencional. De ahí surge la idea de una adaptación profunda, entendida como una agenda para enfrentar una descomposición social que ya no puede tratarse como posibilidad remota.

    Los datos cruciales 16 a 20 presentan algunos escenarios.

    Sistemas de negación

    Aceptar la gravedad de la crisis climática no solo obliga a revisar información científica. También obliga a poner en duda una identidad entera construida alrededor de la idea de progreso, de utilidad pública y de cambio posible. Por eso, dentro del ambientalismo, la negación no suele presentarse como rechazo simple de los hechos. Con más frecuencia aparece como una defensa emocional e intelectual frente a una realidad que amenaza el sentido del trabajo realizado, la confianza en las estrategias habituales y la imagen que muchas personas tienen de sí mismas como parte de la solución.

    Esa defensa se nota con claridad cuando una descripción cruda del desastre genera más rechazo por su tono que por la veracidad de su contenido. En lugar de concentrarse en la magnitud del problema o en las consecuencias materiales del calentamiento acelerado, parte de la discusión se desplaza hacia otra preocupación: si conviene comunicar algo así a la población. De ese modo, la cuestión deja de ser qué está ocurriendo y pasa a ser cuánto de esa realidad debe decirse, con qué palabras y hasta dónde puede soportarla el público. Ahí se instala una censura discreta, sostenida por una relación paternalista en la que ciertos expertos se colocan como administradores de la verdad.

    También pesa una idea equivocada sobre la esperanza. Se asume que el desconsuelo, la desesperación o la pérdida de fe solo conducen a inmovilidad. Esa suposición simplifica demasiado la experiencia humana. Hay momentos en que conservar una esperanza falsa impide comprender la dimensión de la pérdida y prolonga una ficción agotada. Renunciar a ese consuelo no significa siempre rendirse. A veces permite mirar con más honestidad lo que se derrumba y abre la posibilidad de construir otra orientación moral, menos apoyada en la continuidad del orden existente y más preparada para vivir en condiciones profundamente alteradas.

    A partir de ahí, la negación adopta formas más finas. Una consiste en aceptar los hechos, pero traducirlos a una versión menos amenazante para proteger estabilidad psicológica. Otra consiste en reconocer el problema y refugiarse después en acciones limitadas que ofrecen alivio moral, sensación de pertenencia o sentimiento de decencia, aunque no respondan al tamaño real del deterioro. Bajo esa lógica, ciertas prácticas ambientales dejan de ser una confrontación con la crisis y se convierten en una manera de hacerla tolerable sin asumir todas sus implicaciones.

    Tres fuerzas empujan esa dinámica. Desde el ámbito científico operan la prudencia extrema, los ritmos lentos de validación y la presión constante para no parecer alarmista ante gobiernos, financiadores o empleadores. En el plano personal actúan el miedo a la muerte, la necesidad de pertenecer y el apego a un mundo del que todavía dependen identidad, prestigio y sustento. En el terreno institucional ocurre algo todavía más claro: organizaciones, empresas y gobiernos ligados a la sostenibilidad tienen pocos incentivos para reconocer como probable una descomposición social que también pondría en cuestión su legitimidad, su eficacia y su razón de existir.

    De ahí nace una contradicción difícil de ignorar. Mientras parte del ambientalismo profesional insiste en moderar el diagnóstico para no perturbar a la población, amplios sectores sociales ya expresan inseguridad, pérdida de confianza en el progreso y dudas serias sobre el futuro. Esa distancia deja una conclusión incómoda: la contención del discurso quizá no protege a la sociedad de una verdad insoportable, sino al propio campo ambiental de una verdad que todavía no termina de admitir.

    Enmarcar después de la negación

    Aceptar la gravedad de la crisis climática no resuelve nada por sí mismo. Apenas abre otra discusión: cómo nombrar el tipo de quiebre que podría venir. La crisis no puede leerse solo como un problema de emisiones de dióxido de carbono o de contaminación, porque también expone una relación rota entre las sociedades humanas y el entorno del que dependen. Aun así, ampliar la mirada no permite diluir la urgencia climática. Lo central pasa a ser qué clase de ruptura se considera plausible y cómo vivir con esa posibilidad.

    Desde esa base, las interpretaciones se separan. Una parte imagina el derrumbe del orden económico actual sin asumir por ello la desaparición completa de la vida social. Otra parte cree que una fractura de ese tipo podría cerrar la etapa consumista y obligar a reconstruir vínculos más sobrios con la naturaleza. Esa expectativa puede sonar liberadora, pero también puede encubrir la violencia del proceso al revestirlo de redención. En el otro extremo aparecen lecturas que no ven ninguna transición habitable, sino una desorganización tan profunda que haría inviable cualquier paso ordenado hacia otra forma de vida. Algunas incluso extienden esa lectura hasta la posibilidad de extinción humana.

    Lo decisivo no radica solo en la diferencia entre escenarios, sino en la función que cumplen para quien los adopta. Cada marco ofrece una manera de soportar la incertidumbre. Por eso aparece una fórmula que ordena el panorama sin pretender cerrarlo: colapso inevitable, catástrofe probable y extinción posible. Esa secuencia no se plantea como dogma, sino como un modo de dar estructura a un horizonte que ya desborda los lenguajes tranquilos del ambientalismo convencional.

    A partir de ahí también cambian los vínculos entre personas. Existen espacios donde la extinción humana cercana se convierte en verdad obligatoria y cualquier reserva se juzga como autoengaño. Esa rigidez muestra algo más profundo: para muchas personas resulta más tolerable una certeza extrema que una incertidumbre abierta. Aun así, aceptar la posibilidad de colapso no desemboca siempre en pasividad. En contextos de apoyo, puede debilitar la obediencia al orden vigente y despertar otra libertad para decidir qué importa de verdad.

    Queda entonces la pregunta más dura: cuándo y dónde empezará a fracturarse la vida cotidiana. El planteamiento sostiene que los impactos ya están en marcha y que el deterioro agrícola puede agravarse en el corto plazo. Desde ahí, la discusión deja de ser teórica y toca decisiones inmediatas sobre trabajo, lugar de vida, autosuficiencia y futuro. No hay garantía en ninguna dirección. Lo único que pierde sustento es seguir actuando bajo los mismos supuestos. De ahí nace la necesidad de construir marcos nuevos para reorganizar la vida y el trabajo después de la negación.

    La agenda de la adaptación profunda

    Adaptarse al cambio climático dejó de ser una agenda secundaria cuando gobiernos, bancos de desarrollo y organismos internacionales empezaron a financiar planes contra sequías, inundaciones, lluvias extremas y aumento del nivel del mar. Esas medidas pueden contener daños concretos y por eso no carecen de utilidad. El problema surge cuando esa respuesta todavía se formula para sostener una normalidad que ya se debilita, como si bastara con ajustar infraestructura y reducir vulnerabilidades sin tocar el tipo de sociedad que entra en crisis.

    Ahí aparece el límite del lenguaje de la resiliencia. Con frecuencia se la presenta como capacidad de soportar choques y continuar el desarrollo. Esa definición mantiene intacta una confianza en el progreso material que puede volverse contraproducente cuando el deterioro ya no permite pensar en continuidad estable. A la vez, casi toda esa agenda se concentra en irrigación, drenaje, reducción del riesgo y continuidad operativa, mientras deja relegada la dimensión psicológica, ética y comunitaria de una sociedad atravesada por pérdida, estrés y desorganización.

    Frente a ese marco insuficiente, la adaptación profunda parte de otra pregunta. Ya no se trata de cómo preservar intacto el sistema actual, sino de qué normas, vínculos y prácticas merecen sostenerse cuando la estabilidad anterior deja de ser posible. Desde esa base, la resiliencia cambia de sentido. No equivale a volver al estado previo, sino a conservar aquello que todavía vale la pena en medio de la ruptura.

    Esa agenda se despliega luego en tres movimientos adicionales. El primero es la renuncia, porque adaptarse también exige abandonar consumos, infraestructuras, expectativas y formas de ocupación del territorio que podrían empeorar el daño. El segundo es la restauración, entendida como recuperación de prácticas erosionadas por la civilización de los hidrocarburos, como la autosuficiencia local, la cooperación vecinal, las dietas ligadas a las estaciones y paisajes menos dependientes de control intensivo. El tercero es la reconciliación, porque ninguna estrategia garantiza éxito y, aun así, habrá que enfrentar mortalidad, pérdida y miedo sin actuar desde pánico reprimido.

    En esas condiciones, la adaptación profunda no ofrece un plan técnico cerrado ni promete control sobre un proceso que ya desborda la gestión convencional. Su utilidad radica en ordenar la deliberación sobre qué conservar, qué soltar, qué recuperar y con qué realidad aprender a vivir. Por eso se ubica más allá del desarrollo sostenible y asume de frente un escenario postsostenibilidad.

    Futuros de la investigación frente a la tragedia climática

    La tragedia climática vuelve insuficiente la lógica habitual de la carrera académica. Publicar para ascender, acumular prestigio o defender especializaciones estrechas pierde sentido cuando la crisis ya amenaza las condiciones materiales que sostienen la vida social. Bajo ese horizonte, la pregunta deja de ser cómo progresar dentro de la universidad y pasa a ser qué conocimiento sigue teniendo utilidad.

    Esa limitación no nace solo de la sobrecarga docente, la falta de tiempo o la dificultad para conseguir financiamiento. También proviene de una universidad moldeada por décadas de neoliberalismo. Desde la década de 1970, esa lógica redujo la crisis ambiental a decisiones individuales, mecanismos de mercado, avances mínimos y problemas fragmentados.

    Así, el consumo responsable sustituyó a la acción política, los instrumentos financieros ocuparon el lugar de la transformación estructural y los pequeños gestos empresariales se celebraron como si bastaran. En escuelas de negocios y espacios cercanos, buena parte del trabajo académico ayudó a consolidar esa visión.

    Frente a eso, ya no basta con añadir el clima a agendas previas ni con insertar preocupaciones ambientales dentro de organizaciones que siguen operando bajo la misma lógica. Hace falta revisar de raíz qué vale la pena investigar, enseñar o abandonar. Pierden peso los trabajos dedicados a mejoras graduales dentro del orden existente. Ganan importancia asuntos como liderazgo, comunicación, relocalización económica, desarrollo comunitario, monedas locales y formas de cooperación capaces de sostener la vida cuando las redes normales se vuelven frágiles.

    También cambia el modo de compartir conocimiento. Los circuitos cerrados de publicación ya no alcanzan si comunidades, gobiernos locales y personas comunes necesitan herramientas para reorganizar sustento, apoyo mutuo y decisiones cotidianas. Por eso cobran más valor los cursos abiertos, las redes de apoyo y el diálogo con personas fuera del nicho universitario. El conocimiento deja de medirse solo por reconocimiento académico y empieza a medirse por su capacidad de servir en condiciones de deterioro.

    Esa reorientación puede exigir decisiones difíciles. En algunos casos, abandonar líneas enteras de investigación, dejar proyectos sin relevancia ante la crisis e incluso poner en duda el empleo o la carrera misma. A escala local, hará falta fortalecer capacidades comunitarias para evitar fractura social.

    A escala internacional, aparecerán problemas más severos, como el apoyo a personas desplazadas y la seguridad de instalaciones industriales o nucleares durante colapsos sociales. Además, campos como la psicología, la teología y las reflexiones sobre el fin del mundo adquieren más peso para pensar el impacto emocional y moral de este escenario.

    Nada de esto puede resolverse como cálculo profesional ordinario. Aceptar que el colapso social podría ocurrir dentro de la propia vida altera prioridades, identidad y sentido del trabajo. La cuestión final ya no consiste en proteger una trayectoria académica, sino en decidir si la investigación seguirá sirviendo al prestigio universitario o si empezará a responder a la tragedia climática.

    Conclusiones

    Reducir emisiones, extraer dióxido de carbono de la atmósfera y frenar las emisiones sigue siendo indispensable, pero ese esfuerzo ya no ocurre antes del desastre, sino dentro de una desestabilización climática que ya comenzó. Por eso, la adaptación deja de ser un complemento técnico y se convierte en una necesidad central.

    Esa urgencia cambia por completo el marco de respuesta. La crisis ya no amenaza solo ecosistemas o infraestructura, sino también alimentación, salud, seguridad y estabilidad social, incluso en países ricos. Bajo esas condiciones, el desarrollo sostenible y la sostenibilidad corporativa dejan de ofrecer una respuesta suficiente. La prioridad pasa a ser reducir los daños y evitar el agravamiento de la situación mediante una adaptación profunda frente a una ruptura que ya forma parte del presente.

Datos cruciales: 

    1) Diecisiete de los dieciocho años más cálidos del registro de 136 años ocurren desde 2001. A escala mundial, la temperatura media aumenta 0.9°C desde 1880 y, en los 12 meses previos a junio de 2020, queda cerca de 1.3°C por encima del nivel preindustrial usado por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) para establecer los umbrales de 1.5°C y 2°C.

    2) En el Ártico, la temperatura superficial terrestre en 2016 quedó 2.0°C por encima del promedio de 1981 a 2010, supera por 0.8°C los registros de 2007, 2011 y 2015, y acumula un aumento de 3.5°C desde 1900. A inicios de 2018, algunas mediciones en esa región marcan 20°C por encima del promedio de esa fecha.

    3) El IPCC calcula 17% de probabilidad de rebasar 1.5°C hacia 2030. Otros estudios sostienen que ese límite podría superarse antes, incluso en 2026 si ciertas condiciones del océano Pacífico cambian, y al menos calculan 10% de probabilidad de rebasarlo hacia 2025. Además, algunos modelos proyectan más de 6°C de calentamiento hacia finales de siglo.

    4) De los 15 puntos de inflexión climática identificados en 2008, 7 ya muestran señales de activación y se agregan 2 nuevos, con un total de 9 procesos activos e interrelacionados. En paralelo, el hielo marino del Ártico pierde 13.2% de su extensión media en septiembre por década desde 1980, desaparece más de dos tercios de su cobertura y en 2017 su volumen alcanza el nivel más bajo registrado.

    5) En 2014, científicos calculan que la pérdida de reflectividad del hielo marino ártico ya equivale a 25% del forzamiento directo de temperatura causado por el dióxido de carbono durante los 30 años previos. Peter Wadhams plantea que un Ártico sin hielo durante todo el año elevaría en 50% el calentamiento provocado por el dióxido de carbono generado por actividad humana.

    6) Entre 2002 y 2016, Groenlandia pierde aproximadamente 280 gigatoneladas de hielo por año y sus zonas costeras y de baja elevación registran hasta 4 metros de pérdida de masa de hielo en equivalente de agua durante 14 años. Ese proceso empuja un aumento medio global del nivel del mar de 3.2 milímetros por año y un incremento acumulado superior a 80 milímetros desde 1993. Además, se indica que el IPCC subestima ese aumento y que la tendencia reciente ya no es lineal.

    7) Los rendimientos agrícolas disminuyen entre 1% y 2% por década durante el último siglo. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reporta pérdidas de miles de millones de dólares al año por anomalías meteorológicas y señala que esas pérdidas crecen de forma exponencial.

    8) Aproximadamente la mitad de los arrecifes de coral del mundo murieron en los últimos 30 años, el Océano Atlántico absorbe 50% más dióxido de carbono en la década previa a 2016 que en la anterior, y esa acidificación reduce la reproducción de peces. También se expanden virus transmitidos por mosquitos y garrapatas en algunas regiones.

    9) En China, hacia finales de siglo, se proyectan caídas de 36.25% en la producción de arroz, 18.26% en trigo y 45.10% en maíz. En India, el rendimiento del trigo disminuiría entre 6% y 23% en la década de 2050 y entre 15% y 25% en la de 2080. Además, la productividad pesquera podría reducirse en más de la mitad por pérdida de coral y acidificación oceánica.

    10) El Banco Mundial estima en 2018 que más de 100 millones de personas podrían sufrir desplazamiento interno por efectos del cambio climático, además de millones de refugiados internacionales. Al mismo tiempo, alrededor de la mitad de las especies vegetales y animales de las zonas más biodiversas del mundo queda en riesgo de extinción por cambio climático.

    11) En 2013, el IPCC calculó que para mantenerse por debajo de 2°C no debían emitirse más de 800 mil millones de toneladas de carbono, lo que dejaba unas 270 mil millones por quemar. A pesar de ello, las emisiones globales siguen en torno a 11 mil millones de toneladas de carbono por año, equivalentes a 37 mil millones de toneladas de dióxido de carbono, y en 2017 todavía aumentaron 2%.

    12) Un cálculo posterior sostiene que el presupuesto de carbono podría agotarse por completo en 2025 debido a una subestimación del metano. A la vez, una propuesta de captura mecánica exigiría ampliar esa capacidad por un factor de 2 millones en 2 años, alimentada con energías renovables y acompañada de recortes masivos de emisiones.

    13) En sistemas biológicos, estudios sobre praderas marinas y algas indican que podrían retirarse millones de toneladas de carbono de la atmósfera de forma inmediata y continua. En ganadería rotacional intensiva, una investigación de 2014 mide aumentos anuales de 8 toneladas de carbono por hectárea. Dado que el mundo usa 3.5 mil millones de hectáreas para pastos y forraje, convertir una décima parte de esa superficie permitiría secuestrar una cuarta parte de las emisiones actuales.

    14) El reverdecimiento global reduce la proporción anual de emisiones que permanece en la atmósfera de cerca de 50% a 40% durante la última década. Aun así, el dióxido de carbono atmosférico supera 400 partes por millón en 2015.

    15) A comienzos de este siglo, la concentración de metano aumentó 0.5 partes por mil millones por año, pero en 2014 y 2015 subió hasta 10 partes por mil millones anuales. En 2017, científicos del mar de Siberia oriental reportan que el permafrost submarino ya se adelgaza lo suficiente como para arriesgar la desestabilización de hidratos, mientras estudios recientes señalan un crecimiento muy fuerte del metano entre 2014 y 2017.

    16) En 2017, una encuesta aplicada a más de 8 000 personas en 8 países, Australia, Brasil, China, Alemania, India, Sudáfrica, Reino Unido y Estados Unidos, muestra que 61% se siente más inseguro que 2 años antes, mientras solo 18% se siente más seguro. Sobre cambio climático, 48% coincide firmemente en que representa un riesgo catastrófico global y otro 36% tiende a estar de acuerdo. Solo 14% manifiesta desacuerdo en algún grado.

    17) Otra encuesta global de 2017 registra que apenas 13% de la población considera que el mundo está mejorando, lo que marca un giro fuerte respecto de la década previa. A eso se suma el retroceso de la confianza en la tecnología como fuerza positiva en Estados Unidos y la caída de la creencia de que los hijos vivirán mejor que sus padres, señales de una erosión más amplia de la idea de progreso.

    18) Algunas lecturas extremas del colapso climático sostienen que una desestabilización severa podría comprometer 400 centrales nucleares. En esa misma línea, ciertos grupos afirman que el colapso de la civilización podría comenzar en 12 meses por fallas de cosechas en el hemisferio norte y desembocar en la extinción humana en un plazo no mayor de 5 años. Además, los daños sobre la agricultura podrían intensificarse de forma masiva en los próximos 20 años.

    19) La última gran extinción del planeta eliminó 95% de las especies por un calentamiento atmosférico acelerado por metano. Además, 2 científicos climáticos calculan que la humanidad enfrenta 20% de probabilidad de extinguirse en este siglo.

    20) Tras el giro de 2010 hacia la adaptación climática, el Acuerdo de París fija en 2015 el Objetivo global de adaptación y exige planes nacionales de adaptación. Luego, en 2018, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (IFAD), el Banco Africano de Desarrollo (AfDB), el Banco Asiático de Desarrollo (ADB), la Facilidad Global para la Reducción y Recuperación de Desastres (GFDRR) y el Banco Mundial aprueban financiamiento para resiliencia comunitaria, aunque todavía por debajo de lo comprometido durante los 8 años previos. En 2017, Peterborough Environment City Trust dedica 1 día completo de un festival de alternativas a discutir la renuncia dentro de esta agenda.

Nexo con el tema que estudiamos: 

    Hoy persiste una duda más incómoda: si la resignación social avanzó tanto que incluso el caos ya se acepta como normal, mientras cada individuo sigue adelante sin comprometerse con una causa colectiva. Al mismo tiempo, queda expuesta otra posibilidad más brutal: que el ser humano continúe actuando desde el egoísmo hasta el último momento, incluso si ese camino lo arrastra a su propia extinción.

    Frente a los escenarios extremos, la adaptación profunda propone acciones que hacen frente a la catástrofe en curso, y construir desde esas condiciones completamente distintas a lo que predomina en el debate público y la academia.