Queremos ganar ¿Cómo?
Holloway, John [2026], "Queremos ganar ¿Cómo?", Revista Crítica Anticapitalista, (5), https://comunizar.com.ar/queremos-ganar/
John Holloway, es un abogado y politólogo irlandés, considerado en el ámbito académico como un sociólogo y filósofo del marxismo autónomo.
I
Frenar a presidentes como Trump, Milei y Macron, así como al primer ministro Starmer, desmontar controles migratorios, detener la violencia contra las mujeres, contener guerras, extrema derecha, energía fósil, cambio climático y ataques al pensamiento crítico universitario son luchas necesarias, pero insuficientes.
Cada victoria reduce un daño concreto, pero no rompe la estructura que lo produce. Mientras el dinero pese más que la vida, toda conquista queda bajo amenaza. Por eso, resistencia y rebeldía sirven para no ceder, pero la revolución aparece como la apuesta decisiva para enfrentar la raíz del desastre.
II
La sociedad actual encierra a las personas porque organiza sus vínculos mediante el intercambio de mercancías. Desde Marx, se sabe que esa relación no solo define la economía, también convierte la creatividad humana en trabajo abstracto o alienado, impone el dominio del dinero, rompe comunidades, aísla individuos y fortalece al capital mediante la explotación del trabajo.
Dado que esas relaciones quedan ocultas bajo formas aparentemente normales, trabajo, dinero, estado y capital parecen cosas naturales, separadas y permanentes. En realidad, funcionan como mecanismos históricos que obligan a convertir la vida en actividad subordinada a la ganancia ajena. El capitalismo opera como un laberinto: une esas formas, encierra la reproducción social y reduce la actividad humana a producir acumulación para otros.
Incluso creaciones extraordinarias como internet, teléfonos inteligentes e inteligencia artificial quedan deformadas por la búsqueda de ganancia. Por eso, la creatividad no despliega todo su potencial liberador, sino que produce explotación, distorsión y destrucción. La reificación consiste en convertir relaciones humanas en cosas y comunidades vivas en individuos aislados, sin historia, memoria ni sueños compartidos
III
Romper con el capitalismo no consiste solo en enfrentar a quienes mandan dentro del orden existente. El problema más profundo está en las formas que organizan la vida diaria: trabajo, dinero, capital y estado. Cada una encierra la actividad humana en reglas que parecen normales, pero que reducen la existencia a obediencia, producción y reproducción del mismo sistema.
Por eso, la revolución no puede limitarse a sustituir un grupo por otro en el poder. Su fuerza reside en crear otra manera de relacionarse, una cohesión distinta, cercana al “mundo de muchos mundos” defendido por los zapatistas. Aunque siempre exista conflicto entre beneficiarios y perjudicados, la lucha no debe quedar atrapada en un simple “quién contra quién”.
La crítica a Lenin y Engels va en ese sentido: al poner el centro en la toma del poder, dejaron en segundo plano la ruptura de las formas sociales. Esa reducción volvió casi intocables al trabajo, el dinero y el estado, como si fueran rasgos naturales de cualquier sociedad.
IV
Seguir dentro de las formas capitalistas vuelve inútil incluso la militancia más intensa, porque no detiene la maquinaria que reproduce destrucción. La salida no puede depender solo del deseo o la consigna. Engels tenía razón en un punto: toda esperanza de cambio necesita una base material y una estrategia capaz de transformar la sociedad.
No obstante, el camino defendido por Engels y Lenin terminó en fracaso. En lugar de liberar la actividad humana, produjo sociedades autoritarias, lejos de la autodeterminación prometida. El desafío queda intacto: construir una transformación radical sin repetir las formas que ya deformaron la revolución.
V
La respuesta central es incómoda: no sabemos cómo transformar la sociedad. Antes se creyó que tomar el estado bastaba para cambiarlo todo, pero esa vía fracasó porque intentó romper el capitalismo desde formas que también lo reproducen. Aceptar la duda no es rendirse. Impide imponer una verdad desde arriba y abre una política de diálogo, donde la transformación se construye colectivamente, sin repetir la autoridad jerárquica que se busca superar.
VI
Confiar en una clase obrera fuerte, organizada y entendida como identidad cerrada ya no basta para pensar una ruptura real con el capitalismo. Esa salida imagina a la clase trabajadora como si pudiera actuar desde fuera del sistema, cuando nace dentro de las relaciones sociales que busca romper. Lo mismo ocurre con la idea de que las fuerzas productivas, es decir, las capacidades técnicas, materiales y humanas para producir, derrumbarán por sí solas las relaciones de producción, que son las formas de organizar el trabajo, la propiedad y el control de lo producido. Producción y dominación no existen separadas: crecen juntas, chocan entre sí y sostienen el mismo orden.
Ernst Bloch, filósofo marxista alemán, ofrece una vía más viva con el concepto de "todavía no". Ese concepto nombra las posibilidades de otro mundo que aún no existe plenamente, pero que ya se manifiestan en el presente como inconformidad, rebeldía, imaginación, deseo y creatividad. No es una fantasía vacía, sino una fuerza que empuja contra lo existente y abre posibilidades de transformación. Bloch encuentra ese impulso en cuentos de hadas, danza, arquitectura, música, religión y teoría utópica. Con Marx, crítico radical del capitalismo, ese empuje adquiere una base material: la transformación nace de fuerzas que ya existen en la actividad humana.
Desde ahí, la lucha de clases deja de ser una etiqueta rígida. La clase trabajadora no solo designa a quienes viven atrapados en el trabajo capitalista, también expresa la pelea contra ese encierro. Marx distingue entre trabajo abstracto o enajenado, reducido a producir ganancias para el capital, y trabajo concreto o útil, ligado a crear, cuidar, resolver necesidades y sostener la vida. Esa posibilidad de otro mundo vive en la creatividad humana que el capitalismo busca convertir en trabajo rentable, aunque nunca consigue agotarla del todo.
David Graeber, antropólogo anarquista, Kropotkin, pensador anarquista, Abdullah Öcalan, dirigente kurdo, y el movimiento kurdo ayudan a pensar el comunismo de base. Aquí no se habla de un partido ni de un estado, sino de apoyo mutuo cotidiano, cooperación, amistad, cuidado y reconocimiento de necesidades. Incluso una sociedad dominada por dinero, mercancías e individualismo necesita esa red común para funcionar.
La esperanza revolucionaria surge de reconocer ese comunismo cotidiano dentro del propio capitalismo. David Graeber, David Wengrow y Öcalan permiten leer la historia no solo como dominación o rebelión excepcional, sino como persistencia diaria de prácticas que sostienen la vida. No conviene romantizarlas, porque también aparecen mezcladas con dinero, empleo y dependencia. Su fuerza está en ser una lucha real, contradictoria y material contra el dominio capitalista.
VII
Cuando el capitalismo mundial entra en crisis, las reformas ya no bastan para sostenerlo ni para corregir sus daños. Por eso, la revolución aparece como una necesidad: no solo para protestar, sino para liberar la actividad creativa humana del trabajo impuesto y para recuperar decisiones colectivas frente al estado. David Graeber y David Wengrow llaman kairos a esos momentos raros donde el orden se debilita y cambiarlo se vuelve posible.
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Ante el aparente callejón sin salida del capitalismo en época de bifurcación, las fertilizaciones mutuas de las vertientes del pensamiento crítico abren camino hacia la formulación y debate de respuesta innovadoras que den sentido a las luchas sociales. La inversión de la perspectiva que implica poner en el centro la vida cotidiana rompe con el paradigma estadocéntrico que impulso, y posteriormente detuvo, a las experiencias liberadoras del siglo XX. El desafío es articular estas formas de lucha intersticiales con aquellas que permiten ganar masa crítica y poner freno a la devastación capitalista.

