La importancia de China en la economía mundial

Cita: 

Harvey, David [2023], "VII. La importancia de China en la economía mundial", Crónicas anticapitalistas, Madrid, Akal.

Fuente: 
Libro
Fecha de publicación: 
2023
Tema: 
El ascenso chino frente al dominio occidental
Idea principal: 

    David Harvey es un académico clave en antropología, geografía y crítica del capitalismo. Enseña en el Graduate Center de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) desde 2001, tras ocupar cargos en Johns Hopkins y Oxford. Reconocido por la Real Sociedad Geográfica de Londres y la Academia Americana de Artes y Ciencias, figura como el geógrafo académico más citado del mundo. Ediciones Akal difundió varias de sus obras centrales sobre neoliberalismo, imperialismo, capital, crisis y ciudad.


    China no pasó de taller barato a potencia tecnológica por accidente. El cambio nació de una presión interna: la China continental arrastraba carencias materiales, mientras Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur avanzaban con mayor fuerza. Para el Partido Comunista chino, esa comparación era peligrosa. El discurso político perdía fuerza si la población no veía mejoras concretas en su vida diaria.

    Ante ese desgaste, Deng Xiaoping, dirigente chino, propuso una salida pragmática: conservar el control político del partido y abrir la economía a la competencia. Las empresas debían producir más, reducir costos y funcionar mejor. También cambió la formación económica. La visita de Milton Friedman, economista liberal estadounidense, mostró el avance de ideas centradas en mercado, precios e incentivos, mientras las ideas económicas de Karl Marx quedaron más ligadas a la filosofía que a la enseñanza práctica de economistas.

    A diferencia de varios países del antiguo bloque soviético, China no entregó el mando político al mercado. Usó competencia, inversión y producción sin soltar la dirección estatal. Esa combinación aceleró el crecimiento, amplió el acceso a bienes básicos, expandió ciudades, desplazó población rural hacia zonas urbanas y transformó formas de trabajo, consumo y transporte. De ahí salió una economía más grande, más compleja y menos reducible a la imagen de fábrica barata.

    Pronto, esa transformación entró en la vida cotidiana. En muchas ciudades, el dinero en efectivo cedió terreno frente a pagos digitales en apenas tres años, mediante dispositivos locales fáciles de usar. La tecnología dejó de funcionar como lujo importado y se volvió infraestructura diaria. Por eso, China ya no puede mirarse como actor secundario: es la segunda economía del mundo por producto interno bruto (PIB) y la mayor por paridad del poder adquisitivo, medida que calcula lo que una moneda local puede comprar.

    La crisis financiera mundial de 2007-2008 puso a prueba ese modelo. Cuando cayó el mercado estadounidense, China sufrió porque muchas fábricas dependían de exportar hacia Estados Unidos. En vez de esperar la recuperación externa, Pekín activó obra pública, construcción e infraestructura para sostener el empleo y la actividad interna. Estados Unidos, Europa y Japón eligieron austeridad, recortes y control del gasto público. Grecia mostró el costo de esa receta: menos protección social, más presión económica y una recuperación basada en sacrificio.

    Desde Pekín, la prioridad era otra. El gobierno se endeudó en su propia moneda para sostener empleo, construcción y demanda interna. No buscaba tranquilizar al sistema financiero internacional, sino contener el malestar social y volver a poner a la gente a trabajar. Esa salida elevó la demanda de minerales, cobre, soya y otros recursos básicos. Australia, Chile y varias economías de América Latina resistieron mejor el golpe gracias a las compras chinas.

    Ese mismo crecimiento cambió el lugar de China para el capital extranjero. El país dejó de ser relevante solo como espacio para producir barato y se convirtió en un mercado de consumidores decisivo. Starbucks, cadena estadounidense de cafeterías, y empresas automovilísticas de Estados Unidos necesitaban vender dentro del país asiático. Esa dependencia dio a China una forma de presión frente a los aranceles de Donald Trump, actual presidente de Estados Unidos: restringir negocios extranjeros podía golpear a compañías que necesitaban el mercado chino para seguir ganando.

    Con el consumo interno llegó más crédito. Viviendas, constructoras, compradores, bancos e inversionistas quedaron unidos por una economía cada vez más financiada. Los préstamos hipotecarios y el crédito empresarial crecieron con rapidez, mientras las instituciones financieras chinas pasaron de la debilidad a un lugar central en construcción, consumo y negocios.

    Sobre esa base, China buscó dejar atrás el trabajo barato. El nuevo objetivo fue producir bienes de mayor valor, con más tecnología y más capital. Científicos, ingenieros y empresarios formados en Apple Computer, Google y Microsoft, empresas tecnológicas estadounidenses, alimentaron una pregunta decisiva: si China podía crear su propio Silicon Valley, zona estadounidense ligada a la innovación digital.

    El sistema político chino aceleró esa búsqueda. Pekín no gobierna como si cada decisión bajara intacta desde el centro. El Partido Comunista Chino fija metas generales y permite que ciudades, regiones y gobiernos locales prueben formas propias de cumplirlas. Esa descentralización no debilita el mando central, sino que lo vuelve más eficaz. Cada localidad compite por mostrar resultados, resolver problemas y ganar utilidad política.

    Cuando una ciudad encuentra una solución funcional, Pekín puede convertirla en modelo nacional. Los alcaldes, nombrados por el partido y no por elecciones abiertas, viven bajo evaluación constante. Crecimiento económico, control social y cumplimiento de metas definen su futuro. La iniciativa local existe, pero siempre dentro de la disciplina partidaria. Quien entrega resultados asciende. Quien falla o cruza límites puede terminar degradado, castigado o encarcelado.

    Así se crearon polos tecnológicos con rapidez. Empresarios con experiencia en Silicon Valley propusieron abrir espacios para empresas de alta tecnología. El gobierno municipal despejó suelo estatal, reunió servicios de apoyo y ofreció condiciones difíciles de imaginar en Nueva York o Londres por los costos urbanos y la propiedad privada. La ciudad no esperó al mercado: creó el espacio para que el mercado apareciera.

    De ese experimento salió un ambiente empresarial feroz. Kai-Fu Lee, empresario tecnológico con experiencia en Apple Computer, Microsoft y Google, describe a las empresas emergentes chinas como un mundo de velocidad extrema, copia constante y competencia sin descanso. Una buena idea debe ejecutarse rápido porque otro competidor puede tomarla de inmediato. Esa falta de respeto por la propiedad intelectual irrita a empresarios estadounidenses, pero acelera pruebas, lanzamientos y mejoras.

    Más tarde, el modelo se extendió a otras ciudades. Nankín, ciudad china, buscó crear su propia cultura tecnológica siguiendo la ruta abierta por Pekín. La apuesta ya no era producir barato, sino avanzar hacia alta tecnología, inteligencia artificial y bienes de mayor valor. Huawei, empresa tecnológica china, concentra esa tensión. Su crecimiento encendió alarmas en Estados Unidos por razones de seguridad y por sus vínculos comerciales con Irán, aunque el fondo del conflicto era mayor: Estados Unidos enfrentaba a un competidor capaz de innovar rápido, vender mucho y desafiar su dominio tecnológico.

    En realidad, la disputa por Huawei no trataba solo de redes móviles. La quinta generación de sistemas de comunicación (5G), capaz de mover datos masivos, puso en juego quién controla la infraestructura digital del futuro. Estados Unidos acusó a Huawei de abrir una posible vía de vigilancia para el gobierno chino y usó ese argumento para prohibir su tecnología. Australia y Nueva Zelanda siguieron esa línea, Reino Unido aceptó un uso limitado y buena parte del mundo prefirió la red china por costo y calidad.

    Apple Computer muestra el mismo desplazamiento desde otro ángulo. La empresa tecnológica estadounidense produce en China, pero depende de compradores chinos que ya no ven sus dispositivos como referencia inevitable. Huawei, Xiaomi, Oppo y Vivo, empresas tecnológicas chinas, ocuparon ese espacio con productos más baratos, sistemas operativos sencillos y mayor adaptación a los usos locales. Culpar solo a los aranceles de Trump oculta el dato central: el mercado chino ya podía sustituir tecnología extranjera con oferta nacional.

    Queda entonces una contradicción política difícil de cerrar. El Partido Comunista Chino conserva una retórica marxista donde Karl Marx, Vladimir Lenin, Mao Zedong, Deng Xiaoping y Xi Jinping funcionan como referencias de legitimidad. Promete una economía socialista para 2050, con igualdad, democracia futura, relación benigna con la naturaleza y excelencia cultural. No obstante, esa promesa opera bajo dominio partidario, sin apertura democrática inmediata y con herramientas propias del capitalismo: mercado, competencia, crédito, tecnología y disciplina estatal.

    Al final, la disputa marca un cambio de época. Japón, Alemania Occidental y Estados Unidos ocuparon antes el lugar de modelo económico dominante, pero las crisis volvieron ese liderazgo más inestable. Ahora China empuja su propio circuito de poder con tecnología, redes digitales e inteligencia artificial. El punto más incómodo queda ahí: si la inteligencia artificial reduce el trabajo humano en la producción, el Partido Comunista Chino tendrá que demostrar si su promesa socialista defiende a los trabajadores o solo administra otro capitalismo más eficiente.

Datos cruciales: 

    1) El 2 de enero de 2019 marcó una señal dura para Apple Computer, cuando anunció que no alcanzaría sus metas de ventas por el debilitamiento del mercado chino. Sus acciones cayeron 6% y, al día siguiente, su capitalización bursátil bajó 2.5%. El problema revelaba una pérdida de fondo: Apple Computer conservaba apenas 7% del mercado chino, mientras Huawei, Xiaomi, Oppo y Vivo, empresas tecnológicas chinas, concentraban 80% con dispositivos más baratos y mejor adaptados al consumo local.

    2) Bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, la reforma económica iniciada en 1978 modificó la escala social de China en pocas décadas. En 1980, el Banco Mundial calculó 850 millones de personas en pobreza extrema dentro del país. Para 2014, la cifra bajó a 40 millones, mientras el gobierno chino proyectaba eliminar la pobreza extrema nacional en 2022.

    3) Desde la década de 1990, la urbanización china alteró masivamente la distribución territorial de la población. El país registró cientos de ciudades con más de un millón de habitantes y una tasa de urbanización de 15% anual. En un periodo de diez a quince años, cerca de 300 millones de personas migraron del campo a la ciudad, una escala muy superior a los 30 millones de irlandeses que migraron a Estados Unidos durante un siglo.

    4) Durante la crisis financiera mundial de 2007-2008, las industrias exportadoras chinas enfrentaron un golpe laboral severo, con cerca de 30 millones de empleos afectados, salarios pendientes hasta por seis meses en algunas empresas y aumento del descontento obrero. En 2009, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcularon 14 millones de empleos perdidos en Estados Unidos y solo 3 millones de pérdida neta en China, porque el país asiático creó 27 millones de puestos en año y medio.

    5) Como respuesta a la crisis, la expansión material china alcanzó una escala visible en cemento e infraestructura ferroviaria. Entre 2009 y 2012, China usó más cemento en dos o tres años que Estados Unidos en cien años. El tren de alta velocidad mostró el mismo salto: en 2008 no tenía ningún kilómetro operativo, en 2014 rondaba 25 000 kilómetros y después se estimaba cerca de 32 000 kilómetros.

    6) En el terreno tecnológico, China creó en unos tres años un equivalente nacional de Silicon Valley, zona estadounidense asociada con innovación digital. Ese polo creció con una cultura empresarial basada en rapidez, copia y competencia extrema. Empresas tecnológicas chinas que casi no existían antes de 2010 llegaron a controlar cerca de 40% del mercado chino de teléfonos móviles, lo que mostró la velocidad con que el país empezó a disputar sectores dominados por compañías extranjeras.

Nexo con el tema que estudiamos: 
    El análisis del ascenso de China en la jerarquía mundial muestra que en ese país se construyeron configuraciones sociales peculiares que hacen frente a algunos de los callejones sin salida del capitalismo, en particular la sobreacumulación y la polarización social: el control estatal ha permitido paliar esos problemas y crear salidas que implican la expansión constante de su economía e importantes procesos de movilidad social.

    La interrogante de futuro es cómo responderá el modelo chino ante el agotamiento del "primer impulso" que caracteriza a las modernizaciones capitalistas, cuestión que ya se expresa con problemas graves de sobreacumulación (sector inmobiliario) y de reducción de los ritmos de crecimiento económico, acompañados de signos de una crisis social larvada (reducción poblacional, deserción de sectores de la juventud de los valores productivistas y sacrificiales, huelgas y movimientos sociales).

    En términos globales, este análisis fundamenta la idea de que el ascenso de China como nuevo hegemón cuenta con bases sólidas (un capitalismo más eficiente). Cuestión que además plantea la inevitabilidad de la confrontación con Estados Unidos por el control del sistema global.