Absolute Capitalism

Cita: 

Foster, John Bellamy [2019], “Absolute Capitalism”, Monthly Review, 71 (1), mayo, https://monthlyreview.org/2019/05/01/absolute-capitalism/

Fuente: 
Artículo científico
Fecha de publicación: 
Mayo, 2019
Tema: 
Análisis teórico del neoliberalismo como proyecto ideológico del capitalismo.
Idea principal: 

John Bellamy Foster es profesor de sociología en la Universidad de Oregón y editor de la revista Monthly Review. Es autor de los libros The Vulnerable Planet (1999), Marx’s Ecology (2000), The Ecological Revolution (2009), entre otros.


John B. Foster menciona que a pesar de la extensión del término “neoliberalismo”, éste es poco utilizado por las personas que están en el poder. Es más, indica que en 2005 el diario The New York Times publicó un artículo titulado “Neoliberalism? It Doesn’t Exist”. Frente a esta situación, el artículo de Foster propone una definición de neoliberalismo y reflexiona en torno a las implicaciones de la misma para caracterizar el capitalismo contemporáneo.

“Neoliberalismo puede ser definido como un proyecto integrado político-ideológico de la clase dominante, asociado con un ascenso del capital monopólico-financiero, cuyo objetivo estratégico principal es integrar el estado en las relaciones de mercado capitalistas” (p. 2). De esta manera, la función del estado queda reducida a impulsar la reproducción del capital. Y, concluye Foster: “el objetivo no es otro que la creación de un capitalismo absoluto” (p. 2).

El origen del neoliberalismo

La primera manifestación del neoliberalismo como ideología, señala Foster, se dio a principios de los años veinte del siglo XX en la obra del economista y sociólogo austriaco Ludwig von Mises, particularmente, en los libros Nation, State and Economy (1919), Socialism (1922) y Liberalism (1927). El trabajo de Mises fue asumido en su tiempo como un giro o viraje respecto a las teorías del liberalismo clásico. Al austro-marxista Max Adler se debe la acuñación del término “neoliberalismo” en 1921 para referirse críticamente a la obra de Mises.

Siguiendo a Adler, marxistas como Helene Bauer y Alfred Meusel criticaron el trabajo de Mises por concebirlo una obra destinada a servir al capital financiero y “justificar la concentración del capital, la subordinación del estado al mercado y un abierto sistema capitalista de control social” (p. 2). Todo el trabajo de Mises, afirma la crítica de Meusel, descansa sobre el principio único de la competencia. Por su parte, Mises define al socialismo, en cuanto obstaculiza el ascenso del principio de la competencia, como “destruccionismo”.

Foster menciona que, pocos años después de la crítica de Adler, el propio Mises en Liberalism asume el término “neoliberalismo” para referirse a su teoría y diferenciarla del “viejo liberalismo”. La diferencia principal entre liberalismo y neoliberalismo en Mises, según Foster, consiste en que el primero se compromete con un nivel de igualdad, mientras que el segundo rechaza todo tipo de igualdad “que no sea la igualdad de oportunidades” (p. 3).

Finalmente, Foster recuerda que Friedrich von Hayek fue uno de los más reconocidos discípulos de Mises, y que tuvo la oportunidad de trabajar en la London School of Economics en 1930 por invitación de Lionel Robbins, otro temprano economista neoliberal.

La gran transformación invertida

En 1944 se publica, en opinión de Foster, la crítica más importante del neoliberalismo después de la segunda guerra mundial, La gran transformación de Karl Polanyi. El objetivo de esta obra consistió en criticar el “mito de la autorregulación del mercado” (p. 3). Polanyi define el proyecto neoliberal como un intento de integración de las relaciones sociales en la economía, cuando en la historia pre-capitalista sucedía a la inversa, esto es, la economía se integraba en las relaciones sociales.

Tres años después de la publicación de La gran transformación, se estableció la Sociedad Mont Pelerin por Mises, Hayek, Robbins, Friedman, Stigler y Michael Polanyi, hermano menor de Karl Polanyi. La Sociedad Mont Pelerin y el departamento de economía de la Universidad de Chicago fueron el eje institucional para desarrollo de las ideas neoliberales alrededor del mundo.

Para Foster es Michel Foucault con El nacimiento de la biopolítica (conferencias impartidas en el Collège de France en 1979) “la figura crítica que mejor capturó la esencia del neoliberalismo casi en el momento en que este se convirtió en dominante” (p. 4). El núcleo del análisis de Foucault, según Foster, consiste en señalar que en el neoliberalismo la función del estado ya no es proteger la propiedad, sino convertirse en otro elemento más de la expansión del principio del mercado y la lógica de la competencia capitalista.

De esta manera, el estado estaría encargado de extender el sistema de mercado a todos los aspectos de la sociedad y la competencia es eregida como el principio rector de la sociedad. El monopolio y los oligopolios dejan de ser vistos como violaciones del principio de competencia, ahora son manifestaciones de la competencia misma. Se trata de una nueva “singularidad capitalista” que subordina todos los aspectos de la sociedad al principio de mercado. Con el neoliberalismo, el límite entre la actividad económica estatal y el sector privado adquiere un nuevo carácter.

El neoliberalismo condujo a un proceso global de financiarización y de captura de valor bajo el comando de corporaciones multinacionales. “Todo esto refleja, dice Foster, la transición del capital monopolista del siglo XX al capital monopólico-financiero del siglo. XXI” (p. 7). La pérdida del estado como instrumento de protección y soberanía, sentencia Foster, nos ha conducido a una situación de crisis de la democracia liberal.

Capitalismo absoluto y el fracaso del sistema-social

En contra de las definiciones más convencionales de “neoliberalismo”, Foster se encarga de mostrar que tanto para Foucault como para Hayek el neoliberalismo no es un proyecto basado en la teoría clásica del laissez-faire. En realidad, “el estado neoliberal es un intervencionista, […] precisamente porque se convierte en la encarnación de un orden económico gobernado por reglas, dictado por el mercado y se preocupa por perpetuar y extender ese orden a toda la sociedad” (p. 7).

Si el estado no es tan intervencionista en la economía, señala Foster, sí lo es en otros aspectos básicos de la vida social como la educación, comunicación, atención médica y medio ambiente para integrarlos a la lógica de la competencia capitalista. El “Leviatán neoliberal”, en cuanto se dedica exclusivamente a afirmar la lógica de mercado, “es absoluto y representa un capitalismo absoluto” (p. 8). Inaugura una estructura legal mercantilizada, ya no se trata de una fuerza externa ni una “superestructura”, sino de la imposición del “orden legal-racional” de Max Weber, esto es, la consignación del estado en relaciones económicas formales.

Ahora bien, advierte Foster, determinar el capitalismo como “capitalismo absoluto” no significa que se le absuelva de contradicciones. En realidad, son cinco las principales contradicciones del “capitalismo absoluto”: económica, imperial, política, social-reproductiva y medioambiental.

Desde un punto de vista estrictamente económico, el neoliberalismo es una estructura histórica de la “época del capital monopólico-financiero móvil” (p. 9), un capital que se desenvuelve en todo el mundo a través de cadenas de valor y el control financiero de las corporaciones multinacionales, que dominan los flujos internacionales de capital.

Una característica fundamental del neoliberalismo es que se trata de una “forma de imperialismo” que se beneficia del hecho de que “la diferencia en los salarios entre el Norte y Sur global es mayor que la diferencia en sus productividades” (p. 9). Las economías del Sur global son, pues, la base de las cadenas de suministro del mundo. Los efectos de este “nuevo imperialismo” son la desigualdad global, la inestabilidad y la guerra.

Por otra parte, Foster señala que en el neoliberalismo, el estado se convierte en una entidad extraña para la población porque asuntos como la banca central o la política monetaria se encuentran al servicio del capital financiero. Dicha situación plantea nuevas contradicciones para la clase media alta, la clase media baja y la clase trabajadora (working class), esto es, las clases que no son ricas.

De un lado, está la clase media alta, constituida principalmente de técnicos y profesionistas cuya posición económica depende no sólo de su salario relativamente alto sino del sistema general de derechos políticos. Por ello, es una clase fuertemente arraigada al estado democrático liberal y sospecha de todas acciones radicales en contra del gobierno. De otro lado, está la clase media baja, constituida de pequeños propietarios, mandos intermedios, trabajadores de oficina y trabajadores asalariados de sectores rurales, con menor educación y muy apegados a costumbres religiosas. Es una clase “generalmente anti-estado, pro-capital y nacionalista” (p. 10), esto es así porque percibe al estado como benefactor de la clase media alta y de la clase trabajadora. Se trata de un sector de la sociedad altamente volátil. Por último, la clase trabajadora, 60% de las personas con trabajo en Estados Unidos, el sector más oprimido de la población.

En opinión de Foster, la mayor amenaza para el capital es la clase trabajadora, “es la más poderosa cuando es capaz de combinarse con otras clases subalternas como parte de un bloque hegemónico dirigido por trabajadores” (p. 10). Esto significa que el 1% más rico se encuentra potencialmente sin una base política indispensable para continuar con el proyecto neoliberal. Sin embargo, entre los líderes neoliberales como Trump y Bolsonaro existen mecanismos para utilizar a las clases medias bajas como un “ejército político-ideológico en nombre del capital” (p. 10).

Pero la contradicción más seria de todas, continua Foster, es la del conflicto entre el “capitalismo absoluto” y el medioambiente ya que plantea el problema de una “espiral de muerte” en la relación del ser humano con el planeta Tierra en los años venideros.

Exterminio o Revolución

Foster menciona que el capital monopólico-financiero de la actualidad es el sistema que en realidad encarna el “destruccionismo” que Mises atribuyó al socialismo del siglo XX. “El destruccionismo se caracterizó mejor, en su opinión [de Mises], como una sociedad que en el presente consumía en la mayor medida, sin preocuparse por el futuro de la humanidad” (p. 11). Son las tendencias del capitalismo contemporáneo las que amenazan la continuación de la civilización industrial o, incluso, de la supervivencia humana como tal.

Aludiendo a los análisis de Marx y Engels sobre las condiciones coloniales de Irlanda de 1850-1870, Foster retoma el término de “exterminismo”. “El término exterminio tal como lo utilizan aquí Marx y Engels, junto con muchos de sus contemporáneos, tenía dos significados relacionados con ese momento: expulsión y aniquilación. El exterminio resumió así las terribles condiciones que enfrentaban los irlandeses” (p. 12).

Las condiciones del mundo actual son similares a las de aquella Irlanda del siglo XIX que Marx y Engels estudiaron. La destrucción ecológica del planeta compromete a la población a una destrucción y exterminio de sus condiciones básicas de vida. Por tanto, ya no es adecuado el viejo lema marxista de Rosa Luxemburgo sobre “socialismo o barbarie”, sino que debería decir “socialismo o exterminio”, “ruina o revolución”.

Foster concluye de la siguiente manera: "El impulso neoliberal hacia el capitalismo absoluto está llevando al mundo hacia el exterminismo o el destruccionismo a escala planetaria. Perpetrando esta destrucción, el capital y el estado están unidos como nunca antes en el periodo posterior a la segunda guerra mundial. Pero la humanidad aún tiene una elección: una extendida revolución ecológica desde abajo que salvaguarde la Tierra y cree un mundo de igualdad sustantiva, sustentabilidad ecológica, y de satisfacción de las necesidades comunes: un eco-socialismo para el siglo XXI" (p. 13).

Nexo con el tema que estudiamos: 

El artículo de Bellamy Foster es un ejercicio reflexivo del significado del neoliberalismo en la historia del desarrollo del sistema capitalista. Para nosotros es de interés reconocer que el actor principal de la “lógica de la competencia” no es el individuo capitalista, sino las corporaciones transnacionales.

Destaca la recuperación de la idea de exterminio, que representa un alejamiento del iluminismo y aporta un elemento crítico de primer orden respecto a las posibles evoluciones del capitalismo contemporáneo.